Opinión | Papel vegetal
Presas del pánico
Cientos de miles de muertos y lisiados después, los dirigentes europeos animan a Zelenski a perseguir su objetivo, totalmente irreal, de recuperar militarmente el territorio ocupado por Rusia

Putin y Trump, al inicio de su reunión en Alaska. / Kremlin / DPA
Alarmados por el resultado de la cumbre de Alaska, los líderes europeos viajan hoy precipitadamente a Washington para, arropando al presidente ucraniano, intentar hacer cambiar una vez más de opinión a Donald Trump. En su reunión con su homólogo Vladimir Putin, el político republicano aceptó claramente la tesis rusa de que es necesario un acuerdo de paz que vaya a las raíces del conflicto antes de que callen las armas en Ucrania.
Los líderes de Francia, Reino Unido, Alemania, la presidenta de la Comisión Europea, entre otros, tratarán, sin embargo, de que el errático e influenciable Trump vuelva a asumir la exigencia de Kiev y europea de que lo primero es en cambio un cese inmediato e incondicional de las hostilidades.
El Kremlin la rechaza porque teme que, si no hay antes una declaración de paz concreta y vinculante, nada impediría a la OTAN seguir armando a Ucrania para que pudiese recuperar un día por la fuerza el territorio arrebatado por Rusia. Ya ocurrió antes con la pantomima, reconocida así por Occidente, de los acuerdos de Minsk.
La mayor parte de los medios occidentales, sobre todo los anglosajones y los alemanes, especialmente beligerantes y rusófobos, critican con dureza el cordial recibimiento de Trump al que califican de «paria de Occidente» y «criminal de guerra».
No entienden la «fascinación» que, según ellos, ejerce el «autócrata» ruso sobre el actual ocupante de la Casa Blanca. Pero ¿cómo calificar si no de fascinación la que políticos y medios occidentales parecen sentir a su vez por Zelenski?
Del mismo modo, acusan a Putin de querer continuar la guerra cuando fueron los gobiernos occidentales, concretamente Londres y Washington, quienes convencieron en su día a Kiev para que no aceptara un acuerdo de paz con Moscú que, entre otras cosas, ofrecía seguridades a la población rusófona de Ucrania. Cientos de miles de muertos y lisiados después, los dirigentes europeos animan a Zelenski a perseguir su objetivo, totalmente irreal, de recuperar militarmente el territorio ocupado por Rusia y mienten cuando dicen que es sólo Putin quien no quiere la paz.
Como tergiversan en cierto modo las palabras de Trump tras la cumbre de Alaska cuando aseguran que dio garantías de seguridad a Ucrania similares a las del artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte, que considera un ataque contra uno de sus miembros como un ataque a todos, cuando aquél se limitó de modo vago a no descartarlas.
¿Estarían, por cierto, dispuestos los dirigentes europeos a enviar a sus ciudadanos a una guerra con una potencia nuclear como es Rusia sólo para restablecer la integridad territorial de Ucrania y salvar así su propio prestigio? Está muy bien hablar de guerra cuando quienes mueren son otros.
Por cierto que esta misma mañana escuché al embajador ucraniano en Berlín explicar que cuando Ucrania ganó su independencia, se le dieron garantías de seguridad a cambio de que renunciara al armamento nuclear que tenía en su territorio, y quejarse de que esas garantías no han servido hasta ahora de nada.
Lo cual no es del todo cierto porque las armas instaladas en Ucrania durante la Guerra Fría eran propiedad de la Unión Soviética, de la que ese país formaba entonces parte.
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