Opinión | Aula sin muros
Paco Javier Pérez Montes de Oca
El estigma de ser pobres

Los países pobres tienen riesgo de desigualdades / Agencias
Se calcula que 2.500 millones de personas, en todo el mundo, se encuentran en el umbral de la pobreza donde crece, cada vez más, la brecha salarial. Contrasta con estadísticas manejadas por economistas mundiales que hablan de que 400 familias europeas y americanas poseen más dinero y patrimonio que 800 millones de seres humanos del planeta. Aplicable a comunidades autónomas del Estado español donde se estima que, entre 30 y 32 hombres o mujeres, con su patrimonio, múltiples cuentas bancarias y muchas de las veces su desahogado tren de vida, son más ricos que el resto de la población. La Red Europea de lucha contra la pobreza y la exclusión social coloca a las Canarias en el punto de mira de la pobreza de las regiones de Occidente con más de 300.000 las personas que se encuentran en el umbral de ser consideradas como pobres. Entre un 12 y 14% de la población total de las islas que no es, necesariamente, la que hace cola en los bancos de alimentos, Cáritas o la Cruz Roja, porque afecta a personas con trabajo precario, con hijos a cargo o jubilados cuya pensión no alcanza para ayudar a hijos o nietos en situación de desempleo crónico. Cuestión que aumenta, en la actualidad, con la crisis de la vivienda porque tener o no tener un lugar donde cocinar, dormir, criar a los hijos o sentarse a conversar afecta a la identidad personal y familiar relacionada con el sentimiento de territorialidad. El escritor José Saramago en su obra de La muerte de Ricardo Reis escribe: «la ostentación es un insulto a los pobres». Pareciera que se cumple lo que escribió el autor sueco Norberg, en referencia a los miles de pobres que pululaban por las calles de Londres, en el siglo XVIII, cuando escribió que «si te podías permitir comprar un pan para sobrevivir otro día, no eras pobre». Representantes de entidades sin ánimo de lucro, profesionales, periodistas y tertulianos con piel empática, incluidos políticos cómodamente instalados en sus puertas giratorias, «de boquilla», claman contra la crónica desigualdad. Ni caso. Una quimera en un mundo de aquí cerca, en el que cada vez los muy ricos son más ricos y los pobres más pobres. Un experimento realizado por psicólogos sociales, en Estados Unidos, demostró que la pobreza ambiental comienza desde que se es chico. Se mostró a varios grupos de niños, en edad escolar, monedas diferentes y que luego recordaran y expresaran su valía. Los más pobres emitieron una valoración superior al que realmente tenían en el mercado dinerario. Otras investigaciones demuestran que lo que marca, lesiona la integridad emocional y moral de los niños no es el hecho objetivo de pertenecer a la clase de los desheredados de la fortuna sino el sentimiento excluyente de sentirse pobres. Educarse en un ambiente de pobreza, exclusión social e inseguridad reduce el cociente intelectual cuyas consecuencias pueden ser irreversibles. Cuanto menor es el estatus socioeconómico del niño más alto es el nivel promedio de cortisol y más reactiva es la respuesta al estrés. Es un gradiente de salud mental extendido independientemente de edad, raza o procedencia haya o no servicios sanitarios o sociales en su comunidad. Y lo peor: las trazas de ese sentimiento se arrastran hasta la vida adulta. Es por lo que el mito de «pobre, pero feliz» es falso. La pobreza provoca más trastornos depresivos severos, ansiedad y suicidios. Además, desarrollarse en un estatus socioeconómico bajo supone que sea mucho más probable tener una mala salud de adulto. Los pobres se exponen, de por vida, a más factores de riesgo para la salud y tener menos factores de protección. El propósito de la buena política lo propone Víctor Hugo en Los miserables, consiste en «limitar la pobreza, sin limitar la riqueza, crear vastos campos de actividad pública y popular, tener como Briareo (gigante de la mitología griega con cien brazos y cincuenta cabezas) cien manos que tender por todas partes a los débiles y a los oprimidos (…) abrir escuelas a todas las aptitudes, y laboratorios a todas las inteligencias, aumentar el salario, disminuir el trabajo„ equilibrar el deber y el haber, es decir proporcionar el goce al esfuerzo, y la saciedad a la necesidad (…) que los corazones egoístas lo sepan, la primera de las necesidades políticas». Una infancia en abandono crónico propicia la hipocondría, produce reiterados miedos de muerte. Temor a un mundo hostil, veces, otras de sí mismo, «un pánico atávico al caos dentro de su propio pecho» que escribió Dostoievski que nació en un asilo y sufrió, hasta la muerte, las trazas de la pobreza. Y Aristóteles le imprimió su criterio de polis cuando dijo que la democracia debería ser el gobierno de los pobres y que un sistema político en manos de solo los ricos no es una democracia sino una oligarquía. n
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