Opinión | Isla Martinica
Pido asilo moral

Este sitio en Noruega es una de las 5.500 áreas de estudio analizadas en todo el mundo durante la investigación. / Créditos: DarkDivNet.
Soy rubio y de ojos azules. Parezco más un nacido en el norte de Europa, quizás un finlandés -me lo han llegado a decir a la cara-; tal vez, un alemán -me suelen confundir con uno- o incluso un noruego, y no es rara la ocasión en que se han dirigido a mí en ese idioma por la calle. Sin embargo, pese a la apariencia, soy español de pies a cabeza, aunque un nacional un tanto diferente, puesto que me siento mejor en los países que he nombrado que en el nuestro. Por esta razón, me gustaría solicitar asilo moral en Alemania, Noruega o, por qué no, en Finlandia.
Son lugares en los que se respeta la norma y las leyes, aparte de estar impresas en un papel, se cumplen. Cuando allí se habla de conciencia, se le toma a uno en serio y, dado el caso, la justicia es más una realidad que un anhelo, no como en España. Cómo no, me gusta la simpatía y espontaneidad de los compatriotas, la alegría contagiosa de las gentes, pero no así la displicencia, la envidia, la dejadez y la picaresca. En las naciones del norte tienen dichos que, para nuestro particular disgusto, como todos los tópicos, suelen ser certeros con los pecados del español. Allí suelen asignar el sustantivo de «españolada» a las acciones que implican trampas, marrullerías y subterfugios para evadirse del cumplimiento de una obligación con el objetivo de conseguir un beneficio o ventaja inmerecidos. Nada nuevo bajo el sol.
Inclusive, en las naciones situadas tras el antiguo telón de acero existe igual consideración sobre los hijos de España. Y qué quieren que les diga, a mí me disgusta que se vaya pregonando por ahí que somos unos tramposos y que, por ser capaces, nos llevamos los jabones y hasta las cortinas de las habitaciones de los hoteles, nos saltamos las colas y cruzamos los pasos de cebra sin respetar los semáforos. Precisamente, sobre esto último, tengo una sabrosa anécdota personal. Al contrario del español medio, me pueden encontrar esperando al cambio de disco en completa soledad. Los compatriotas se sonríen y sueltan «estos extranjeros son tontos», ignorando que soy de la tierra tanto como ellos. Pero, este aire de superioridad sobre el otro, simplemente porque cumple con la norma, me exaspera.
En un cruce de peatones, España se juega la solidez de su sistema de valores y, por desgracia, pierde la partida. Es injusto, tremendamente insano, que toda una nación se vea sepultada por la tradición de la picaresca, el golfo y el espabilado de turno. No obstante, a los que cumplimos con las obligaciones, trabajamos en silencio y actuamos en conciencia se nos califica de «idiotas». España jamás alcanzará el prestigio de las épocas pasadas si no recobra el sistema de valores que la aupó a la categoría de primera potencia del mundo.
No me considero mejor que nadie, pero si las leyes son para todos, lo que cabe es cumplirlas por igual, seas hijo de un camarero o de un político. Entretanto gobierne el «sálvese quien pueda» o el puro relativismo, los españoles estaremos al albur de la injusticia venga de donde venga. Ojalá las oficinas consulares atiendan mi solicitud y me respondan a la vuelta de la presente. Por aquello de los vínculos emocionales, no me gustaría perder la nacionalidad de mis padres, ni que me llamaran traidor porque sí, además de que esto que ahora promuevo podría ser juzgado como una quijotada típicamente hispana, una de esas marrullerías que criticaba letras arriba, aunque, la verdad sea dicha, me haría ilusión que en mi pasaporte figurara un sello, por pequeño que fuese, que certificara mi ganada condición de «asilado moral» en alguno de esos países del norte, es decir, si piso aquellas tierras gélidas, enseguida sabrán que los jabones retornarán a su sitio y las cortinas seguirán colgando de las anillas al comprobar la rutilante estampilla que garantiza que no se puede generalizar sobre la supuesta idiosincrasia de los españoles, como tampoco sobre la de los alemanes, noruegos y fineses, que alguno hay que desea obtener el ansiado visado moral, pero en las naciones del sur.
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