Opinión
Pablo Ley Bosch
Echar tierra sobre la losa (... o no)
Muchas ciudades han sido fundadas junto a ríos o barrancos, los cuales, con el paso del tiempo, han pasado a convertirse en elementos esenciales de su estructura urbana

Puente de Palo sobre el Guiniguada con agua, durante las obras de cubrición del barranco / LP / DLP
Muchas ciudades han sido fundadas junto a ríos o barrancos, los cuales, con el paso del tiempo, han pasado a convertirse en elementos esenciales de su estructura urbana y su paisaje. Así, en Canarias la geografía de muchas ciudades no es comprensible sin sus barrancos. Esto es lo que sucede en el Guiniguada al llegar a su tramo final en Las Palmas; porque este barranco es inherente a la fundación y formación del centro histórico de nuestra ciudad, así como al desarrollo de otros barrios que surgieron después en sus márgenes.
Sin embargo, a partir de la segunda mitad del siglo XX la conciencia colectiva sobre el valor de nuestros barrancos se fue debilitando (como evidencian en muchos de ellos la edificación intensiva, la urbanización de sus márgenes dándoles la espalda, o incluso su tratamiento como auténticos vertederos urbanos). En el caso del barranco Guiniguada, a principios de los años 70 del pasado siglo, y en el contexto del desarrollismo tardío, se decidió implantar una vía rápida sobre su tramo final. Además de atravesar literalmente el centro histórico, esta autovía hizo que su cauce quedara oculto bajo una losa de hormigón. A ello se sumó la construcción del escalextric casi a las mismas puertas del Teatro Pérez Galdós.
Cuando era niña, en su recorrido para ir al colegio, mi madre cruzaba el Guiniguada casi a diario por el Puente de Piedra. Tiempo después mi padre filmó el barranco en el último invierno en que se le vio traer agua entre Vegueta y Triana, justamente mientras se realizaban las obras que lo estaban ocultando. La presencia del barranco en la ciudad, así como el acontecimiento social de asomarse para ver su cauce lleno por las lluvias, desaparecieron entonces de la vida de sus habitantes. Desde aquellos años estas imágenes han quedado relegadas a ser solo parte de la iconografía histórica de Las Palmas, a la vez que permanecen grabadas en la memoria colectiva de varias generaciones.
Ha llovido mucho desde entonces (aunque en la ciudad ya no hayamos podido ver correr esa agua por el Guiniguada). Han transcurrido cinco décadas desde ese error urbanístico derivado en parte de la falta de conciencia social al respecto. Pero si el Guiniguada no hubiera sido sepultado en aquel momento, cabe preguntarse cómo reaccionaría nuestra sociedad si esa losa de hormigón fuese a construirse ahora sobre su cauce. Probablemente hoy surgiría una importante oposición ciudadana.
Dicho de otro modo, preguntémonos cómo es posible que ahora se pretenda perpetuar el enterramiento del tramo final del Guiniguada. Porque esto es lo que traería consigo el concurso de ideas convocado para el Paseo Guiniguada de la Cultura y las Artes de Canarias. De entrada, este procedimiento ha carecido de un proceso participativo percibido como tal por la ciudadanía; ha sido cuestionado por sus probables incumplimientos relativos a la legislación urbanística; y, además, ya han desistido del mismo dos de los seis equipos finalistas (uno de ellos renunciando a participar de forma argumentada debido al planteamiento inadecuado de los objetivos y condicionantes del propio concurso). Por si lo anterior fuera poco, el coste estimado de dicho proyecto más la ejecución de las obras acabaría costando probablemente en torno a dos decenas de millones de euros; un gasto de dinero público muy elevado teniendo en cuenta que si estas obras se llevasen a cabo el barranco estaría destinado a permanecer oculto, impidiéndose así su verdadera recuperación (y para hipotecar el futuro del Guiniguada mejor invertir ese dinero en obras más urgentes).
La cuestión de fondo es que dicho concurso de ideas se ha presentado basándose en dos supuestos reiterados en distintos medios: que recuperar el cauce oculto bajo la losa de hormigón es inviable técnica y económicamente; y que el concurso va a conseguir “renaturalizar” el tramo final del Guiniguada. Pero estos dos argumentos son poco consistentes.
Respecto al primero, la disponibilidad de medios técnicos para realizar obras complejas en el campo del diseño urbano y la ingeniería ofrece en la tercera década del siglo XXI un arsenal de recursos y soluciones inimaginables cuando se optó por ocultar nuestro barranco. De hecho, en las últimas décadas, y en la misma isla que el Guiniguada atraviesa desde el centro hasta la costa, se han realizado obras públicas altamente complejas por su nivel de dificultad técnica, y enormemente ambiciosas en términos económicos.
Además, transcurrido medio siglo desde la construcción de la autovía sobre el barranco, esta infraestructura está hoy obsoleta desde el punto de vista funcional, y ya ha cumplido sobradamente el objetivo para el que fue diseñada, por lo que puede considerarse convenientemente amortizada. A esto hay que añadir que la eliminación de la autovía y la recuperación del cauce del Guiniguada, junto a la mejora de todo su entorno, reportarían una revalorización ingente del paisaje urbano del centro histórico de Las Palmas, potenciando considerablemente su atractivo turístico. Sin olvidar que el Guiniguada no pertenece solo a los diversos barrios que se asoman a él, sino que constituye un rasgo identitario de toda la ciudad; por lo que su plena recuperación como paisaje y lugar con significación colectiva aportaría una clara mejora para el conjunto de la ciudadanía en términos sociales y medioambientales.
