Opinión | Desde la ciudad arzobispal… (LXXVIII)
Antonio González padrón
Una dama galdosiana: Yolanda Arencibia Santana

Yolanda Arencibia durante el XII Congreso Galdosiano. / LP/DLP
El 25 de julio de 1939 fue un día muy especial para la familia Arencibia Santana. Nacía en su hogar de Las Palmas de Gran Canaria una niña a la que le llamaron Carmen Yolanda. Al poco tiempo, sus padres y demás familiares, así como vecinos y amistades más allegadas, le suprimieron su primer nombre para llamarla Yolanda a secas. En el colegio sóolo le recordaban lo de Carmen, cuando pasaban lista, por lo que según ella, debía estar muy atenta, pues más de una vez no contestó con el consabido presente. Alumna destacada desde los primeros y más básicos estudios, aprendió a leer y a escribir con cierta prontitud, por lo que su paso a bBachiller lo hizo sin dificultad alguna. Desde primero a cuarto, las asignaturas de Ciencias y Letras fueron motivo de sus esfuerzos académicos. Las primeras por no ser totalmente de su agrado y la segunda porque la joven, consciente de su predilección por ellas, deseaba alcanzar las máximas notas. Después de superar con creces la reválida, inicia los cursos quinto y sexto, la consiguiente reválida y el preuniversitario de Letras. Siendo una joven de apenas dieciocho años ya está en las aulas de la Universidad de San Fernando de La Laguna, estudiando Filosofía y Letras con un elenco de profesores de gran prestigio profesional, entre los que destaca el doctor Serra Ràfols, padre de la Historiografía Canaria. En 1961, después de cinco fructuosos años, obtiene la Licenciatura, rama de Filología Románica. En este mismo centro universitario obtiene el doctorado en Filología Hispánica en 1982. Su tesis doctoral, merecedora de la máxima calificación, es decir Sobresaliente Cum Laude, la titula ‘Análisis de variantes en las galeradas de Zumalacárregui, Episodio Nacional de don Benito Pérez Galdós’, bajo la supervisión del doctor Marco Taño.
Su vida profesional la reparte por igual entre la labor docente y la investigadora, en este último caso, siempre sobre Pérez Galdós. Su trabajo incansable en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria y en la Casa Museo del escritor canario y universal, fue siempre ejemplarizante. Entre sus muchos trabajos científicos y aportaciones bibliográficas destacaremos: en 1987 La Lengua de Galdós. Estudios de variantes en galeradas; 1993, Pancho Guerra, o el amor a lo propio; 1996, Tradición, Historia y Literatura: de Viera y Clavijo a Pérez Galdós; 2002, Nazarín y Halma de Benito Pérez Galdós (Introducción y notas); 2003, De Alonso Quesada a Rafael Romero, o el Arte del coloquio literario; 2004, El Correo de Canarias y la estafeta de Londres, en el diálogo social del setecientos;2006, Trafalgar de Pérez Galdós. Dos miradas sobre un hecho histórico; 2008 El Archivo de Planas de Poesía. Fragmentos de intrahistoria cultural.; 2007-2008, Galdós y Unamuno en la misma hoguera; 2005-2010, Arte, Naturaleza y Verdad. Benito Pérez Galdós obras completas. Supervisión de los tomos del 1 al 19); 2020, Galdós una biografía.
Esta canaria universal, respetada y admirada en el mundo galdosiano recibió entre otros premios el Comillas de Historia por su gran aportación a la biografía de don Benito Pérez Galdós. Después de una larga y penosa enfermedad murió el 22 de marzo de 2025, dejando tras sí una legión de amigos, alumnos y lectores.
Así podríamos haber terminado nuestro más que merecido homenaje a quien fuera toda una dama del saber, pero nuestro corazón henchido de dolor por la pérdida de una amiga y maestra, no quiere ni puede concluir así. Muchas horas de animadas charlas en la Casa-Museo Pérez Galdós y en la de León y Castillo hicieron que se fortaleciera nuestra amistad, heredada en parte por nuestro común cariño a mi prima Ana Rosa Fleitas Padrón y a nuestro admirado y siempre respetado Alfonso Armas Ayala. A este último, y según Yolanda, le debió su vocación galdosiana pues fue en uno de sus famosos arranques alfonsianos cuando le espetó: «Y tú a revisar las galeadas de Galdós. Míralas con atención y cariño. Y aprende del gran maestro».
A Yolanda le debo muchísimos favores. Siempre atenta a cuanto me podía beneficiar en mi carrera de museólogo, estuvo dispuesta, cuantas veces la necesité. Visitar con ella Telde, sobre todo el recoleto y conventual barrio de San Francisco, era toda una gozada. Sus ojos, tan expresivos como sagaces, eran la ventana de una mente despierta y siempre en proceso creativo.
En los últimos momentos, nuestras conversaciones fueron telefónicas; el WhatsApp se impuso, pero aún hoy sigo escuchando su voz.
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