Opinión | Isla Martinica
El club de Schopenhauer

Establecen una zona de exclusión de navegación marítima por seguridad frente a La Mareta por las vacaciones de Pedro Sánchez / A. F.
Los clubes se remontan a la época de los caballeros de finales del siglo XIX, cuando se convirtió en realidad el deseo de una clase privilegiada al reforzar su estatus económico y social con la exclusividad de los servicios que prestaban determinadas asociaciones creadas para satisfacer las demandas propias de la alta burguesía. En la actualidad, algunos de estos clubes se resisten a desaparecer y son el ejemplo palmario del afán clasista de una parte de la sociedad. Existen clubes de hípica, de gastronomía o el más aristocrático del lanzamiento de huesos de aceituna. El "Club de La Mareta" tal vez sea el más reciente de la lista en España. El G-7 hispano, aunque con menos ínfulas, puesto que sus miembros son apenas tres o cuatro, dependiendo del estado anímico del líder patrio, el Puto Amo, en las palabras del ministro Óscar Puente, quien entiende que la mayor aspiración política y también personal sería su plena integración en el club lanzaroteño.
En la intimidad, prefieren autodenominarse el "Grupo de los Cuatro" o el "Club de Schopenhauer", en honor al filósofo alemán y así dar más empaque al conciliábulo socialista. Cuando les preguntan, responden que este segundo apelativo guarda relación con la obra del checo Milan Kundera, La fiesta de la insignificancia, y, en concreto, la alusión al pensador pesimista que aparece en una de sus celebradas páginas por boca de Stalin, el Hombre de Acero, al que identifican con el autócrata de la Moncloa, pero en bajito, no vaya a enterarse el Puto Amo, la Voluntad Suprema, y les haga caer en desgracia como a tantos otros en la época dorada del estalinismo soviético.
El de La Mareta o el "Club de Schopenhauer" lo componen, que uno sepa, Pedro Sánchez, Zapatero y Salvador Illa. Grande-Marlaska, por ahora, se contenta con ser el meritorio del grupo. Cada verano se citan en la Isla de los Volcanes con la ilusión de renovar los votos contraídos e idear nuevas estrategias para una España agónica, haciéndome evocar los versos de Rilke, aquellos que comenzaban por "temo la palabra de los hombres" (Ich fuerchte mich so vor der Menschen Wort) para continuar con una elocuente advertencia que pone los pelos de punta, sabiendo a quien va dirigida: "Temo también su mente, su juego con la burla; ellos todo lo saben: lo que es, lo que será" (Sexte und Segen).
El ideólogo del club, o el moderno Coronel Kalinin -algo así como nuestro "Capitán Curbelo", si lo acercamos a la frontera insular, el mismo que dijo que había que bombardear el volcán de La Palma-, es el leonés Rodríguez Zapatero y lo que asusta es que un personaje desprovisto de la más mínima capacidad intelectual ostente semejante cargo. Me cuesta pensar cómo se conducirá el resto de la pequeña comunidad si este zascandil es el que diseña y planea las futuras acciones. Por su parte, el catalán Illa representa el propósito, la esencia perseguida, que no es otra que hacer de España lo que nunca fue. A la postre, el papel de Sánchez sería el de canalizar estas estrategias, validarlas y darles un cuerpo jurídico, además de un sesgo político e institucional. En ocasiones, me da el pálpito de que, de club selecto, poco le queda al grupúsculo; más bien, sería otra cosa, competencia directa de la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil. Pero, es sólo eso, un desliz de la imaginación.
Como remate del club, presento sus reglas de cortesía. No distan mucho de las de otro club, este cinematográfico, ya que, al detectar la presencia del Puto Amo en la estancia, los escasos integrantes del grupo se suben por turnos sobre las mesas del salón principal de La Mareta mientras prorrumpen en sonoras alabanzas hacia el caudillo, que sólo devuelve la salutación cuando escucha complacido "Capitán, oh capitán". Quizás sea por eso la amplia zona de exclusión marítima decretada en torno al lugar, quiero decir para que no los vean haciendo el indio. ¡Qué cosas tiene el sanchismo!
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