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Opinión | Reseteando

Guiniguada: vendida de moto

El Guiniguada, en Las Palmas de Gran Canaria

El Guiniguada, en Las Palmas de Gran Canaria / Juan Carlos Castro / LPR

Poner en circulación las bases de un concurso de ideas y la recogida de propuestas para un proyecto trascendental para la ciudad en pleno verano es una trapacería política. Y más todavía si lo que está en juego es la unión peatonal de Vegueta-Triana, convocatoria llamada por el Ayuntamiento capitalino Paseo Guiniguada de la Cultura y las Artes Canarias. O sea, intervenir en la GC-110 en su caminar desde el Rectorado hacia la desembocadura del barranco. Hacerlo en periodo de canícula demuestra hasta qué punto ha devaluado la participación ciudadana el progresismo del tripartito. Si esto ocurre con una iniciativa clave para el futuro capitalino, qué cabe esperar de lo que está en cartera o en el negociado correspondiente. Transparencia cero o moribunda.

Raspando con la uña uno se entera de que la alcaldesa se ha tragado la doctrina de su antecesor Augusto Hidalgo, míster bluf. Darias asume que su paseo o lo que vaya a hacer no tiene más remedio que convivir con dos carriles (subida y bajada) de tráfico. Idea que pintarrajeó Doreste durante su virreinato urbanístico, y que pese a su simpleza no fue capaz de llevarla a cabo. La premisa de mantener la circulación viaria se recoge en el concurso convocado por los socialistas, una limitación que banaliza la alharaca de que se está ante la propuesta definitiva para unir Vegueta-Triana. La exigencia del paso de vehículos y guaguas machaca la idea de un corredor verde y reduce el cambio a un mero trampantojo con macetones y carril bici.

Para tal reduccionismo de cara a una ruptura con la principal fechoría cometida con el casco histórico, ni hacía falta un concurso ni tampoco viajar a Madrid para presentarlo en la Casa de la Arquitectura. Romper con el estado actual del Guiniguada urbano necesita ambición y generosidad con los ciudadanos, ir más allá del cortoplacismo, el oportunismo político y más debate intelectual sobre qué se pretende en un contexto donde todas las ciudades del mundo están en el empeño de desplazar a los vehículos. No hay otra.

Destripar el Guiniguada, eliminar su mole asfáltica, pasa por la valentía, pero también por la rebeldía contra los titulares institucionales de una carretera que defienden con vaguedades y oscurantismo. Si hubiese sido por esos ingenieros todavía no se habría demolido el brutal scalextric del Teatro, un manu militari ingenieril que la exalcaldesa Pepa Luzardo se saltó inteligentemente. Los ciudadanos tienen derecho a conocer el informe sobre el que se sustenta el interés estratégico de la GC-110. Incluso, solicitar otro, o conocer la alternativa más viable para que el municipio no se tenga que resignar y ser testigo de una vendida de moto: hacer pasar el maquillaje de una vieja autovía (un atentado franquista) por una resignificación de peso. ¿Hay voluntad política para ello? Me temo que no. De nuevo hay que lidiar con la mala suerte.

Reconocer el error y proceder a la retirada de un concurso convocado con nocturnidad puede ser una solución. A partir de ahí, abrir un periodo de reflexión con consultas a distintos niveles, así como el estudio de intervenciones similares realizadas en otras ciudades. La justificación es clara: primero, no resuelve la peatonalización; segundo, se mantienen los mismos obstáculos arquitectónicos que afectan a los barrios de Vegueta-Triana; tercero, frustra la posibilidad de un corredor verde, y finalmente, porque constituye un ataque a la memoria. Es decir, la consolidación de la idea de que nunca más volverá la imagen de lo que significó el Guiniguada. Esta gran aspiración, aunque sea en su expresión más testimonial, debe estar presente. Y no hablo de reproducir el pasado, sino de sentirlo, imaginarlo, olerlo y hasta oír su ruido.

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