Opinión | La curiosa impertinente
Los robots sumisos

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El otro día en el regreso triunfal de «El Hormiguero», un ejército de robots enanos protagonizó una coreografía nunca mejor dicho robótica, a un ritmo cambiante pop, rock, rap, trap, y lo mismo daba flamenquito, waka waka que reguetón. Electrizantes y adictivas esas maquinitas, sube los brazos, adelanta el hombro, gira la cabeza, contorsiona el cuello, alza las piernas, con su alegría, mezcla de perrito piloto y R2D2, casi milagrosas en su matemática compenetración.
Al día siguiente, el Presidente inauguró su curso político en la sede del Instituto Cervantes, y hasta que encontró las cuatro paredes acogedoras del interior y el apoyo incondicional de sus escuderos fieles, atravesar esas calles castizas le acarreó improperios. No se amilana Sánchez por unos grititos y con su aplomo habitual se ensalzó a sí mismo un rato, menospreció a la oposición otro, obvió todo lo candente y desgranó demagogias, trolas y medias verdades, que es la mejor manera de enredar como solo un político sin demasiados principios sabe.
Se suponía que había ido a explicar sus proyectos y a desvelar al fin intenciones, pero más allá de su misión sagrada de mantenerse en el poder y de, cómo no, subir los impuestos a quienes tienen dinero para vivir cinco vidas, según sus sabias palabras, agitó nuestro ya castigado subconsciente con la amenazante triste utopía socialista de una España cutre de transporte público a lo Óscar Puente, que es la peor forma de amargarle el día a alguien salvo a los que usan el coche oficial tanto para ir a Zarzuela como a defecar. Luego confundió el Maserati del novio de Ayuso con un Lamborghini, que por cierto fabrica unos tractores espectaculares que nuestro campo maltratado agradecería.
Mas lo peor de todo no fue su discurso huero y complaciente, sino las caritas ídem de sus robots sumisos, lo mismo da waka waka que reguetón, de Bolaños a Robles, pasando por Yolanda, asintiendo como un perrito que nos mira desde el coche de delante, arrobados ellos y abducidos. Insufrible hasta para quienes ya creemos haberlo visto casi de todo.
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