Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión

Madrid

Pepe Alcaraz, compromiso con la clandestinidad y con la vida

José Alcaraz, durante la época de concejal por el PSOE en Telde.

José Alcaraz, durante la época de concejal por el PSOE en Telde. / Andrés Cruz

Hace años, cuando España olía aún a dictadura y a clandestinidad, llegó a Tenerife Felipe González, que entonces aún se llamaba, o lo llamaban, Isidoro.

Como los muchachos de la prensa de que aquellos años íbamos a los aeropuertos en busca de personajes a los que entrevistar. Yo mismo era un joven que conocía de lejos la rabia que permanecía en el semblante, y en el compromiso, de los viejos socialistas que acudieron a recibirlo al aeropuerto de Los Rodeos. Allí persistían los guardianes franquistas que habían hecho de aquel punto de llegada una especie de cárcel abierta.

Fui testigo entonces de la recepción emocionada al líder socialista por parte de gente como Domingo Pérez Minik, José Arozena o Alberto de Armas. Los periodistas tomábamos notas y los periódicos recogían, con la prudencia de la época, la recepción y la emoción ante la presencia del que luego sería, a las claras, Felipe González, líder de los socialistas y después primer presidente de izquierdas del Gobierno de la Nación.

Allí estaba, también, Jerónimo Saavedra, que no solo era un líder académico en la Universidad de La Laguna, y en el Colegio Mayor San Fernando, que dirigía el gran artista que fue Suso Mariátegui. Jerónimo fue, entonces, después, y lo sigue siendo, parte alta de la pirámide socialista de la época y lo sigue siendo del presente, al frente de una manera de liderar que siguió la tradición de quienes habían venido ya.

Entre los que habían venido ya estaba en Gran Canaria Juan Rodríguez Doreste, que sería alcalde la ciudad, y personalidades rabiosamente literarias como los citados Pérez Minik, Arozarena y, además, el médico, tan benefactor, Alberto de Armas, que luego sería senador canario en las Cortes. De esos personajes, incluyendo a Jerónimo Saavedra, podíamos aprender los políticos, los apolíticos y, por ejemplo, los periodistas, que íbamos a escuchar los primeros latidos democráticos para saber de buena fuente en qué consistía el mundo que al fin podía considerarse como parte de una sociedad libre.

Esos episodios que los periodistas fuimos contando tuvieron muy pronto su aluvión de alevines, de nuevos políticos salidos de la universidad y del entusiasmo de juntarse con otros. En el ámbito socialista estaba, es indudable, Jerónimo, que hizo de su nombre propio un emblema de futuro, y gente más joven, como José Miguel Pérez y José Alcaraz.

Hace un año se fue aquel palmero-canarión-tinerfeño y de todas partes que fue Jerónimo Saavedra, que dejó el rastro indeleble de sus muchas pasiones, entre ellas, claro, la política, pero sobre todo la música, que combinó con el sentido del humor y la inteligencia. Después, hace nada, murió José Miguel Pérez, a quien recuerdo siempre sentado junto a su compañero de Gobierno canario Paulino Rivero, como antes Adán Martín, tratando de enderezar con tino un trabajo compartido.

Esos personajes que aquí van seguidos, Jerónimo, José Miguel y Adán forman parte de la buena educación política en Canarias, y son también una señal que comparten con los viejos (incluido Felipe González) que fueron a buscar a aquel Isidoro al aeropuerto de Los Rodeos.

Y de esa estirpe era, es, José Alcaraz, que este último fin de semana murió en Gran Canaria y dejó el hueco de un ciudadano que ayudó a hacer mejor la educación, a hacer mejor la política y a convertir la sociedad en la que vivió en un lugar más habitable, más sensato y más abierto.

He leído estos días la solidaridad que, ante su muerte, ha recibido la figura de Pepe. Como su mujer, Luz Caballero, a la que conocí cuando ella era una chiquilla en Tenerife, Pepe hizo de su presencia en la política, en muchos de sus emplazamientos oficiales, pero también en su participación (la suya, la de Luz) en el ámbito de la cultura, una obligación gozosa en el apoyo a lo público.

Como socialistas que son, siguieron pues el rastro de aquellos veteranos (y algunos más jóvenes) que fueron a celebrar, con Felipe o Isidoro, aquella reentrada del socialismo en la libertad política española. Como profesor, y como autor de libros sobre lo peor de aquellos tiempos que acabaron tras la muerte de Franco (y del franquismo), Pepe Alcaraz siempre estuvo atento a contar, a los alumnos, a los lectores, a los que le votaban, a los que no votaran, cuál era la naturaleza de la maldad que derribó en España la posibilidad de una modernidad (política, social, cultural) a la que aspiraba la República.

Él señaló otras fallas que hicieron peor la vida de este país, y lo hizo con sus compañeros, firmando con ellos obras que explican la zozobra democrática española y canaria, haciendo, además, que el socialismo, al que tanto quieren zaherir ahora los que preferirían el regreso de un nuevo griterío, fuera una alternativa razonable, bien contada, en un país que ha de aspirar, como en aquellos momentos en que Los Rodeos recibía a Isidoro, a una democracia de participación, de respeto común y de abrazo.

Me han emocionado, como canario que soy, y también como ser humano en general, las notas necrológicas que en sus días despidieron a Jerónimo y a José Miguel, y ahora he leído lo mucho que se ha escrito también sobre Pepe Alcaraz, y ahí he comprobado de nuevo que no hay remilgos para la gratitud, sino pasión por recordar a los buenos que nos dejan.

Despedir bien es una manera de desearle suerte al futuro de la memoria de los que se han ido. Y estas despedidas generosas, de adversarios y de amigos, de ciudadanos y de compañeros, han de reconfortarnos como la señal de que la sociedad es más capaz de lo que parece de abrirle espacio a la amistad y al reconocimiento.

Pepe, sus compañeros muertos, la sociedad a la que han servido, merecen este sosiego que ellos dejan atrás como una herencia propia e inolvidable.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents