Opinión | Al filo de las letras

Redactora
Entre cajas y bultos, el cambio se vuelve cristalino
La mudanza es una oportunidad para la contemplación y el autoanálisis fuera de las rutinas diarias donde todo es para ayer

Maletas antiguas en una imagen de archivo / LP/DLP
Un vacío en los rincones de la cotidianidad se instala en casa. Desaparece la mesa, el perchero, el batiburrillo de trastos que he ido dejando a lo largo de meses sobre el armario: todo se desplaza al espacio entre otras paredes que estoy pendiente de estrenar. Aún no tiene restos de mí esparcidos por las esquinas, mientras que el pelo y el polvo se acumulan en una habitación que ya se me ha quedado en el pasado. Por eso no tengo ganas de limpiar. Poco a poco voy quitando objetos que viajan en mi pequeño coche rojo oscuro, como si hiciera una transfusión de vida a la casa nueva.
Cada una de las mudanzas que he hecho han sido descubrimientos. Sobre mí, sobre la tendencia humana a acumular lo innecesario, sobre el proceso mismo de mudarse. Al contrario de lo que parece mientras estás inmersa en ese caos, en el que haces mil cosas por minuto aunque parece que no avanzas, en esta ocasión siento que mudarse es un movimiento de contemplación y calma.
Una oportunidad para ver lo que está tachado
Mi rutina más habitual es ir todos los días de bólido. Cumplir con una larga lista de tareas. Quitármelas de encima sin paladear, sin degustar, limitándome a tragarlo todo. Porque todo va demasiado rápido. Todo llega tarde. Todo está inventado pero nunca hay nada hecho. Todo es para ayer. Cuando llega la noche, a menudo estoy tan cansada que solo tengo ganas de freírme el cerebro, antes de que empiece a elaborar otra lista, con lo que nunca sobra el tiempo para ver lo que ya está tachado.
La mudanza es una oportunidad para apreciar los cambios. A diario son casi imperceptibles, como el lento avanzar que no se mira de un caracol por la pared, pero se vuelven abismales en retrospectiva, cuando se transiciona entre escenarios revisando un cúmulo de objetos que son una mezcla de recuerdos, trastos inútiles y retales de la existencia de un cuerpo.
Es un desplazamiento entre etapas. Por eso, me gusta pensar en la mudanza como uno de esos viajes en metro o guagua en que no tienes más que hacer que mirarte las uñas y escarbar entre los laberintos de tus neuronas. Un impás que invita al autoanálisis.
Lo que es, lo que fue y lo que nunca será
Miro al futuro para imaginarme cómo cambiará la vida por habitarla en un lugar distinto. Miro al pasado para recordar cómo llegué al sitio del que me estoy marchando y cuánto he cambiado desde entonces. Miro al presente en una selección de los objetos que llevo conmigo y los que voy a tirar, discerniendo entre lo que sigo siendo y lo que ha quedado atrás.
Miro a lo que no existe: un escenario donde comparto con mi padre el ser en quien me voy moldeando. Sobre todo en los procesos de cambio, se me hace absurdo pensar que murió sin saber cuántas veces me he echado la casa a cuestas. Se me acumulan las ocasiones. Mi padre no conoció quién soy ahora.
Miro lo grande, presto atención a los detalles. El mosaico que se ve desde arriba está construido con piezas pequeñas. Soy fotografías de momentos concretos y voy haciendo limpieza al tiempo que capturo otras nuevas. En esto hay un acto de depuración: me quito de encima lo que sobra, expulso los residuos.
Veo huecos en los espacios donde hice mi vida. Ya no los llenaré, o al menos no aquí; traslado el vacío a otro sitio y pongo allí el taller. Me construiré mientras respire. Despertaré desorientada las primeras noches. ¿Estoy aquí o estoy allá?
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