Opinión | Mirando despacio
Romper el círculo

Romper el círculo / La Provincia
Hablo por teléfono y me observo dibujando círculos; media hora al teléfono, medio folio de círculos rojos. Miro un poco horrorizada la hoja cuando cuelgo la llamada. Antes de visitar a un neurólogo o a un psiquiatra me dirijo al genio de la lámpara; nuestra amiga IA. Me entero, pues, que dibujar círculos de manera compulsiva atiende a una necesidad de enfocar la atención o también puede indicar que el dibujante se siente atrapado en una situación (la conversación por ejemplo) y busca una solución. Y yo me pregunto… ¿es posible que la salida se encuentre fuera de los círculos?
Basada en la novela autobiográfica de Colleen Hoover, Romper el círculo se convirtió, hace apenas un año, en una película con gran éxito de taquilla a la vez que suscitó una generosa polémica entre diversos sectores de la audiencia. Una película con una interpretación más que correcta y que desata, por desgracia, un guion antiguo que se repite a través de las generaciones. Tal y como le ocurre a la protagonista, Lily Bloom, muchas mujeres de todo el mundo sufren diferentes tipos de humillaciones, burlas y abusos sin ser conscientes de que están siendo víctimas de violencia de género. Muchas veces sólo cuando la violencia se vuelve física y los daños son evidentes, algunas de ellas se atreven a pedir ayuda. Las pequeñas banderas rojas, en ocasiones, pasan desapercibidas por aquellas mujeres que crecieron presenciando maltrato físico o psicológico en sus hogares. Romper el círculo se atreve a plantarle cara a la violencia y a ponerle nombre a las escenas de mayor impacto. Resuena a lo largo de todo el film la repetición de patrones: los flashbacks que experimenta Lily en recuerdo de las situaciones dolorosas donde su madre era maltratada por su padre. Creo interesante comentar que finalmente nuestra protagonista puede huir de su matrimonio tóxico y criar a su hija recién nacida en un hogar sano. Lily es capaz de acabar con el ciclo de violencia familiar que venía repitiéndose a lo largo de diversas generaciones y, a la vez, sanar esa herida oscura que arrastraba su niña interior.
Parece ser que no todos los casos de violencia machista tienen final feliz y, desafortunadamente, nuestras protagonistas no son actrices aunque sí es cierto que interpretan un papel aprendido de manera inconsciente. Ese papel de mujeres salvadoras, complacientes y sumisas que heredaron de sus madres sigue imperando con fuerza en nuestra sociedad. «Se me cayó la venda» me decía el otro día una amiga al enterarse que desempeñar un rol condescendiente con su «pareja» no le había proporcionado más que dolores de cabeza… Por su parte, muchos hombres repiten el legado masculino, el papel conocido y también aprendido en sus hogares de referencia. Cargan de manera egoica con la coraza y el escudo; demasiado peso les ha tocado sostener a lo largo de los siglos…
Y…¡tachán! Poco a poco las mujeres comienzan a reconocer y condenar esos viejos patrones, poco a poco algunas mujeres comienzan a romper el círculo. Aparecen entonces las mujeres empoderadas, no por arte de magia, señores, aquí la magia no funciona. Mucho trabajo personal, muchos obstáculos en el camino, muchas horas de terapia y de soledad en busca de sí mismas. Estas nuevas mujeres, de diferentes edades, gozan de una alta autoestima, son libres para tomar sus propias decisiones y, lo mejor de todo, son capaces de poner límites y distinguir de lejos las banderas rojas. Cambia pues el elenco femenino, estas mujeres que han logrado una gran inteligencia emocional «acojonan» literalmente a los hombres ataviados con coraza y escudo. «Las mujeres ya no necesitan a los hombres», me comentaba el otro día un amigo de forma lastimera… sólo le faltó añadir: «El mundo se va a acabar». Sigue ocurriendo, la sociedad queda boquiabierta ante las mujeres independientes, en ocasiones, juzgan a aquellas que no necesitan ningún hombre para subsistir. Estas mujeres, lejos de ser aplaudidas por conseguir tal éxito, muchas veces son criticadas por no decir el clásico «sí quiero»; por no estar atentas para cubrir todas las necesidades de los hombres. Debatimos mucho sobre el tema de alcanzar la igualdad entre ambos géneros, criticamos a los hombres por lo que hacen y por aquello que no hacen, pero no profundizamos en el origen de tal desigualdad. Es posible que la causa se llame evolución, tenga relación con el autoconocimiento y con la necesidad de que también ellos se atrevan a romper su círculo. Señores, no podemos seguir anclados en el siglo XX actuando como lo hacían nuestros padres o nuestros abuelos. Toca soltar la armadura, toca reconocer que el hombre con pies de plomo y corazón de hojalata ha pasado ya de moda. Muchas mujeres están solas sí, mujeres que no están dispuestas a ejercer de madres o de compañeras dóciles. Mujeres que se aman a sí mismas y siguen abiertas al amor, pero que no aceptan relaciones con hombres que continúan girando sobre sí mismos y encerrados en sus propios círculos. Más allá del círculo rojo se encuentra una nueva forma de conectar basada en la empatía, la comunicación y la presencia. Ojalá todos podamos entender que el amor es capaz de romper cualquier círculo como aquel que se atrevió a deshacer Lily en favor de su pequeña hija. Ojalá pronto podamos contemplar muchos círculos secantes donde la confianza, el respeto y el compromiso se conviertan en protagonistas de las historias.
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