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Opinión | Punto de vista

Capaces de humanizar y deshumanizar

Migrantes en busca de una vida mejor

Migrantes en busca de una vida mejor

Hace no muchos años, los propietarios de perros o gatos eran mas bien escasos, y éstos no eran, como hoy, un miembro mas de la familia.

Al perro se le consideraba como el mejor amigo, pero nunca como el bebé de cuatro patas al que se le compran juguetes, se le habla como si entendiese nuestro lenguaje e incluso se le viste en ocasiones para que el «niño» no se acatarre. Esta humanización del animal, perro o gato, ha llegado a extremos insospechados que, si lo pensamos, va en contra de la propia naturaleza del animal. Atribuirle a un perro o a un gato sentimientos y actitudes humanas es limitar y anular su condición y esencia de animal.

Como si de un bebé se tratara, se le interpreta su expresión o postura basándonos en nuestra experiencia y conocimiento de las reacciones humanas. De esta manera, le estamos negando y arruinando su animalidad: si el perro llora, vamos a consolarlo o a darle un besito; si está débil, le compramos un reconstituyente; para que esté cómodo, un colchoncito y para que no se canse un carrito de paseo. No hablemos ya de teñirles el pelo o peinarles la melena con molestos adornos.

Es un grandísimo error pretender que se comporten y epitomicen a los humanos en sus reacciones y actitudes: eso si que es maltrato animal.

El instinto animal de saltar, correr, oler y explorar se destruye cuando no se relaciona con otros de su especie o cuando pasa la mayor parte del tiempo encerrado en un piso y se le priva del ejercicio que necesita para reforzar sus huesos o sus músculos. ¿Hasta dónde puede llegar esta humanización de los animales?

Como un paso adelante en este proceso, les hemos cambiado su nombre genérico y han pasado de ser animales, perros o gatos, a denominarse mascotas. Esta técnica de cambiar su denominación animal hace que cambie también nuestra manera de verlos y considerarlos; ni caninos ni felinos, «mascotas»: un nuevo espécimen en la escala de los seres vivos.

En vergonzosa contraposición a esta humanización, quiero referirme ahora al proceso contrario: la deshumanización. En este caso, la que sufren las personas que llegan a nuestras costas buscando un futuro en libertad y un presente estable y seguro. Subrayo la palabra personas porque la avalancha incontrolable de llegadas está ocasionando un rechazo social, ya que entre la manipulación y el miedo se les califica mas bien como un rebaño incontrolado.

¿Quién no emigraría si no sabe qué va a comer o incluso si va a estar vivo mañana? A base de emigraciones se ha poblado la tierra y podemos afirmar que la historia con mayúsculas es el relato de miles de emigraciones. Por ello, debemos entender que su arribo a nuestras islas no es una rareza o una novedad: es una constante histórica inapelable.

Otra cosa es el tremendo problema de gestión que acarrea. Y es esto último lo que crea o se aprovecha para provocar el descontento y la alarma social. Este fenómeno natural está siendo manejado desde el miedo que suscita una invasión y, por ello, promueve un rechazo social insolidario, y es que no lo concebimos como un fenómeno de estricta dimensión humana. ¿Que miedo es mas pavoroso, el nuestro o el que les impulsa a emigrar? ¿Nuestro miedo al problema que su venida nos crea o el miedo a la guerra, al hambre o la enfermedad que les impulsa a arriesgar sus vidas?

Desgraciadamente, el drama que viven los emigrantes importa menos que el problema que nos crean. Que la afluencia masiva va a cambiar nuestra cultura, a alterar nuestra identidad y a acarrear dificultades económicas son las herramientas que usan los políticos para desestabilizar y ganar adeptos y votos, pero todos ellos saben, o deben saber, que no hay fuerza que pueda oponerse a la exigencia natural del derecho a la vida y la libertad.

En la misma línea de lo que comentaba sobre la humanización, también, y con el fin de difuminar su condición de personas, los deshumanizamos y nos referimos a ellos como menas, subsaharianos, panchitos…... En definitiva, una casta inferior con acceso restringido a los derechos humanos, cuando no una panda de invasores y delincuentes.

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