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Opinión | Isla martinica

Villa Zapatero

El expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero en un acto de campaña del PSC en Tarragona

El expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero en un acto de campaña del PSC en Tarragona / LORENA SOPENA - EUROPA PRESS

Tiene bemoles que el personaje más buscado de la política nacional, dejando a un lado al inefable Puigdemont, se refugie del asedio informativo en las Islas Canarias, donde ha encontrado natural cobijo al resguardo de la Caleta de Famara, esperando que el viento que azota la zona borre sus huellas. El Zapatero de Maduro, el individuo aquejado de un irremediable cretinismo patológico, incluso perceptible antes de su estancia en La Moncloa, ha centrado la vida en torno a dos prioridades, un tanto extrañas entre sí, aunque, bien pensado, complementarias en más de un sentido. La primera es servir ciegamente al comunismo y, por extensión, al totalitarismo en cualquier forma; y la segunda, atrincherarse en la isla vecina de cuantos desmanes produzca la sumisión a las ideas contrarias a la libertad del hombre. La hipocresía de siempre de las élites de la izquierda mundial: predico para los demás lo que para mí no quiero. Así, el señor que mora en Villa Zapatero -un casoplón que nada tiene que envidiar al chalet de otro de los grandes hipócritas del socialismo moderno, Pablo Iglesias-, guarda silencio en uno de los parajes más hermosos y privilegiados del archipiélago, meditando no se sabe qué sobre Venezuela y la manera de salir airoso del manifiesto desprecio al pueblo latinoamericano.

El pasado domingo, 28 de julio, tuvieron lugar las elecciones presidenciales en el país hermano y muy pronto, tan pronto como cabía esperar dada la torpeza del régimen chavista, se supo del mayor fraude de la época contemporánea, al que las autoridades españolas todavía no se atreven a llamar por su nombre, pese a que es vox populi lo ocurrido en las tierras del Libertador. Molestó que la Vicepresidenta del Gobierno, Yolanda Díaz, hiciera caso omiso de las informaciones que llegaban del otro lado del Atlántico y, ni corta ni perezosa, reconociera una victoria que nunca se produjo. Indignó que exclamara, ante los medios de la prensa, que se debía hacer extensivo ese reconocimiento a todas las naciones del orbe, cargando duramente contra la oposición, la de aquí como la de allí, por negar lo evidente a su juicio. Desde aquella fecha hasta el presente, no ha vuelto a pronunciar una palabra al respecto, no por comedimiento o vergüenza, sino por soberbia. Sin embargo, lo de Zapatero traspasa la indignación, rozando la burla a la inteligencia.

Se ha de recordar que el leonés estuvo, como observador acreditado, participando activamente en el control de la limpieza democrática de unos comicios que, ahora se sabe, fueron un clamor mayoritario en contra de la represión de las libertades en el país caribeño. Quiero decir, por si alguien se despista, que, desde un principio, asistió a las componendas de un régimen tocado por la tiranía, callando sobre lo visto y especialmente sobre lo amañado. Zapatero, y ya nadie lo duda, ha sido y es cómplice de la dictadura chavista de Maduro. Su silencio pregona una vil traición y demuestra que de demócrata tiene lo mismo que de superdotado. Nada, absolutamente nada. Por ello, conocer que emplea sus horas de asueto en Canarias y que, inclusive, disfruta de una espaciosa villa en Lanzarote me resulta chocante. Lejos de Venezuela, lejos de la refriega política de la capital de España, cree que le serán perdonados los pecados cometidos, que desparecerán por encanto. La idiocia que le persigue y abate le hace pensar de tal manera, buscando un silencio que jamás encontrará.

Si este humilde articulista gozara del privilegio de solicitar algo de sus lectores, sobre todo, de aquellos que se consideran hijos de la libertad, me gustaría que se convocara una concentración popular que llevara a las mismas puertas de Villa Zapatero el grito unánime por la vuelta de la democracia a Venezuela. Sin acritud, como solía decir aquel otro socialista de la vieja escuela, y sin asomo de violencia, para trasladar con fuerza y entusiasmo el valor de los principios democráticos y que restallen en los oídos de uno de los mayores servidores de la tiranía existente en la nación del Maracaibo. Así sea.

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