Opinión | Diccionario de sentimientos canarios
La bendición de Dios

Iglesia de La Graciosa en miniatura, hecha por Pepín Bermúdez. / La Provincia
De acuerdo con el filósofo Byung- Chol Han no se ha perdido el respeto a la religión sino a la costumbre de la contemplación que el clero practicaba arrodillado ante el sagrario, los colegiales en los llamados ejercicios espirituales y una inmensa mayoría, hoy, no sabe practicar ni le interesa por el ajetreo, el estrés de la vida diaria y la servidumbre al cortoplacismo y al dinero.
Resultaba ser una costumbre arraigada: pedir la bendición a padres, abuelos y tíos que siempre respondían con el «Dios te acompañe». Una expresión de cariño pero, sobre todo, por el respeto debido a personas por lazos de parentesco o autoridad. Una actitud de acatamiento, deferencia y obediencia. Los niños, hijos de ese tiempo, criados en obedecer más que en la protección debida por parte de la familia, mayores e instituciones. Como se obedecía, sin queja o protesta alguna, al maestro y los curas a los que, además, se les besaba la mano, señal de veneración por ser ministros de Dios, discípulos de Cristo, en la Tierra. Obedecer por temor al castigo y también por los beneficios que aportaba el grupo. El sentido de pertenencia aporta identidad y seguridad. Otras frases también simbolizaban respeto tales como decir el nombre seguido de «para servir a Dios y usted». Palabra y gesto de aquiescencia. Sometimiento y deseos de ganarse la confianza por ser educados, niños y adolescentes con «fundamento» con el último objetivo de ser, mañana, hombres de provecho. Frases como estas se encontraban implícitas en una materia, objeto de lectura y estudio en la escuela, llamada «Urbanidad». En ella se describían maneras de comportarse en la vida diaria y relación con los demás. Pedir las cosas con educación, sentarse en la mesa para comer, en muchos hogares la misma comida de todos los días, en un mismo plato o cepillarse los dientes, cuando una mayoría de los alumnos no habían visto un baño con vasija, lavabo y espejo donde mirarse. Ceder el paso, la derecha, en las aceras y asientos preferentes en las guaguas a personas mayores, sacerdotes y hasta a las mujeres como señoritas reminiscencia de admiración y amor cortés. En las clases de Doctrina impartidas por párrocos y maestros se conminaba al buen comportamiento y estricto cumplimento de los Mandamientos y de la Iglesia, con el fundamento admonitorio del temor de Dios y de morir, sin confesarse, en pecado. Por eso se invocaban jaculatorias como «Sagrado Corazón de Jesús en vos confío» o «con Dios me acuesto, con Dios me levanto, con la Virgen María y el Espíritu Santo», una preventiva oración de estar a bien con Dios ante una posible muerte súbita durante el sueño. Los escribientes y oficinistas terminaban los escritos con un «es de justicia» para esconder una ausencia total de asertividad y no ofender a la autoridad ante una queja, reclamación o justa reivindicación. «Se ha perdido el respeto», dicen mujeres y hombres de generaciones anteriores. En las escuelas los alumnos no se levantan y guardan silencio a la entrada del maestro que, por su atuendo y edad, parece que es uno más en el rebumbio de una vocinglería desordenada. Guaguas donde parece que es rara avis el que se levanta para darle asiento a un mayor, absortos como están en sus móviles y smartphones. Sin embargo, he sido testigo de como lo hacen jóvenes emigrantes de color porque, quizá, vengan de regiones donde todavía se inculca el respeto a mayores y se paga con cariño y reconocimiento la obediencia. Y por lo que respeta a los ministros de Dios, sacerdotes, hay más iglesias que curas con el desempeño de párrocos y se cuentan con los dedos de una sola mano las que permanecen abiertas a cualquier hora del día. Hasta los propios sacerdotes han mutado la oración y meditación de antaño por la acción y pertenencia a organizaciones, muchos de ellos con carreras civiles, además de la Teología y no le hacen asco a una vida en pareja cuando antes la Iglesia lo condenaba por amancebamiento. De acuerdo con el filósofo Byung-Chul Han no se ha perdido el respeto a la religión sino a la contemplación. La de los monjes, cada vez menos en monasterios, hoy convertidos en museos, que el clero practicaba arrodillado ante el sagrario, los colegiales en los llamados ejercicios espirituales y una inmensa mayoría no sabe practicar ni le interesa por el ajetreo, el estrés de la vida diaria y la servidumbre al cortoplacismo y al dinero. Todo un caldo de cultivo para que se pierda, en parte, la consideración que el Diccionario define como «tener advertencia, hacer bien las cosas, reparando en ellas». En todo caso, no «todo tiempo pasado fue mejor». Se recuerdan los buenos momentos de una infancia de juegos y sueños, pero se suelen olvidar las carencias, cuando los maestros enseñaban con la amenaza de las palmetas, los curas, religiosos y monjas, el Catecismo a base de coscorrones y los obispos recibían, bajo palio, a aquel que, por cuarenta años, «habitó entre nosotros».
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