Opinión | Observatorio
SANTIAGO J. HENRÍQUEZ
¿Alfred o Alfredo?

¿Alfred o Alfredo? / La Provincia
Lo mejor es llamar a cada cual por su nombre. En el caso de la calle Alfredo L. Jones, la referencia al consignatario galés y presidente, entre los años ochenta y noventa del siglo XIX, de la Cámara de Comercio de Liverpool, confunde a los viandantes y expande una variable errónea sobre su identificación que desconcierta en términos de memoria a quienes quieren ahondar en la biografía social del personaje. En las guías, mapas y callejeros de Las Palmas de Gran Canaria, el nombre que aparece en la placa para señalar uno de los accesos que tanto residentes como turistas pronuncian para visitar la zona de Las Canteras es Alfredo. En los países de habla inglesa, la «L» que viene después del mentado nombre puede utilizarse como un alias o como un apellido al ser, en la mayor parte de los casos, un apelativo de origen germánico especialmente común en el país de Gales. Para conocer el origen del actual Lewis hemos de remontarnos al término Hludwig —hlud (fama) wig (batalla)— que, a través de Ludovicus por influencia del latín medieval, evolucionó a Louis en francés y Luis en español —ilustre en el combate—. La sustitución de Lewis por la inicial consonántica que aparece en el rótulo identificativo de la calle Alfredo L. Jones no nos preocupa tanto como la persistencia en el error de no llamar por su nombre a quien fuera, a partir del último tercio del siglo XIX, el máximo accionista de la compañía Elder Dempster Shipping Company Limited, fundador, en 1894, del Bank of British West Africa Limited en la ciudad de Liverpool, propietario, desde los últimos años del señalado siglo, del desaparecido Hotel Metropole por orden de compra a sus acreedores en la isla y una de las figuras más importantes en la recuperación de la agricultura, especialmente, de Gran Canaria, en fechas posteriores a la crisis de la cochinilla que desencadenó una oleada migratoria hacia tierras americanas con picos importantes en las dos últimas décadas del siglo XIX.
Distinguido el nueve de noviembre de 1901 por el rey Eduardo VII como Knight Commander of the Most Distinguished Order of St Michael and St George —Caballero Comendador de la Muy Distinguida Orden de San Miguel y San Jorge— por sus leales servicios a la Corona en tiempos de la reina Victoria, las iniciales K. C. M. y G. que Alonso Quesada incorpora en La balada de Sir Archibaldo—Sir Alfred Lewis Jones en la ficción quesadiana— causan una absoluta perplejidad entre los varones de la colonia y enamoramiento entre las jóvenes del hotel al reconocer en su tarjeta de visita lo que las misses perciben como «un inglés de verdad». Cinco años después de recibir la muy distinguida orden de San Miguel y de San Jorge por el impacto extraordinariamente positivo que su labor empresarial había generado en gobiernos, empresas y administraciones coloniales del último tercio del siglo XIX, es el rey Alfonso XIII quien, en nombre del Reino de España, le condecora con la Real Orden de Isabel la Católica por su excelencia e incomparable labor en lo que, después de muchas inversiones y sacrificios, supuso la recuperación de la agricultura y el comercio de la fruta entre España y el Reino Unido.
En la antigua zona mercantil y marítima de Liverpool, en el George’s Pier Head, se erige una importante obra escultórica realizada, en 1913, por Sir George James Frampton que honra y perpetúa el recuerdo de quien, con apenas diecisiete años y trabajando junto a John Dempster en los despachos de Fletcher & Parr, decía que ganaba «poco dinero» pero que tenía «mucho trabajo». Colegios, hospitales, laboratorios de medicina tropical, placas conmemorativas, biografías, becas de investigación, actos honoríficos e incorporaciones como miembro de honor en distintas comunidades científicas de las universidades de Inglaterra, continúan en pleno siglo XXI haciendo honor a su labor: a Sir Alfred Lewis Jones quien, partiendo de Carmarthen, una pequeña ciudad galesa situada a orillas del río Towy, fallecería a la edad de sesenta y cuatro años siendo el propietario de la mayor flota de barcos a vapor del Atlántico en la ruta entre el Reino Unido, Canarias y el África occidental. Por tales motivos y reconocimientos en los que podríamos abundar largamente, convendría corregir el nombre de una calle por la que transitan a diario tantos y tantos ingleses, galeses, irlandeses, escoceses… procedentes del Reino Unido que saben del magnetismo que desprendía a todas luces el empresario —Sir Alfred, y no un tal Alfredo L.— y son conocedores, sin lugar a dudas, de su trayectoria. Lo peor de mantener por mucho tiempo el error es que si, a día de hoy, escribiera bien su nombre y lo lanzara a Google Maps para acercarme en coche o a pie al Hotel Reina Isabel, no llegaría nunca a Las Canteras, aunque si tecleara igual de bien el nombre de Alfred Nobel en dicha aplicación estaría al segundo en La Paterna.
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