Efectivamente, en la primera década del siglo XXI el Proyecto Director para la Reurbanización del Frente de Mar y del Barranco Guiniguada entre Vegueta y Triana había señalado ya el camino a seguir apostando de manera decidida por la recuperación del cauce. Este proyecto, asumido entonces por el Ayuntamiento de Las Palmas, mostraba también cómo dicha solución se puede programar para realizarse mediante distintas fases, de acuerdo a la disponibilidad en el tiempo de los recursos económicos necesarios (fases de las que la demolición del escalextric fue la única en ejecutarse).
Respecto al segundo supuesto del concurso, el término “renaturalizar” se está utilizando en determinados ámbitos como un ejercicio de auténtico malabarismo semántico. Porque limitarse a ajardinar el tramo final del Guiniguada actual solo aportaría un verde superficial sin coherencia con la significación geográfica del barranco que late debajo de la losa de hormigón. Echar tierra sobre esa losa para crear una cubierta ajardinada sería solo un acto de camuflaje urbano, incapaz de resolver el problema de fondo. Porque una cubierta ajardinada no es un barranco, ni es eso lo que requiere el Guiniguada.
Renaturalización en un sentido no epidérmico implica eliminar la losa y las cuatro bóvedas de hormigón que actualmente ocultan el cauce. Solo así podría entenderse el barranco como conector ecológico, en continuidad con su dimensión territorial. Porque el Guiniguada constituye una pieza cuyo valor geográfico y significado paisajístico no puede quedar ocluido en el tramo final, justamente en su desembocadura al mar. En esta parte del cauce el contacto directo con la tierra adquiere también un significado patrimonial, ancestral, el cual es intrínseco a todo barranco. Así, recuperar el Guiniguada integralmente constituiría una acción ejemplar en la lucha contra el cambio climático dada su condición de espacio urbano altamente representativo.
En las últimas décadas este ha sido el camino escogido por numerosas ciudades comprometidas con la proyección de su identidad y el rescate de sus valores ecológicos. Se trata de sociedades que han apostado con determinación por recuperar sus ríos y barrancos, su borde litoral, sus lagos y humedales; por recobrar, en definitiva, aquellos espacios naturales que han acogido desde sus inicios a esos espacios urbanos.
Del mismo modo, nuestra sociedad no puede renunciar a un elemento identitario como el barranco que dio origen a Las Palmas, cuyo valor simbólico desde la fundación de nuestra ciudad es incuestionable. Que el Guiniguada permanezca todavía indeleble en la memoria colectiva es un poderoso indicador de por qué merece la pena tal esfuerzo.
Recuperar realmente el Guiniguada es un reto complejo, una apuesta a caballo entre distintas disciplinas y administraciones públicas; pero que, aun así, entra dentro lo posible. No se trata de una reivindicación motivada desde la nostalgia, dirigida hacia un pasado idealizado al cual ya no podemos regresar. Lo que sí se pretende es recuperar la esencia de ese lugar, haciendo visible de nuevo un barranco cuyo valor histórico, paisajístico y ecológico es fundamental para toda la ciudad (y en el cual podrían valorarse técnicamente diversas opciones compatibles con su aprovechamiento como lugar de paseo y espacio público, como posible parque inundable, espacio de ocio eventualmente utilizable, etc.).
Todo ello requiere un debate sosegado, realmente participativo, junto a una valoración técnica basada en objetivos consensuados. En un lugar tan sensible y determinante para nuestra ciudad no podemos permitirnos acciones erróneas. Porque lo que decidamos y hagamos en él nos representará como sociedad, y mostrará lo que estamos dispuestos a legar a las generaciones venideras.
En enero de 1954 mi abuelo materno, el doctor Juan Bosch Millares, escribía en la prensa local de entonces un artículo titulado “¡Ha corrido el barranco!”, en el cual narraba la experiencia de asomarse al Guiniguada como el balcón de la ciudad. A la vez, recordaba el significado de un barranco que motivó la fundación de Las Palmas junto a su cauce: “(…) su existencia es nuestra historia. Por esa razón lo queremos”. Y, de forma premonitoria a lo que sucedería veinte años después, terminaba su texto reclamando: “No tratemos de cubrirlo al socaire del urbanismo. Dejémosle libre y sin ocultarlo (…)”.
Han transcurrido siete décadas desde ese artículo; cinco desde el enterramiento del barranco, acompañadas durante este medio siglo por una buena cantidad de reivindicaciones para recuperar su cauce. Poner en valor tales argumentos requiere altura de miras frente a visiones cortoplacistas y partidistas.
Así lo han expresado claramente los cuatrocientos firmantes del manifiesto “Descubrir el Guiniguada”, suscrito por numerosas asociaciones vecinales de Las Palmas, colegios profesionales de diferentes islas, entidades culturales, fundaciones y colectivos, grupos ecologistas, una amplia representación de docentes e investigadores de la ULPGC y de otras universidades españolas y extranjeras, así como una enorme diversidad de profesionales, técnicos y personas relevantes del ámbito de la cultura en general. Solicitamos entender, debatir y consensuar el Guiniguada como un proyecto de ciudad capaz de emprender una acción decidida y ejemplarizante con un amplio respaldo social.
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