Opinión | Mirando despacio
Elogio del llanto
Reivindico que el sonido de las lágrimas se convierta en una bella melodía, reivindico que el rompernos y entrar en catarsis sea visto como un acto de valentía y que entendamos, por fin, que el llanto resulta una necesidad básica para lavar nuestra tristeza y cicatrizar nuestras heridas

La artista Yapci Ramos retrata el llanto colectivo en la videoinstalación 'Lloro'
Llegamos a la vida gracias al llanto, nuestros pulmones toman su primer soplo de aire gracias a esa palmada de bienvenida. Durante meses esas rabietas, que tanto alertan a los padres, ayudan a sobrevivir y a cubrir las necesidades básicas de los pequeños: los bebés lloran cuando tienen hambre, cuando les duele algo o cuando tienen sueño. El llanto sustituye a las palabras y se crea entonces una comunicación perfecta que va desde los lloriqueos o los sollozos hasta la tradicional perreta.
Incomoda que el niño llore, pero sabemos que es su manera de solicitar nuestros cuidados. Entendemos que existe una razón para ese llanto y lo atendemos, la mayor parte de las veces, con cariño y presteza. Nos despedimos de la vida también entre lágrimas, lágrimas que expresan dolor, desasosiego e incluso rabia por parte de las familias ante la pérdida de un ser querido. El llanto nuevamente se convierte en un lenguaje y, en estos casos de duelo, todos entienden nuestras lágrimas. Pero…entre el inicio de la vida y la muerte ¿está permitido llorar? ¿En qué momento castramos la capacidad de llorar y asociamos las lágrimas a los débiles de espíritu?
«Las lágrimas que no se lloran, ¿esperan en pequeños lagos o serán ríos invisibles que corren hacia la tristeza?» (Pablo Neruda)
Los niños crecen y los adultos critican su llanto: «por esa tontería no se llora», «cuando dejes de llorar, te escucho», «no es para tanto, sólo es un raspón». Sabemos que los niños siempre intentan obtener validación de sus familias y, entonces… dejan de llorar. Esas lágrimas reprimidas se convierten en dolor que crece hacia dentro. Tristeza que pronto brotará en forma de miedos, en forma de apatía o en forma de ira. Por su parte esos adultos que en su día también fueron juzgados por expresar algunos de sus sentimientos con lágrimas, no se permiten llorar o se esconden para dar rienda suelta a ese acto tan «íntimo».
«El llanto hace menos profundo el dolor» (William Shakespeare).
Los psicólogos nos revelan los beneficios del llanto: nos libera de parte del cortisol acumulado en nuestro cuerpo, llorar genera oxitocina y endorfinas (hormonas relacionadas con el placer y la calma) y el llanto nos ayuda también a recuperar nuestro equilibrio emocional. Se alivian pues al llorar tanto dolores físicos como dolores emocionales. Sin embargo el llanto sigue estando en el top de los tabúes; reímos juntos y, casi siempre, lloramos solos. Nos sorprende ver a una persona llorar en la calle, enseguida se nos activan las neuronas espejo, la compasión y la empatía entran en juego. Por supuesto, pensamos que algo grave le ha ocurrido a esa persona como para atreverse a llorar en público. Particularmente pienso que empatizamos también con nosotros mismos al ver llorar al otro, nos llegan recuerdos no llorados e intentamos calmar rápidamente a la persona afligida con la frase épica: «por favor, no llores».
«Es tan misterioso el país de las lágrimas» (Antoine de Saint- Exupèry)
Aplaudimos a aquellos que son capaces de emocionarse e incluso llorar ante la belleza de un cuadro, una melodía o una puesta de sol. Alabamos esa sensibilidad que se expresa ante lo extraordinario. Esas lágrimas delicadas muestran una extrema conexión con el arte o la naturaleza. En estos casos una lágrima vale más que mil palabras y el espectador es digno de nuestra más profunda admiración y respeto.
Sin embargo, cuando en nuestra vida cotidiana el nudo aprieta en la garganta, muchas veces, la sociedad nos obliga a ahogar nuestro propio llanto y desconectarnos de nuestras emociones porque llorar denota vulnerabilidad, porque llorar parece asociarse a los frágiles de mente y alma. Reivindico que el sonido de las lágrimas se convierta en una bella melodía, reivindico que el rompernos y entrar en catarsis sea visto como un acto de valentía y que entendamos, por fin, que el llanto resulta una necesidad básica para lavar nuestra tristeza y cicatrizar nuestras heridas.
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