Opinión | Risas y fiestas
Ser niña tiene ojos

Ser niña tiene ojos / La Provincia
Desde este jueves 16 de enero, ya se puede encontrar en las librerías Han cantado bingo (Reservoir Books, 2025), la primera novela de la escritora e ilustradora canaria Lana Corujo. Esto supone un acontecimiento por varias cuestiones: la primera, el debut narrativo de Lana lleva tiempo siendo algo deseadísimo, pedido y requetepedido. La segunda, qué agradecidas estamos a quienes cuentan las islas con delicadeza y miradas distintas y reales, desde otros lugares, otras generaciones, otras posiciones. La tercera, Han cantado bingo es una de las novelas sobre la infancia más preciosas y brutales que he leído en mi vida.
El libro sigue a una protagonista a la que le ha tocado en (¿mala?) suerte ser la hermana mayor. Su hermana Aleja, dos años menor, es para ella un foco de seguridad y a la vez responsabilidad, de alegría y a la vez molestia, de ternura y a la vez odio, y ambas se enfrentan juntas a la incomprensión que les genera el Mundo Adulto, al asquito que les da el BAR, a mandarse buchitos de las copas de sus padres, a un volcán llamado El Ahorcado bajo el que juegan durante algunos ratos por las noches para aterrarse y descubrir, a un don hereditario que permite que los muertos de la familia puedan seguir con algunos, solo algunos, de los vivos. Han cantado bingo es una historia sobre el duelo y el horror, y también sobre ser niña y ver muchísimo más de lo que cualquiera pensaría que ves. La imagen que más describiría el libro: un volcán redondo, achatado, con dos ojos penetrantes. No me extraña, la verdad, porque una de las cosas que más impactan al leerla es esa protagonista que observa y comprende, que a veces no logra explicarse ciertas cosas pero no lo necesita porque aquello entre lo que crecemos se nos convierte en fluidos de nuestro propio cuerpo. Otra imagen que me parece que representa muy bien la atmósfera de Han cantado bingo: un pijama cedido, solo un poco jediondo, con algunos rotos remendados por una mano que, tras pedírselo mucho, al fin lo hizo, y con cuidado.
Es que ser niña tiene ojos. He pensado muchísimo en esto desde que leí la novela. No entiendo a quienes rechazan las literaturas de la infancia (sí los entiendo, en realidad: suele hacerse por machismo), pues, para mí, todo lo que pueda recuperarse de nuestras primeras miradas siempre será oro. Lana consigue que lo sea. Cada escenario, cada definición, cada idea, cada pensamiento que se forma en la cabeza de la protagonista con un gesto ruin de enfado, me parece un ladrillo pulido y perfecto de un universo que no podría recrearse como es desde otra voz. Subestimamos a los niños, pero tal vez solo volviendo a cómo veíamos las cosas entonces podemos comprender la verdad. Quizá una casa, por ejemplo, solo se entiende desde un paso del tiempo que parece eterno y una tranquilidad triste y un emborracharse a golosinas y una ruindad compartida y un sé que estoy enfadada aunque me falte muchísimo para entender por qué y el enfado se pega a las paredes y no lo distingo, así que así son estas paredes.
No sé, es posible que solo me esté refiriendo a una sensibilidad que durante la infancia, y cuando recreamos la infancia, nos atrevemos a desatar. Un conocimiento que parece mágico, los volcanes tienen ojos, las hermanas son partes nuestras que a veces nos queremos quitar pero no se puede, las hermanas son partes nuestras, y es justo eso, sensibilidad. Han cantado bingo, con su terror (porque da muchísimo miedo: desde que la leí, no puedo escuchar Marejada sin asustarme), su ternura, su madre escribiendo mails que no recibirá nadie, sus volcanes, sus verbenas, su abuela yéndose a un bingo montado por unas señoras en un garaje, su bebé recién nacido, su concisión y su flotar en lo alto de una litera, es un libro profundamente sensible y capaz de metérsete en el cuerpo hasta darte fiebre. Es posible que parte de esto tenga que ver con el atrevimiento de Lana a narrar, durante la infancia de la protagonista, a quien vemos crecer de forma desordenada (cada capítulo nos adelanta la edad de la protagonista en una especie de bingo del tiempo), los ojos que tiene ser niña. La brutalidad del mundo infantil, que se nos muestra tan colorido y tan inocente y en realidad se tiñe de todo lo que hay alrededor y lo formula con menos palabras y esas palabras acaban siendo infinitas.
Por suerte, tenemos medios para seguir explorando esa mirada infantil y seguir, sobre todo, mirando así. El mundo es eso, quizá. Kurt Vonnegut explica en el prólogo de Matadero cinco que todos somos niños. Y sí. Por eso, nos beberemos Han cantado bingo como un juguito en el recreo: con toda esa sed y seriedad.
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