Opinión | Reseteando
¿Quién sabe explicarlo?

El presidente estadounidense, Donald Trump (d), discute con el presidente ucraniano Volodymyr Zelensky, durante una reunión este viernes, en la Casa Blanca en Washington (Estados Unidos). / JIM LO SCALZO / POOL / EFE
Se han parado las averiguaciones para establecer el porcentaje de riesgo del choque del asteroide contra la Tierra. En su lugar, los analistas se dedican con denuedo a saber el significado de la defecación en directo de Trump desde el Despacho Oval de la Casa Blanca. Hace dos días que el errático y caprichoso magnate (digo mangante) quiso coger por el cuello a Zelenski y asfixiarlo, mientras el loco de Vance tentaba con su mano más sudada el mango del revolver Colt. Te encuentras, escoria ucraniana, ante el nacimiento de una nación, como el título de la perturbadora película de D. W. Griffit. Mohamed bin Salmán, que estaba ante el televisor, soñó con que el presidente había ordenado despellejar al cómico y alimentar con sus restos humanos a los robots de Musk. Putin, en cambio, prefería el método del Putin Club (acertada denominación de la FAES de Aznar): esos venenos prodigiosos que se comen a dentelladas hasta el hueso más calcificado y pétreo. ¡Oh, Stalin! Pero Trump, rojo como la lengua de una vaca, quiso ponerse a pegar gritos con gran espasmo para las cancillerías y estupefacción de los periodistas presentes. ¿Cómo dar la noticia al mundo? Es acojonante, pero informar sobre la fulminación de las convenciones articuladas desde el sentido común, erigidas desde la experiencia de toda una civilización, produce verdadero pánico. A falta de un estadista estadounidense sin una buena pedrada en la cabeza, el único remedio es actuar como notarios, levantando acta de una nueva realidad sobre la que nadie tiene la condición de sabio para explicarla. Volvemos a lo de siempre: ¿Cómo hemos llegado a este punto? Y lo peor es esa banalización de la paz, la guerra, las muertes... Un energúmeno, un imbécil extraordinario, un putañero condenado, gritando y culpando al dirigente humillado de una III Guerra Mundial. Es el Leviatán de un siglo podrido, ulcerado.
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