Opinión | Tropezones
Breverías 143

Una aspirina.
Tengo un familiar cercano que sufre de episodios severos de dolor de cabeza. Quisiera intentar ayudarle con algún consejo que pueda aliviarle de sus migrañas. Pero no soy la persona más indicada, pues nunca he padecido esta lacra. Mi madre tampoco sabía lo que era un dolor de cabeza. Por ello me da que este privilegio debe ser hereditario. Y por ello se me ocurre que quizás la solución pueda estar, ahora o en un futuro próximo, en la intervención directa en el genoma de mi pariente.
Como es obligado, he consultado con Google hasta dónde se ha llegado en la terapia genética. Pero me temo que la jerga médica me desborda, pues tan solo pinchar «manipulación genética» se me ofrecen distintas técnicas: ¿qué les parece «amplificación, secuenciación y recombinación del ADN, reacción en cadena de la polimerasa, la plasmocitosis, la clonación molecular o el bloqueo génico»?. Y la reseña añade, casi en plan recochineo : «entre otras».
Por de pronto querido J.L., y en tanto le meten mano a tu genoma, creo que lo mejor es seguir con las aspirinas o el ibuprofeno.
*
Me reprochaba un amigo hace unos días que me había repetido en una de mis crónicas. La verdad es que no puedo negarlo. Muchas veces me apetece reincidir si por ejemplo me ha salido alguna reflexión afortunada.
En mi descargo le repliqué a mi crítico que es esta una costumbre recurrente, por ejemplo en el mundo de la plástica.
Cuando Edward Munch pintó El Grito, se quedó tan satisfecho del resultado que reprodujo tres cuadros más con el mismo motivo. Como era bastante pesetero, a la cuarta versión le sacó muy buen precio. Otro pintor de los grandes que quedó muy impresionado con tal vez la más singular de sus propias obras fue el paradigma del romanticismo centroeuropeo, Arnold Böcklin, con su lienzo La Isla de los Muertos. Le salió tan bien que pintó no menos de seis o siete versiones del mismo, repartidos hoy día por los museos más punteros del mundo. Por cierto que el mismísimo Hitler llegó a poseer un ejemplar.
Tampoco Goya fue ajeno a repetir una obra, si bien esta lo fue por encargo del político del reinado de Carlos IV Manuel Godoy. Tras pintar la Maja Desnuda, debió ser el resultado del agrado de Godoy, pues le encargó, en paradójico orden, una versión vestida de su amante.
Y ya puestos, no nos olvidemos de la predilección de Van Gogh por los girasoles. Su obsesión, o su facilidad para plasmar este tipo de flores, le llevó a pintar siete versiones de dicho motivo. Para disimular varió el número de girasoles en cada cuadro: ¡tres con catorce, dos con doce, uno con tres, y otro con cinco!
De modo que ante tan excelsos ejemplos, y salvando las distancias, por supuesto, me voy a seguir dando el gusto de autoplagiarme cuando el guión así lo requiera.
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