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Opinión | Tropezones

Turismo asediado

Turismo asediado

Turismo asediado / La Provincia

Hace ya un tiempo, visité el Partenón, un luminoso día de Agosto. Por supuesto que disfruté de la visita a un templo que con más de 26 siglos a cuestas, semejaba una obra en construcción, con su aspecto inacabado reforzado por tanto andamio de mantenimiento.

Pero quizás lo que me marcó tanto o más que la cegadora blancura del mármol, fue la inacabable cola que hube de soportar para entrar, con un sol que rajaba las piedras y el atronador zumbido de las cigarras. Todo ello ligeramente aliviado por los puestos de zumos de naranja y el embriagador aroma de los pinos.

Una excursión más reciente a Venecia me brindó otro baño de masas, lo que no es de extrañar teniendo en cuenta que ese año visitaron la ciudad unos 24 millones de turistas, lo que implicaba que en un momento dado, uno de cada dos habitantes era un turista. Aunque uno puede refugiarse de tanta turbamulta, por ejemplo sentándose en una de las terrazas de la Plaza San Marcos, si está dispuesto a pagar 12 € por un capuccino. Si el extraordinario entorno se lo pide, mejor se toman un Aperol Spritz, o un Bellini, el cóctel veneciano por excelencia. Eso sí, preparen no menos de 18 €.

Otro hito turístico, este en Noruega, es él llamado “púlpito”, un acantilado vertical de 600 metros asomado sobre el fiordo “Lysefjord” cuya parte superior es una superficie plana, como invitando a un despegue hacia el vacío. Los folletos lo presentan como un farallón rocoso de dramática apariencia, con el impactante contraste entre la verticalidad del acantilado y la tabla horizontal que parece no haber sido hollada por el hombre. No se dejen engañar: mi hija y su familia visitaron el lugar el verano pasado, y tras una dificultosa ascensión de dos horas desembocaron en el púlpito, donde no menos de 50 personas se disputaban el espacio vital disponible.

Otro destino turístico obligado es sin duda Machu Picchu, la ciudadela prehispánica del Perú, que también nos presentan los medios como un solitario poblado en ruinas increíblemente encaramado en una cordillera verdinegra. Pues bien, ante la posibilidad de plantearme un viaje a este Shangrilá me asomé a las redes para ver si era fácil acceder a tan inabordable fortaleza.

Pues sepan que se ofrecen no menos de 10 circuitos de visita guiada de la ciudad encantada, con reservas de varios meses de antelación. Algunos videos que he tenido oportunidad de contemplar convierten los vericuetos de las calles en ríos de gente, posiblemente más caudalosos que los de los primitivos habitantes.

Otro hito de los destinos turísticos, para visitantes más aguerridos y temerarios, es sin duda el Everest. Recordamos como héroes a Edmund Hillary y su sherpa Tensing, que en el año 1953 coronaron por vez primera la cima del Everest. Pues bien, el año pasado ascendieron a la misma la friolera de 600 personas, solo limitadas por el número de permisos facilitados por el gobierno de Nepal. La instantánea emblemática fue publicada el año pasado: la cresta final previa ala coronación invadida por una multicolor procesión de alpinistas abriéndose paso a codazos en pos de la anhelada cima.

Qué quieren que les diga. Con estas expectativas de overbooking estoy casi por sumarme a las hordas de vacacionistas cuya única ambición son las 3 eses anglosajonas; “sea, sun and sex”.

Mar, playa y sexo, amontonados al sol en playas y bares, impermeables a toda tentación cultural.

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