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Opinión | Punto de vista

Pedro Sosa Martín

A vueltas con el Guiniguada

La obra del barranco Guiniguada cumple 50 años

La obra del barranco Guiniguada cumple 50 años / LP/DLP

Al despertar, un apacible y luminoso sábado de noviembre, mi nieto apareció en la puerta de casa.

- Abuelo, ¿hoy no vas a caminar?

- Sí, pero un poco más tarde, le contesté.

-¡Te acompaño! (la propuesta la traía decidida de casa).

- ¿Y a dónde quieres ir?, le pregunté.

- A un barranco. ¿Cómo se llama aquél que había que cruzar el riachuelo varias veces, en el que yo me caí pasando por encima de un tronco?

- Barranco de la Mina, pero ese está en San Mateo, un poco lejos. Te puedo llevar a uno más cerca.

- ¿Y aquél por el que también corría el agua y tenía varias cascadas al final?

- Ese es el de los Cernícalos, y está en Telde. Está más cerca, pero, si te parece, como nos esperan a almorzar en casa, vamos a otro que está más cerca aún. Podemos ir caminando sin salir de la ciudad.

- ¿Y también corre el agua?

- Eso, le respondí, lo comprobaremos cuando estemos allí.

Media hora más tarde, callejeando por Triana, San Pedro, Remedios y San Nicolás, nos dirigimos hacia el barranco Guiniguada.

Al llegar a la ermita de San Nicolás, mi nieto reparó en el árbol con el tronco retorcido de gran porte tras el que se oculta el templo.

- ¿Y a este árbol, de qué raza es?

- Los árboles, le contesté, no se distinguen por razas, sino por especies.

A continuación le expliqué que se trata de un árbol procedente de Australia conocido como higuera de hojas chicas. Tiene, según los expertos, más de 120 años.

- ¿Y vivirá mucho más tiempo?

- Pues no lo sé. Acaba de escapar de ser talado por el Ayuntamiento porque unos expertos decían que está enfermo y que se podía caer en cualquier momento. Pero los vecinos se opusieron a que fuese talado y organizaron protestas, y ahora otros expertos han resuelto finalmente que, saneando y ampliando el alcorque de donde emerge, podrá recobrar fuerzas y volver a empelecharse.

- ¡Qué suerte ha tenido!, comentó mi nieto.

Le expliqué que el barranco que íbamos a visitar se llama Guiniguada, y fue escenario de un montón de aventuras desde que se fundó la ciudad, hace más de seis siglos.

Sus expectativas aumentaron. El paseo empezó a resultarle mucho más interesante.

Continuamos hacia el Pambaso, pasando cerca de los restos de los palmitos gemelos que inmortalizó el pintor Jorge Oramas desde la ventana del Hospital de San Martín donde estuvo ingresado.

Al llegar al cauce del barranco, nos detuvimos ante el panel informativo dispuesto allí para ilustrar el sendero que conduce hasta el Jardín Canario. Sobre el plano del panel le expliqué a mi nieto el recorrido que íbamos a iniciar.

-¿Y por qué no caminamos hacia el mar, abuelo?, me preguntó.

- Porque esa parte del barranco no está preparada para caminar. La desembocadura está cubierta por la autovía que antes utilizábamos para subir en coche a Tafira.

- ¿Y para qué se utiliza ahora la autovía?

- Pues, fundamentalmente, para aparcar, porque hoy -le dije, para ir al centro de la Isla, los coches suben y bajan por los túneles de San José.

-¡Qué tontería! Y si ya no es necesaria la autovía, ¿no se puede destapar para que podamos disfrutar del barranco hasta la orilla del mar, como el resto de los barrancos de la Isla?

- No, porque el Ayuntamiento no quiere. Acaba de convocar un concurso de ideas para ordenar la desembocadura del barranco y la primera de sus condiciones es «mantener el barranco canalizado con las bóvedas de hormigón».

-De todos modos, le dije, vamos a caminar hacia el mar hasta donde el sendero nos permita llegar.

Así fue que encaminamos nuestros pasos hacia la costa, hasta que, unos cientos de metros más abajo, nos tropezamos con un tremendo muro de hormigón que atraviesa el cauce de lado a lado y, como fiera que abre sus fauces, nos muestra cuatro oscuras bocas dispuestas a engullir las posibles avenidas que el barranco reciba en este lugar.

- ¿Y por este barranco no ha corrido nunca agua, abuelo?

- Claro que sí. Ha corrido un montón de veces. Una de las más gordas fue a mediados de los años sesenta del siglo pasado, y la última que yo recuerdo en diciembre de 1970, cuando el barranco ya estaba cubierto por la autovía.

- ¿Y si en Gran Canaria cayese una Dana como en Valencia, abuelo?

- Pues posiblemente se inundarían las márgenes del barranco, que hoy están ocupadas por todas esas edificaciones que ves ahí, incluso el Rectorado de la Universidad, que es ese edificio coronado por esa preciosa cúpula, que antes fue hospital militar y fue construido a principios del siglo pasado para instalar el primer instituto de enseñanza pública de nuestra ciudad.

- ¿Y El Ayuntamiento no podría pensarse mejor lo del concurso y permitir que se estudie la forma en que el barranco pudiera destaparse hasta el mar como estaba antes?

- Parece que no está por la labor, le dije.

- Se nos ha hecho tarde. Volvamos a casa que nos están esperando para almorzar. Otro día volvemos y caminamos hacia el Jardín Canario.

- Verás cuantas cosas interesantes nos ofrecen las laderas del Guiniguada a lo largo de su cauce abierto.

- Vale, me contestó.

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