Opinión | Risas y fiestas
Las cosas a la vez

Las cosas a la vez / Shamir Auyanet
Las personas somos animalitos. Cuando más me doy cuenta de ello, es cuando me pasa algo. Es decir, casi siempre, porque a las personas casi siempre nos pasa algo, parece estar en nuestra naturaleza esa cosa de escoger el conflicto central del momento y aferrarnos a él porque queremos solucionarlo o necesitamos sufrirlo con toda la profundidad posible hasta agotarle las pilas. Estando ahí, en ese esfuerzo interior que nadie ve (bueno, se ve si nos provoca un tic en el ojo, o si nos acelera muchísimo la respiración, o si hace que nos salga una constelación de espinitos debajo del labio porque el estrés, qué loncha de chorizo estregado por toda la cara a ver qué pasa el estrés) pero arrasa con absolutamente todos los momentos del día, nos sale una tendencia muy clara a centrarnos solo en una cosa: el resto del mundo, el resto de la vida, se difumina un poco. Y digo que eso me hace sentir un poco animalita precisamente porque me hace darme cuenta de que esa experiencia humana total, presente y ordenada, creo que nunca jamás la viviré.
¿Quién la vive?
Supongo que quienes han aprendido que todo sucede a la vez. Que podemos levantar la vista de nuestras propias manos y mirar otras cosas, incluso mientras sufrimos o nos preocupamos o nos hiperventilamos vivas. Que a veces ese temacentrismo es un mecanismo de supervivencia. A veces, y creo que esto es algo sobre lo que ya he escrito alguna vez, nos comprometemos completamente con el miedo del día porque es más fácil gestionar ese miedo del día que gestionar los miedos grandes que cruzan la vida como un palillo cruza las aceitunas de una gilda: atravesadas, estamos atravesadas por un montón de movidas que tenemos que recorrer poco a poco y con cuidado y entendiendo sus contaminaciones cruzadas y sus comunicaciones pero lo cierto es que, no sé si solo por esta cuestión de supervivencia o si también por una cuestión de educación, nos come el gestionar uno a uno en filita y mientras esto aléjame de eso y mientras estoy mal aléjate de mí porque entonces no tengo capacidad para nada.
Esto me interesa mucho. No solo lo que tenemos que aprender sobre el sufrimiento. También lo que el sufrimiento nos hace pensar sobre nosotras mismas. Como si sufrir no pudiera coexistir con apreciar las cosas, o con estar con les otres, o con encontrar algunas respuestas mientras otras preguntas nos provocan la migraña de nuestras vidas. Creo que lo más doloroso de las cosas malas es que amenazan las buenas. O sea, si tememos la destrucción es porque apreciamos lo que podría ser destruido, y si nos duele la violencia es porque sabemos que un mundo sin ella es posible y sobre todo lo más deseable que podemos desear. Si nos abruma la injusticia, es, claro, porque valoramos la justicia, y así todo el rato, reverso, si odiamos pensar en la muerte es porque queremos estar vivas y tenemos cosas por las que vivir y tal y cual. Esto es algo que he tenido que aprender, aprender de verdad y no solo como idea racional dándome vueltas y yo repitiéndola como un lorito para creérmela, para no perder la esperanza frente a todo lo horrible que está pasando ahora mismo en este mundo que habitamos.
Y duele, claro, porque significa admitir que las cosas buenas son frágiles, susceptibles de un daño enorme, pero también, creo, pone los pies en la tierra, nos devuelve la agencia y las ganas de protegerlas, nos devuelve la consciencia de que tenemos que actuar ante el dolor de les otres y nos saca de nuestro propio ensimismamiento: no solo hay más que nuestro sufrimiento, es que nuestro sufrimiento tiene sentido y duele porque existe en un escenario complejo y enorme en el que todo está enredado y del que somos parte. Por eso, creo que, ante el abrumamiento propio, ante esa necesidad de quedarnos encerradas en nuestra propia barriga encogidas hasta ser solo un suspirito, lo mejor, aunque el cuerpo no nos lo pida, o porque el cuerpo no nos lo pide, es aferrarnos a les otres y comunicarnos de la forma más honesta y sabernos piezas importantes que sí pueden significar algo. Somos parte de otras vidas, somos parte de la colectividad, somos parte del discurso, somos parte de todo eso que a la vez pica pica.
Y no me estoy refiriendo a que nuestra propia animalidad sea mala. Qué va. Cuánto tenemos que aprender de los animales. Me refiero a que tal vez una cosa humana muy bonita es esa capacidad de leernos a nosotres mismes, darle significado a nuestra propia maraña mental, y aprender a leernos, a llevarnos, a sufrir juntes y mezcladamente en vez de por separado y en orden, puede hacer que lo complejo de ser humanes se vuelva un poco más suavito.
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