Opinión
The Winner Takes It All
En el banquillo de los acusados el novio de Ayuso se quejaba estos días porque el fiscal general lo ha convertido en el delincuente confeso de España.

Alberto González Amador, novio de la presidenta madrileña, Isabel Díaz Ayuso, declara en el juicio contra el fiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz, en el Tribunal Supremo. / EUROPA PRESS
Vivimos esta semana ocho días de oro en el Partido Popular, estamos de suerte. Cualquiera interesado en construir personajes mezquinos para sus proyectos literarios o cinematográficos no tiene más que estar al corriente de la actualidad política y de las noticias. No por nada la realidad es mi ficción favorita. «Ya no puedo más» anunciaba Carlos Mazón el lunes pasado durante la comparecencia que convocó para presentar su dimisión. No he consultado con ningún abogado por lo que no estoy segura de poder expresar mi opinión honesta sobre esta persona, me conformo con pensar que, si no se somete al juicio de los hombres, tarde o temprano será juzgado en otro plano. Siempre tuve curiosidad -la sigo teniendo- sobre la comunicación política. Me interesa mucho cómo influye en la percepción pública y cómo modela el comportamiento electoral, creo que resulta fascinante ser testigo de la manera en la que una persona a la que tantísimas familias señalan como culpable principal de su tragedia se presenta ante los medios de comunicación como una víctima de las circunstancias. Pienso entonces en el testimonio de Verónica Vicent, una policía local que intentó salvar a una niña que se ahogaba en la riada. «La pequeña cayó al agua y aunque se le indicó que intentara cogerse a algo y que flotara, la corriente era mucho más fuerte. Me hizo caso hasta el último momento. Su mirada me acompaña cada noche y cada mañana al despertar». Sus palabras me conmovieron tanto que tuve que salir del trabajo un momento para poder llorar sin que me viera nadie. La sala de reuniones en la que me escondí estaba reservada por otro equipo, apenas me dio tiempo para limpiarme bien la cara. Sin embargo, quien dice ya no poder más es Mazón. Quizá existan dos tipos de perfiles que triunfan en política: quienes se dedican a ella por su humanidad y quienes lo hacen por su ausencia.
En el banquillo de los acusados el novio de Ayuso se quejaba estos días porque el fiscal general lo ha convertido en el delincuente confeso de España. Me temo que no está al día de lo que sucede en este país. Si siguiera las noticias sabría que si de algo está plagada España es de empresarios supuestamente sospechosos de supuestamente falsificar facturas, como supuestamente es su caso. Así, concluía que o se iba de España o se suicidaba por el destrozo personal. Todo este proceso le ha causado tanto daño que casi se ha olvidado de las comisiones millonarias con las que se enriqueció vendiendo mascarillas a proveedores de administración pública durante los meses más duros de la pandemia. Ah, al pueblo solo lo llora el pueblo. El presidente del tribunal le respondió «No le recomiendo ninguna de las dos cosas». Me hizo bastante gracia. Al novio de Ayuso no le gusta que se refieran a él por ese apelativo, preferiría que cuando se hablase de él se usara su nombre propio. Alberto González Amador. Se quejaba estos días de que en los correos y mensajes estudiados para el caso en su contra se refieren a él así, «novio de Ayuso» o «pareja de la presidenta de la Comunidad de Madrid». La etiqueta lo reduce y lo priva de su identidad, es un satélite fuera de órbita. Puede que tenga razón, aunque no deja de ser curioso que alguien tan cercano al poder y acostumbrado a beneficiarse del sintagma nominal «de Ayuso» descubra ahora lo incómodo que resulta vivir bajo la sombra de otra persona. Tal vez por eso la incomodidad le suene tan nueva, hasta hace poco esa sombra lo protegía.
En otras salas de poder, mientras tanto, la realidad parlamentaria sigue como de costumbre. Pillaron el martes a Javier Arenas -senador del PP en Andalucía- dando un par de caladas de su vapeador en el Senado mientras la ministra de Sanidad, Mónica García, intervenía a preguntas del pleno de la Cámara Alta durante la sesión de control al Gobierno. Cuando se supo cazado por las cámaras, Arenas miró las pantallas del Senado, donde se puede ver la transmisión en directo de las intervenciones en la Cámara, guardó de forma disimulada el vapeador en su chaqueta. No nos enfadamos cuando pillaron a Celia Villalobos jugando al Candy Crush en su tablet durante el debate sobre Estado de la Nación, ¿por qué nos iba a molestar que Arenas fume en un espacio cerrado mientras ejerce su función pública? Estoy convencida de que se ríen de nosotros todos los días.
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