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Opinión | Retiro lo escrito

Aquí un facha, aquí la lucha

Todas las imágenes de la manifestación del 20-O en Gran Canaria

Todas las imágenes de la manifestación del 20-O en Gran Canaria / Andrés Cruz

Llevo bastante insultos en las últimas 24 horas a propósito de una columna sobre las manifestaciones del pasado domingo convocadas por la plataforma Canarias tiene un límite. Yo creo, sinceramente, que un columnista debe aguantar las críticas. Incluso las críticas duras, fulminantes, dictadas por el desacuerdo más áspero, silvestre y jocicudo. Quien se pone se expone. Lo malo es que nada de eso tiene que ver con los insultos personales. En esa columna – como en casi todas –intento razonar mi disconformidad con los impulsos de las manifas y sus odios y rechazos canónicos. Expongo argumentos. Pero cualquier argumento se ha convertido o está a punto de convertirse en un anacronismo. Lo que cuenta no es compartir o no un argumento, sino compartir o no una emoción. Y la emoción de indignarse es potentísima y embriagadora. Embriagarse de indignación es una actividad básicamente juvenil, pero la juventud se ha extendido, y conozco a muchos cuarentones decididos a no bajarse de la adolescencia hasta que les reviente la próstata. Como la adolescencia se ha extendido la indignación como fenómeno estético, como un estilo de desahogo supuestamente augusto y especialmente digno, se ha prologado en el tiempo. Incluso un viejecito, en un libro ridículo felizmente olvidado, les exigía a los jóvenes hace diez años que se indignaran. Como yo no dispongo de una prosa de betsellers no me indigno: lo que siento simplemente es desolación.

A mí me deprime la foto de una pareja de turistas sobre la arena rodeado de banderas canarias y al fondo, estratégicamente, un cartel: Jediondos. ¿De verdad que toda alternativa a lo fáctico es lo imposible, toda contrafigura de la injusticia una estupidez enfurruñada? Lo que intentaba decir en el artículo, en fin, es que ya soy demasiado mayor para compartir emociones, indignaciones, estados patrióticamente coléricos, ecológicamente exasperados. Muy mayor para que un eslogan como «Clavijo, escucha, el pueblo está en la lucha» no me recuerde a una película de Santiago Segura o a un chiste de Muchachada Nui. Hace cuarenta años ya se soltaba esa rima oligofrénica. Ustedes no son el pueblo. El pueblo no está luchando, sino buscándose la vida para comer y pagar el apartamento. Y a propósito, luchar no es coger el coche, marchar por esa autopista que no debería existir para no exterminar a los escarabajos julandronitas, las vivaces viborinas y otras maravillosas especies protegidas, patear un rato la playa y, cumplida la jornada heroica, beberse un par de birras. Me gustaría decirle a esa pibada, sobre cuyas buenas vibras (casi) no dudo, que no asustan a absolutamente a nadie. Pongan ustedes a 10.000 personas protestando frente a Urgencias del Hospital Nuestra Señora de la Candelaria, en cambio, y podrán oír los esfínteres de los responsables del Servicio Canario de Salud. Almas de cántaro.

Las manifestaciones son actos de protesta ritualizados en las sociedades democráticas. No tienen ningún efecto dinamizador en los procesos políticos. La indignación es simplemente una percha donde cada cual cuelga sus profecías, sus anhelos, sus obsesiones ideológicas, sus sueños y sus pesadillas. Esa supuesta pluralidad es en realidad – y salvo los primeros efectos publicitarios – una debilidad. El guión programático de la plataforma Canarias tiene un límite es un retrato casi paródico de las contradicciones operativas y el hambre utópica de los socios de la misma. Por todo eso la fuerza numérica y aspiracional de los movimientos sociales se va agotando si no son capaces de la autocrítica, de multiplicar y diversificar su actividad y alcanzar nuevos aliados en la sociedad civil. Pero es inútil escribir sobre eso. Te acusarán de ser un facha vendido a la patronal, al gobierno o al infierno.

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