Opinión | Isla Martinica
200 monos

Los monos deambulan por las calles con total tranquilidad / Agencias
Confieso mi particular fascinación por lo ocurrido en Tailandia, en una localidad de nombre impronunciable, al menos, para un occidental. No sabía si reír o llorar al enterarme de que 200 monos tenían atrincherada a toda una dotación de policías en la comisaría del lugar. Era tan cómica la situación como penosa la valoración del suceso. Una manada de animales había acobardado a una institución al completo. En pocas palabras, la civilización era objeto de burla de cientos de primates que, literalmente, bailaban sobre sus propios cimientos. No me digan que, como metáfora social y política, no tiene guasa la cosa.
De un simple manotazo, la humanidad volvía a la Edad de Piedra y al sálvese quien pueda. Y todo por una cohorte de simios que luchaba por recobrar el mando sobre la plaza y la misma ciudad y, para colmo de los lugareños, con las fuerzas del gobierno sin recursos para evitarlo. Algún día la escena vivida en este páramo del Extremo Oriente tendrá su justa representación cinematográfica, y habrá que aguardar para ver cuál es la orientación definitiva de la cinta: si resulta ser una comedia disparatada o, por el contrario, una película de corte apocalíptico, en cierta manera, remedando al clásico El planeta de los simios. Sin embargo, y lo siento en el alma, no era de esto de lo que quería tratar hoy.
Me había propuesto, y hasta conjurado, para hablar de las redes sociales y, en concreto, del antiguo Twitter, rebautizado «X», y la diáspora progre del santuario de Elon Musk. Sabido es que, tras la apabullante victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales de EEUU, se decretó la «alerta antifascista» en la izquierda mundial y una de las primeras decisiones fue vaciar esta red social. Por ahora y que se sepa, los «prófugos» se cuentan por millones, desplazándose hacia nuevas tierras de promisión ideológica. Parece que la masa indignada se ha movido al escuchar el chasquido de la internacional progresista, comandada por algunos líderes de opinión, señalados periódicos y, cómo no, los políticos que dicen representarles. Pero, ustedes me perdonarán si les digo que los millones de antiguos usuarios de Twitter, ahora «X», no son tan distintos de los monos de Tailandia. Un buen día, y por el momento nada hay que desdiga esta primera observación, alguien les dijo que lo de antes era la maldad encarnada y que lo nuevo sería la bomba. En consecuencia, la red denominada Bluesky, que suena a droga compartida -ruego me excusen de nuevo: ha sido un espontáneo lapsus al recordar algunos pasajes de la obra de Aldous Huxley, titulada Un mundo feliz de 1932, y ponerlos en conexión con el rimbombante nombre del espacio virtual fundado por Jack Dorsey-, parece colmar las ambiciones de una manada enloquecida en busca de la ideología perdida.
Si se piensa bien, los primates de Asia disfrutan de una libertad envidiable, una libertad que asusta hasta los hombres que comparten hábitat con ellos. Mientras que esta nueva manada de Bluesky ansía el maná del líder, las palabras del mesías. No sé quién es peor, si los animales por desafiar la dignidad del hombre o si los hombres por rivalizar en comportamiento con los simios. De lo que estoy seguro es que la manada progre, poco a poco, como pronosticara el viejo Darwin en 1859, tiende a la extinción por simple selección natural.
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