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Opinión | In Memoriam

Eternamente, Yolanda

Yolanda Arencibia, titular de la Cátedra Pérez Galdós de la ULPGC.

Yolanda Arencibia, titular de la Cátedra Pérez Galdós de la ULPGC. / lp/dlp

Es lo primero que se me vino a la cabeza hace unos días, cuando ya intuí que el final se acercaba. Pensé «eternamente, Yolanda» y la frase se quedó rondando en mi cabeza hasta hoy, que la tecleo y pongo al frente de este escrito.

No he tenido nunca un interés especial por las canciones de Pablo Milanés, pero, por algún motivo que tal vez consiga dilucidar, el título de esa popular canción de amor me ha acompañado estos últimos días hasta ahora, que lo plasmo y utilizo como frontispicio de este homenaje a mi queridísima Yolanda Arencibia Santana.

«Eternamente, Yolanda», sí, es eterna la labor académica de Yolanda Arencibia Santana, como profesora, como decana, como investigadora y como autoridad indiscutible sobre la vida y la obra de Benito Pérez Galdós. Su trabajo no se agota en los márgenes de su biografía que, como todas las biografías, tiene su inicio y ha llegado a su final.

El bien que Yolanda Arencibia ha hecho a su profesión es monumental y el prestigio que le ha aportado a las instituciones canarias en las que ha desempeñado su carrera -la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, el Cabildo grancanario excede con creces sus fechas de nacimiento y muerte. El legado de Yolanda y su condición de mujer pervivirán mientras en la sociedad exista un reducto que dé relevancia a las disciplinas de Humanidades, ésas que Nuccio Ordine defendió con pasión hasta sus últimos días.

«Eternamente, Yolanda», sí, hay en Yolanda Arencibia una eternidad mayor que la profesional. Es la eternidad de los valores, de la ética, de la amistad, de la confianza, del afecto, que son los pilares esenciales sobre los que erigir una sociedad saludable.

La calidad de su persona me acompaña ahora que no está y supera el tiempo que media entre el primer y el último encuentro que tuvimos. Porque tanto ese primer momento como el último se revelan hoy como algo sentimental y afectivo y ético que no se agota en el tiempo.

En 1987 un muchachito se atrevió a llamar a la decana de la Facultad de Filología de la ULPGC para presentarse. Ese joven era muy tímido y no la conocía de nada, así que le costó Dios y ayuda decidirse a descolgar el teléfono.

Venía de Washington University, donde había conocido a Joseph Schraibman, galdosiano de pro, y quería presentarse, hablarle de sus proyectos académicos y mostrarle su primera publicación, de la que estaba muy orgulloso, un artículo aparecido en Plural, la revista que Octavio Paz fundó en México. Amable y receptiva, Yolanda lo citó esa misma tarde en una cafetería de Triana.

En 2024 ese muchachito, ya adulto veterano, se lleva la agradabilísima sorpresa de encontrase con Yolanda en la presentación del libro de relatos Escritos antivíricos. La había invitado, aunque no contaba con ella, la edad y la salud, pero allí estaba, con los ojos brillantes, la sonrisa presta, el entusiasmo incólume, la lucidez en su sitio. Y allí estuvo, en el Gabinete Literario, desde principio a fin, a los 80 y tantos, en sus circunstancias, con el entusiasmo de siempre.

En 2025 hubo llamadas y el compromiso de vernos una tarde y tertuliar un rato en su terraza. Ya se sabe, el tiempo pasa y a veces no da el tiempo. Y ahora, que no contesta al teléfono, contesta a mi conciencia. Y en ella surge de nuevo el título «eternamente, Yolanda» y se me aparece Yolanda sonriente en la feria de ganado de Firgas, por San Roque, y me invita a un café, y luego Yolanda lee unos cuentos míos, y Yolanda me invita a escribir sobre González Díaz, y Yolanda me habla de su último artículo sobre Galdós y me dice que va a viajar a la Península a dar una conferencia.

Y Yolanda me cuenta de un prólogo que tiene en mente y me habla de cómo se siente y yo le digo que todo está bien. Y se lo digo mientras me lo digo también a mí, y guardo eternamente sus comentarios en mi recuerdo.

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