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Opinión

Mucha, mucha, Policía

Los agentes del orden no disparan a identidades, disparan, cuando no queda más remedio, a amenazas inminentes que no entienden de razas ni clases sociales

Vídeo del tiroteo en el aeropuerto de Gran Canaria: así actuó la Policía ante un asaltante armado con cuchillo

La Provincia

Defendieron sus vidas y parece que ahora tendrán que defenderse ante los tribunales. La reciente actuación de varios agentes de la Policía Nacional en el aeropuerto de Gran Canaria, que abatieron de manera impecable a un individuo armado con un cuchillo, ha vuelto a abrir un debate tan absurdo como injusto. No sobre el uso proporcionado de la fuerza, porque la actuación fue clara, necesaria y profesional, sino sobre si estos policías deberían ahora enfrentarse a un calvario judicial por hacer precisamente lo que le exige su deber, que no es otra que proteger vidas. Es deleznable que esta derivada se vaya inclinando a defender su integridad ante todas las instancias, en vez de valorar su acción.

El individuo, que amenazaba la integridad de los presentes con un cuchillo, no dejó margen a la duda. No hablamos de una situación ambigua o sujeta a interpretación. Hablamos de profesionales que, en cuestión de segundos, tomaron la decisión adecuada para evitar una tragedia. Una reacción que no se basó en el color de piel, ni en la nacionalidad, ni en ningún otro factor que no fuese el peligro objetivo que representaba esa persona de raza negra. Habrían actuado igual si el sujeto hubiera sido un hombre blanco, alto y rubio. Porque los policías no disparan a identidades, disparan, cuando no queda más remedio, a amenazas inminentes que no entienden de razas ni clases sociales.

Y, sin embargo, asistimos de nuevo al riesgo de que estes agentes acaben en el banquillo por una actuación que debería ser respaldada sin fisuras por todas las instituciones. La desprotección jurídica de quienes velan por la seguridad de todos es un síntoma preocupante de un sistema que se empieza a volver contra sus propios pilares.

Apoyar incondicionalmente a nuestras Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, siempre que actúen conforme a la ley, no es una cuestión ideológica. Aplaudamos las manifestaciones a favor de este gremio que se están produciendo. Es un imperativo cívico. Son ellos quienes se juegan la vida a diario, muchas veces sin saber si después, además del riesgo físico, deberán enfrentarse al riesgo legal de ser cuestionados por salvar otras vidas. Ya hay asociaciones que anuncian acciones legales para castigar los policías y acusan los disparos de actuación desproporcionada. A esa distancia y a la velocidad de los acontecimientos, el protocolo es claro: disparar para salvaguardar la seguridad. ¿Qué sucedería si el agresor hubiese acuchillado a varios turistas o hubiera alcanzado a los agentes?

No se puede aceptar que cada intervención policial exitosa derive en una sospecha, ni que la defensa de los ciudadanos conlleve una amenaza posterior para quienes la ejercen con profesionalidad. La seguridad jurídica de los policías es también nuestra seguridad colectiva. Si estos dudan, si sienten que no están respaldados, los que estaremos desprotegidos seremos nosotros.

Estos agentes no necesitan comprensión. Necesitan respaldo, institucional y social. Necesitan que se diga alto y claro que se hizo lo correcto. Porque si no somos capaces de defender al que nos defiende, el problema ya no es el delincuente con cuchillo. El problema lo tendremos en nuestra propia casa. En la capital grancanaria, por ejemplo, donde en la última semana ha habido dos atracos con violencia es urgente multiplicar la presencia policial porque es un garante de seguridad. Mucha, mucha, Policía, que cantaba Sabina, siempre.

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