Opinión | Diccionario de sentimientos canarios
Le zumba al mango
Lo escribe la escribe la argentina Claudia Piñeiro en Catedrales, citada por, el también argentino, Federico Kukso: «la forma en que nombramos plantas, flores, frutos, aun usando un mismo idioma, desvela nuestro origen tanto o más que cualquier tonada. De allí somos, de donde florece o da fruto cada palabra»

Variedad de mango Ataúlfo. / LP/DLPL
Las frutas alimentan y aportan nutrientes (vitaminas y minerales), pero también transmiten olor, pasión y memoria. Ligadas a la tierra, al pasado. Cada mato frutero plantado en la punta del patio, huerto o cantero esconde una historia humana, hecha de esfuerzo, sudor, imaginación y habilidad para su cuidado, realizar injertos que descubren nuevas formas y saberes. Un aprendizaje para que no finiquite el cultivo y se transmita a nuevas generaciones.
Como escribe el escritor argentino Federico Kukso: «sin saberlo, cada vez que hincamos nuestros dientes en la redonda inocencia de una manzana, cuando aspiramos el hondo perfume de una naranja, al catar la untuosidad tropical de un ananá (piña) degustamos historias olvidadas». Muy distinto al cultivo actual extensivo, industria agrícola realizada bajo un manto de plástico, bóvedas planas de polietileno, alimentadas con aguas, no de acuíferos naturales y el uso de herbicidas y fungicidas con el fin de aumentar la producción.
Luego se exhiben, grandes, lustrosas en mercados y supermercados donde se venden por la imagen. La democratización que torna el sabor por la apariencia. Los asesores de Marketing de los grandes emporios fruteros dotan al producto de un ideal estandarizado. Sin embargo, la manzana nos retrotrae a tiempos míticos, leyenda descrita en el Libro del Génesis cuando la serpiente ofrece el fruto prohibido del paraíso a la primera mujer de la creación, obvia salida de la costilla de Adán, que simboliza erotismo y para la Iglesia denota lujuria, engaño y tentación. Aunque hay exegetas que hablan de que fue el higo el fruto prohibido porque la primera pareja de humanos, al verse desnudos, se cubrieron sus partes pudendas con una hoja de higuera.
Y fruta mágica y maligna: la que ofrece la reina disfrazada de bruja a la ingenua niña en Blancanieves y los siete enanitos de Walt Disney. La gente de campo distinguía entre manzanas blancas, francesas (no se conocían las reinetas) y las de color colorado, hoy de diversas formas y tamaños, a las que, antaño, se les llamaba peros. Antes que los nuevos algoritmos la convirtieran un en un icono del erotismo y el deseo a través de imagen de marca de la computación mundial, Isaac Newton, en su retiro para huir de la peste, inventó, al contemplar su caída de un manzano, la teoría de la gravedad.
Igual que la fresa, frutilla en Argentina, cuya semilla depositaron aves prehistóricas en las cumbres más altas del planeta a la que, también, se le atribuye propiedades amorosas por su color encarnado y forma de corazón. Siempre se dijo durazno, como en Argentina, (albaricoque o melocotón) de piel rugosa, sabor agrio si medio verde, dulce si maduro. Ya existía entre los primeros homínidos sembrado por aves antediluvianas. La pipa la utilizaban los chiquillos como juego del boliche para introducirla en recipientes o pulsando el pulgar para introducirla en agujeros del piso o alcantarillas. Desde el Renacimiento se asoció la forma de la fruta con órganos del cuerpo humano. Nueces al cerebro, higos a los cataplines, durazno con el trasero, la berenjena y el pepino al pene.
Los eunucos del palacio de Topkapi, en la antigua Bizancio hoy Estambul, lo troceaban para que no lo utilizaran como consolador los cientos de concubinas del sultán. En cada huerta, parterre delante de la casa un limonero. El limón, ácido ascórbico, derivado del inglés, anti escorbuto porque fue a mediados de la década del año 1700, cuando se descubrió su aplicación contra esa desconocida enfermedad que provocaba más muerte que la piratería o las tempestades. En los Estados Unidos, en 1918, se recetaba para combatir la pandemia de la ·gripe española”. Siempre se ha utilizado, en las Canarias, como remedio contra gripes, catarros, y en rodajas amarradas a la frente, contra el dolor de cabeza. Injertado, por campesinos mañosos de antaño, al árbol de la lima convertía al agrio cítrico, rictus de entera en la boca y cara de quien lo probaba, como en una nueva fruta de golosina.
El membrillo, cada vez más escaso, crecía en zonas de umbría. Maduro, con su característico color amarillo, las abuelas hacían compotas, en calderos, a fuego lento, con llama de leña. En las décadas prodigiosas la juventud, con ligues de playa y melodías de guitarras al atardecer, lo mordía, despacio, a trozos, mojado en agua salada para quitarle el gusto rasposo. En lugares de la Costa y capital el plátano se consumía a cualquier hora o como postre. En los pueblos del interior era una fruta, como las sardinas, que se comía «a deseos». No se sabía, como ahora, que contiene potasio y así lo toman, en los descansos, deportistas de élite.
Conocí pueblos del Teruel y Castilla profundos que se servía, como postre en fiestas o como agasajo en comidas de invitados. El aguacate, palta en Argentina, como la granada era fruta desconocida para turistas, «chonis» o peninsulares. Provocaba cierta hilaridad ver como intentaban pelarlos como si fuera una pera. Siendo una fruta tropical o subtropical, ya se produce, por toneladas de kilos en campos de Andalucía. Protestan agricultores porque consume gran cantidad de agua un hídrico escaso. En las zonas rurales, las frutas, siempre del tiempo se guardaba al fresco o se tomaba, directamente, del mato.
No se conocía, ni se adquiría en los mercados, ciruelas o uvas en enero, ni naranjas en pleno ferragosto. Los indianos llegaban de Cuba vestidos con ternos de lino blanco y sombrero de arpilla. Muchos volvieron a las islas durante la dictadura del general Gerardo Machado o Fulgencio Batista. El peso se cotizaba más que la peseta. Los hubo que se hicieron con propiedades y abrieron boyantes negocios. Hablaban de que se comía, a diario, arroz, frijoles, carne de puerco, yuca y jugosas frutas a montones. Era tanta la abundancia que echaban los mangos a los potreros y la chirimoya era racimo de golosina para los más chicos, a cualquier hora del día.
Con ellos llegaron frases, habituales en el argot isleño. «Le zumba al mango», para expresar asombro, algo inaudito, a veces contrariedad. El guayabo asociado con mujer hermosa. Piropo normalizado que hoy se puede entender como machismo. Y el jugo de guarapo de la caña de azúcar que, decían, inyectaba fuerza a los hombres para dejar embarazadas a sus mujeres. Yo he escuchado, en Méjico distrito federal, llamar «fresa» a persona presumida, orgullosa. En Buenos Aires, pituco. En ciertos lugares de las islas, sin que se relacione con ninguna fruta, fachento, que viene a ser lo mismo que «echado palante».
Lo escribe la escribe la argentina Claudia Piñeiro en Catedrales, citada por, el también argentino, Federico Kukso: «la forma en que nombramos plantas, flores, frutos, aun usando un mismo idioma, desvela nuestro origen tanto o más que cualquier tonada. De allí somos, de donde florece o da fruto cada palabra». Su crecimiento, cuidado y sabor esconde un secreto, un deseo, una ilusión, a veces, una lágrima.
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