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Opinión | Venga, circule

Meryem El Mehdati

HunterxHunter

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HunterxHunter / La Provincia

Treinta y cinco grados a las dos de la tarde, puedo sentir el calor oprimiendo mi corteza cerebral. No es agradable. Son muchísimas las conversaciones en las que he participado estos días en las que alguno o alguna de las presentes finalizaba la charla con algo similar a “Da igual el partido político en el que estén, los ladrones siempre quieren robar”. Me hace bastante gracia que en el mismísimo año 2025 todavía haya personas que han conseguido ser impermeables a los casos de corrupción que han caracterizado la historia de nuestra democracia. Todavía se sorprenden cuando sucede. Dan cierta envidia. Un número importante de políticos se lleva mordidas a cambio de concesiones o directamente meten la mano en la caja pública para financiarse una noche en un prostíbulo, un reloj o un coche. Quizá estas navidades descubran que Papá Noel no existe. Leo mucho aquello de que el cinismo es una forma de entregar las armas y rendirse, no estoy de acuerdo. Cuando nada puede decepcionarte o sorprenderte te conviertes en material indestructible. No operas desde el desencanto sino desde la frialdad. De todo el asunto de Ábalos me gustó su salida en pijama y barba de tres días para responder a los medios, todo de gris. A saber si ni se había duchado aún. Me recordó a Chenoa en 2005 cuando salió al portal de su casa en chándal mientras lloraba y confirmó que había roto con David Bisbal. Qué momento tan icónico, los jóvenes no lo entenderían. Quizá sea eso lo que haga falta para sorprenderme, ver a algún político llorar porque le han roto el corazón. Nada me hizo simpatizar tanto con Pedro Sánchez como el gesto agotado de su cara mientras comunicaba a todos los españoles que seríamos encerrados en nuestras casas durante quién sabía cuánto tiempo. El tono de piel ceniciento, la fatiga; pensé “es humano”.

Sí, me gustaría ver al corrupto derrumbarse y temblar, aunque sea mentira, obvio, aunque solo rompa a llorar porque los ha pillado con los audios en la masa. Quizá así podría yo pensar que al menos son capaces de configurar sus parámetros de fábrica para conjugar una unidad de emoción humana: la vergüenza. De vez en cuando sucede, a pesar del cinismo, que una se topa con alguna que otra noticia que la hiere de gravedad porque no se la esperaba. De vez en cuando recuerda una que es humana y que existen escenarios dantescos que no se ha imaginado porque el muro del cinismo no se construye sobre la crueldad sino sobre la desilusión. Creemos que estamos a salvo de este tipo de situaciones en Instagram, sobre todo si hemos educado bien al algoritmo y lo único que aparece en la pestaña de la lupa cuando le damos son reels de Jujutsu Kaisen, Haikyuu!, HunterxHunter o comparaciones de precios y performance de máquinas de espresso semiprofesionales. Qué puedo decir, mis hobbies son los que son. Sin buscarla y sin quererla ver me topé con una entrevista en el podcast de Jordi Wild -si no saben quién es les prometo que no necesitan saberlo, no les hará ningún bien- a un técnico de emergencias llamado Miguel Assal que confesaba en directo que cuando tenía veinte años junto a un compañero había puesto en peligro la vida de muchas mujeres a propósito para luego rescatarlas y ser “los héroes”. Entre risas, Assal explicó el sistema que había establecido con el otro hombre: “Teníamos una corriente y no la balizábamos para que entrasen las chicas. Era una corriente muy sencilla de rescatar y, claro, eras el héroe. Si veíamos a un niño, bajábamos rápido para que no se metiera. Venga, esas dos que están bien, vamos allá”. Jordi Wild se partía de la risa, claro. Me imagino que le parecía estar conversando con un crack, un mostro, un mastodonte, genio, figura, maestro. Me pregunté si una admisión de este calibre no tendría consecuencias legales directas a pesar de haberse producido los hechos hace tanto tiempo. Un rescate “sencillo” puede complicarse en cuestión de segundos, ¿dónde ven ahí al héroe? Lo único que veo es a un bufón que ríe las gracias a un tipo que se asemeja mucho a un villano de pacotilla.

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