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Opinión | Un carrusel vacío

El otro Halloween

El otro Halloween

El otro Halloween / La Provincia

Hace días que los establecimientos comerciales, los centros escolares y la televisión se han desecho de las últimas calabazas, las sábanas blancas y las telarañas. Termina Halloween; comienzan las Navidades. Los demonios serán sustituidos por abetos con cadenetas y las túnicas negras por jerséis de renos; aunque falten casi dos meses para Nochebuena. El caso es hacer negocio.

Pero hay otro tipo de fantasmas que no se espantan con la llegada del turrón y que hacen parecer inocentes a los tradicionales: son los fantasmas del ghosting, tan reales que no hace falta invocarlos. Este popular término define una situación tristemente frecuente: la desaparición repentina de una de las personas implicadas en una relación. De pronto, dicho sujeto deja de comunicarse sin previo aviso ni posterior explicación. Solemos pensar en las relaciones sentimentales, pero lo cierto es que también ocurre en las amistosas o en cualquiera que requiera una mínima responsabilidad afectiva. Casualmente, escribía la semana pasada en este mismo medio sobre el concepto de la responsabilidad, centrándome más en la laboral, pero en el terreno de los sentimientos resulta casi más preocupante. Sea amoroso o amistoso, todos hemos sufrido ghosting en algún momento de nuestra vida.

Hace casi una década, yo tenía una amiga a la que conocí en el instituto y que decía que “éramos como hermanas”. Nuestra amistad parecía tan sólida y profunda que, ante las jugarretas que de vez en cuando me hacía, yo pensaba: “Hay que permitírselo, que es mi mejor amiga”. En determinado momento, empezó a frecuentar otras compañías y a evitarme a mí. Me dejaba plantada cuando íbamos a quedar o llevaba consigo a otros amigos a los que yo no conocía. Un buen día, decidí escribirle un correo electrónico explicándole cómo me sentía, pidiéndole que se explicara ella y asegurándole que mi intención era que todo se arreglase. Jamás llegó a responderme y nunca he vuelto a saber de ella, más allá de su foto de perfil de Whatsapp.

Unos años antes de aquel desplante, ocurrió lo mismo con otra “mejor amiga” con la que también mantenía una relación aparentemente profunda desde nuestra más tierna infancia. A los veintipocos, empezó a poner excusas cada vez que yo le proponía quedar, hasta que me rendí. Tampoco volví a tener noticias de ella, a pesar de que éramos vecinas.

Lo que ahora llamamos “ghosting” ha existido desde siempre: oculta la falta de responsabilidad afectiva y el empeño por escapar de la incomodidad de tener que decirle a alguien que quieres cortar una relación del tipo que sea. Lo que ocurre es que, en los últimos años, gracias a las redes sociales, estamos más expuestos a ella, porque el menor contacto humano fomenta la irresponsabilidad sentimental. El sencillo “Total, si no lo voy a ver” se impone.

Para algunas personas, la situación adquiere el rango de pesadilla si la trasladamos al terreno de las famosas aplicaciones de citas, en las que los seres humanos pasan a formar parte de un catálogo en el que se definen por una foto y las pocas palabras que las acompañan, en las que supuestamente explicitan sus preferencias sentimentales –si no busca nada serio, si quiere hijos, etc.–. Estas aplicaciones se venden con la idea de que van a ahorrarte pasos a la hora de conocer a alguien: ya estás al tanto de sus aficiones y de sus objetivos vitales y puedes saber si coinciden con los tuyos, y además el primer contacto está en tu propio móvil, a un clic de distancia. Relaciones sentimentales a domicilio.

El error es pensar que el amor se reduce a algo tan analítico, que puede cocinarse siguiendo una receta: una pizca de afición al cine de Woody Allen, dos vasos de “me considero un aventurero”... Sé de parejas que se han conocido por este tipo de aplicaciones, pero estoy segura de que podrían haberlo hecho también en un bar o en la facultad. Entrar en una aplicación no te garantiza nada. De hecho, creo que la idea de “catálogo” que proponen fomenta, más que nada, el ghosting. Porque a algunos usuarios a menudo se les olvida que, tras esas fotos que pueden aceptar o descartar a través de un simple desplazamiento lateral hay personas reales.

Cuando ese tipo de situaciones se repite, acaba produciéndose un desgaste emocional. Los usuarios de aplicaciones que buscaban algo más que una cita casual, después de encontrarse con un ghosteador tras otro, acaban perdiendo la fe en la humanidad, si no en el amor. A varias amigas les ha ocurrido.

Y es que lo contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia; muchas veces, derivada del egoísmo exacerbado. Eso da más miedo que los espíritus malignos.

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