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Ser o no ser

Ser o no ser

Ser o no ser / La Provincia

Llegó diciembre. El tiempo ha perdido todo su significado, es un alivio y a la misma vez un espanto. Dani Martín -líder de El Canto del Loco- habla en la televisión de «las señoras de cuarenta años» a la misma vez que se define a sí mismo como «un tío de cuarenta y siete». Me confundo, en qué quedamos. Hago una cuenta rápida con los dedos de las manos. Creía que el número cuarenta y siete venía después del número cuarenta. Será que tienen razón los que ahora persiguen y condenan la educación pública, existe un orden numérico que no se me enseñó. Me cuesta decidir qué resulta más perjudicial y tóxico para el ser humano, vivir una vida de principio a fin sumergido en el brillo de las luces y la fama o el haber ido perdiendo relevancia con los años hasta convertirte en un actor secundario de película de domingo. Ser muy consciente de tu propia obsolescencia e intentar por todos los medios mantenerte relevante pretendiendo ser lo que no se es y emitiendo opiniones que, seamos francos, uno podría ahorrarse porque hablan mucho de qué tipo de concepción se tiene de la mitad de la población con la que convive. Asistimos, pues, a la evidente crisis de mediana edad de un pobre ser humano que evidencia el principal motivo por el que desconocer los pensamientos de nuestros prójimos tiene más que ver con nuestra propia protección que con otra cosa. Imagínense cómo sería la vida si tuviéramos acceso a los complejísimos y riquísimos mundos de las personas que nos rodean y descubriéramos que ni son tan ricos ni son tan complejos. He de decir que prefiero quedarme con la duda a estar expuesta sin parar a las sesudas observaciones de otro filósofo otrora estrella del rock.

Un grupo de personas habla de una amiga que todos tienen en común -los escucho sin quererlo, hablan demasiado alto- y cuya forma de expresarse por escrito en aplicaciones de mensajería instantánea no tiene mucho que ver con cómo se expresa en persona. Han de hacer el ejercicio continuo de intentar leer sus palabras tal y como las escucharían si la tuvieran delante. Les resulta seca y lacónica, en persona es tan agradable, tan risueña. Cuesta creer que sean tan amigos si desconocen detalles fundamentales de la persona sobre la que conversan. No obstante, termino cuestionando de forma inevitable si se habrá producido en algún momento una conversación similar sobre mi forma de escribir mensajes y si existe alguien que, al otro lado de la pantalla, se haya preguntado por cómo me encontraba realmente mientras conversábamos. Se desaconseja el uso de mayúsculas por escrito a no ser que se quiera dar a entender que se está gritando. Tampoco se recomienda el empleo de los signos de puntuación establecidos en la gramática de nuestra lengua si no se busca generar sentimientos de ansiedad o preocupación en el interlocutor. Decidí prescindir de los puntos finales, entonces, e incluir emojis de caritas sonrientes y agradables para intentar transmitir aquello que mis palabras no conseguían trasladar. Creí haber encontrado un punto medio entre mi personalidad y el intento real de no ser malinterpretada, sobre todo para mal. No conté, por supuesto, con las diferencias culturales y generacionales que pueden darse entre una persona de mi edad y otra diez años menor que prácticamente nació con un teléfono móvil en la mano. En el contexto laboral se complica la cosa incluso más. Una llamada rápida es muy intrusiva, un ataque directo -detestan hablar por teléfono los jóvenes-, un emoji de un guiño resulta pasivo agresivo y las oraciones sin punto final se interpretan como sugerencias, no como órdenes. Perdería mucho más tiempo discutiéndolo -qué cosa tan ridícula- que adaptándome así que esto es lo que hago. Me adapto. Existen tantas sensibilidades y tantas formas de herirlas. Visto lo imposible de comunicar de forma honesta y clara una intención, nos vemos de nuevo ante el dilema de la accesibilidad a nuestros pensamientos sin el necesario filtro de la conversión a palabra tecleada o verbalizada. Sigo prefiriendo ser malinterpretada, la verdad. La otra opción se me antoja un infierno. n

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