Opinión | Un carrusel vacío
Él vino en un barco

Él vino en un barco / Vostoky
Cuando era pequeña, mis padres me cantaban coplas, canciones de la tuna y romances. Mientras otros niños se entretenían con «El barquito chiquitito», «Estaba el señor Don Gato» y demás joyas del repertorio infantil, yo tarareaba «Ojos verdes», «El Conde Olinos» o «La estudiantina». Una de mis favoritas era «Tatuaje», compuesta por Manuel Quiroga, con letra de Ricardo León y popularizada por concha Piquer en los años cuarenta. Empezaba así: «Él vino en un barco de nombre extranjero…». Lo que ocurre es que yo, de niña, no interpretaba ese «él» inicial como un pronombre, sino como un artículo. El resultado es que, en mi versión, «el vino» –sí, la bebida– iba en un barco. Así que el marinero que protagonizaba la historia de amor debía de ser transportista.
Era un marinero «hermoso y rubio como la cerveza» con el cliché antiguo de los marineros: atractivo, atormentado por el recuerdo de un romance. La mujer de la canción lo conocía un atardecer en el puerto y se enamoraba perdidamente de él, pero él se marchaba. Entonces, ella debía buscarlo «por todos los puertos», preguntando a los marineros con los que se cruzaba si lo habían visto. Para describirlo, ofrecía un dato llamativo: su amado llevaba un nombre de mujer –de su viejo amor– tatuado con un corazón en el brazo.
Creo que ahora ese dato no le habría servido para nada, porque, según estadísticas, casi la mitad de la población mundial menor de cincuenta años tiene, como mínimo, un tatuaje. España ocupa el sexto lugar en un ranking mundial, aunque, según los datos, un sesenta por ciento de las personas que se tatúan se arrepienten posteriormente. Eso le ocurrió, por lo visto, a mi abuelo paterno, al que nunca llegué a conocer. De joven, se tatuó a la Betty Bop en el brazo y pasó toda su vida adulta intentando ocultarlo. Antiguamente, los tatuajes eran permanentes de verdad. Ahora, la gente se los borra o se tatúa algo encima cuando se cansa, aunque se trata de un proceso bastante agresivo. Pero los tatuajes han pasado de ser un símbolo de rebeldía o transgresión a algo cotidiano. De hecho, casi podría decirse que lo transgresor, actualmente, es no hacerse ninguno.
Yo pertenezco a esa pequeña parte de la población que los aborrece. Supongo que en cuestiones estéticas soy muy clásica. Tampoco me gustan los cabellos rosas o azules, las rastas ni los piercings. Al mismo tiempo, creo que es un error prejuzgar o etiquetar a las personas a las que sí les agrada todo esto. Es perfectamente respetable; simplemente, se trata de gustos. Hace unos días, tuve un extraño sueño en el que pedía por Internet unos pendientes en forma de cabeza de tiburón y los que me llegaban a casa tenían forma de monos. Cuando fui a probármelos, vi en el espejo que los lóbulos de mis orejas tenían unas horribles dilataciones. Me desperté con el corazón acelerado.
Una moda reciente es la de tatuarse los rostros de tus hijos en los gemelos. O de tus mascotas, si no tienes hijos. Imaginaos los ojitos de un husky mirándonos siempre desde el antebrazo. ¡Inquietante! Lo de optar por el nombre de tu pareja o por vuestra fecha de aniversario es tragicómico, porque suele salir mal. Y, si no, que se lo digan a Melanie Griffith, a la que le costó ocho años eliminar su icónico tatuaje con el nombre de “Antonio” en un corazón –casi, casi, como el marinero de la Piquer–, y se ha tenido que hacer otro encima para disimular la falta de pigmentación de esa zona del brazo. O, sin salir de nuestras fronteras, a la influencer Laura Escanes, que tuvo la genial idea de tatuarse la firma de su exmarido, Risto, en una nalga, y no le quedó más remedio que borrárselo. No comprendo que estas cosas sean consideradas «pruebas de amor». Es como marcar al ganado; algo así como «soy tuya y llevo tu firma o tu nombre marcado en el cuerpo, para que todos lo sepan». Si alguien me dijera que va a hacerse eso por mí, intentaría que cambiara de idea, para no sentirme como una criadora de vacas en Nebraska.
En realidad, lo de tratar el propio cuerpo como un lienzo no es una cosa moderna. La palabra «tatuaje», de hecho, viene del término tahitiano «tatau», y en algunas momias de hace cinco mil años se han detectado ya estas prácticas en la piel, que en sus orígenes estaban relacionadas con rituales religiosos o sociales. El marinero de la Piquer no fue ningún pionero. Si viviera en esta época, tal vez la protagonista de la canción lo habría localizado en una clínica, acogiéndose a las bondades de la tecnología láser para borrar la última huella de su atormentado amor.
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