Opinión | Mirando despacio
Descanse en paz

Reencuentro fugaz en el camposanto / Juan Castro
Este artículo no pretende difundir una esquela, tampoco pretende convertirse en un obituario. Cierto es que muchos de nuestros hábitos nos conducen derechitos al camposanto. Aunque nadie desea acabar en el crematorio, jugamos con fuego la mayor parte de nuestros días, aunque nadie desea pernoctar en el cementerio, caminamos al filo del precipicio la mayor parte del tiempo. El que vive despierto debe arriesgar: tomar decisiones, comprometerse, lanzarse… Pero tal y como reza el refrán es necesario tener la habilidad de nadar y a la vez guardar la ropa. Comienza agosto, mes de veraneo para muchos, un alto en el camino, tiempo para echar el freno y volver a nuestro centro. Sin embargo, atrapados en la inercia del hacer, acostumbrados a llegar derrotados a la cama y que nuestras agendas echen humo…parar en seco también parece resultar un ejercicio peligroso. Entonces salimos disparados hacia el estrés vacacional: viajes, playa, restaurantes, excursiones, reuniones de familias, fiestas de amigos…Ufff, ¿quién da más? En esta ruleta rusa agotamos nuestro tiempo planificando hasta el último minuto del verano, volvemos pues a caer en la trampa casi mortal de consumir nuestra batería hasta… ¿vaciarnos? ¿Qué esconden las prisas? ¿Existe antídoto para esta enfermedad llamada celeridad?
Carl Honoré nos ofrece algunas pautas para enfrentarnos al tiempo libre con conciencia. Su «Elogio a la lentitud» debería ser una biblia para desacelerar y liberarnos de la esclavitud que nos impone el perverso cronómetro también en verano. Para todos los que fuimos educados bajo el lema «el tiempo es oro» no cabe duda que hablar de lentitud nos causa cierto sarpullido. Como siempre me voy a la RAE y me golpeo de bruces al hallar la definición de lento: «poco vigoroso y eficaz». Pues sí, aún nuestra sociedad juzga y condena al que habla lento, al que come lento, al niño que lleva un ritmo lento en el cole…La lentitud nos impacienta porque seguimos pensando que aprovechar nuestros días significa hacer lo máximo invirtiendo el tiempo mínimo. En este culto a la velocidad lógicamente ahorramos tiempo, que, ¿luego malgastaremos inventando otros quehaceres? Agotador, sin duda. Llegados a este punto, no me extraña encontrarme con el dato de que el 60% de los españoles sufre estrés y casi un 25% de la población padece ansiedad. Además de las diversas patologías que esto conlleva, hablamos de una sociedad que tiene problemas para dormir por la noche y problemas para despertar por la mañana. Medicamentos para conciliar el sueño y cafés (en el mejor de los casos) para darlo todo durante el día. Una sociedad que cada vez más se aqueja de problemas de salud mental debido a la falta de descanso, dificultades producidas por no encontrar el equilibrio entre la actividad frenética y el necesario reposo.
En este viaje por el carril izquierdo llevamos con nosotros a nuestros niños y jóvenes a los que no permitimos que se acomoden en el punto muerto. Sobreestimulamos a los pequeños y más tarde entramos en pánico cuando comprobamos que todo les aburre, que ya nada les satisface. Diagnosticamos como niños hiperactivos a buena parte de los alumnos… ¿acaso les hemos dado la oportunidad de bajarse de este sinsentido?
La lentitud no suele ser una infracción, el exceso de velocidad sí. Se alzan voces en favor de instaurar el sosiego en nuestras vidas. El movimiento slow se impulsa con fuerza en países como Austria y Dinamarca. Casi 80 millones de estadounidenses dedican parte de su tiempo libre a la jardinería; hundir las manos en la tierra puede resultar hasta terapéutico. La música, la lectura, cocinar a fuego lento resultan también alternativas de ocio que nos devuelven a la calma. Simplemente estar en casa, escuchar el silencio y no hacer nada pueden ser el antídoto para esta carrera enloquecida que llamamos vida y que suele tener como meta volante el hospital.
Todo un mes de verano por delante, 31 días para reducir la marcha. Más de cuatro semanas para abandonar el reloj y pasarnos al carril derecho. Muchos minutos para reflexionar sobre nuestro estilo de vida, para cuestionarnos en qué derrochamos nuestra energía. Momentos para conectar de verdad con las personas que queremos desde la escucha y la presencia. En definitiva, un verano para regresar a lo esencial, saborear lo sencillo y, sobre todo, descansar en paz.
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