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Opinión | RETIRO LO ESCRITO

No olvidar a los saharauis

Canarias debe y puede mantener su solidaridad con el pueblo saharaui en los próximos años. Debe y puede mantener y aumentar su cooperación económica y cultural y ser la voz de los más de 400.000 saharauis que viven en Marruecos, en los campamentos del desierto argelino, en el interior de Mauritania

Archivo - Imagen de archivo de saharauis manifestándose en Madrid en contra de la postura del Gobierno español sobre el Sáhara Occidental

Archivo - Imagen de archivo de saharauis manifestándose en Madrid en contra de la postura del Gobierno español sobre el Sáhara Occidental / Europa Press/Contacto/Fer Capdepon Arroyo

Una de las sorpresas adacadabrantes del Gobierno sanchista ocurrió a principios de 2022, cuando Pedro Sánchez decidió a espaldas del Parlamento, de sus socios políticos, de su partido y de su propio gabinete que a partir de ese momento España apoyaría a Marruecos en sus pretensiones sobre el Sáhara, es decir, avalaría ese embeleco de régimen autonómico que se centra más en fortalecer la vinculación política y económica del territorio con Rabat que en garantizar ningún derecho a los saharauis. El presidente no ofreció ninguna explicación de este giro brutal en la política exterior española.

En marzo se presentó en el Congreso de los Diputados para confirmar el cambio, no para explicar sus razones. La oposición lo criticó mucho, pero todavía más lo hicieron sus aliados. Los sanchistas, en cambio, le hicieron la ola – más bien un maremoto -- al Amado Líder. En Canarias siempre ha fluido una corriente de simpatía y muchas veces solidaridad hacia el Sáhara, a la izquierda pero también a la derecha, sin duda reforzada por una justificada desconfianza frente a Marruecos y sus apetitos expansionistas.

Cuando en la Cámara regional arreció el malestar sobre el asunto Ángel Víctor Torres, no lo creerán ustedes, mintió. Dijo que el volantazo beneficiaría a todos, incluso a los saharauis, pero insistió especialmente en que Sánchez ofrecería explicaciones detalladas muy pronto. Incluso se comprometió a traer a Canarias al jefe del Gobierno para satisfacer informativamente a todos. Una promesa ligeramente alucinatoria en boca de un presidente autonómico. No ocurrió jamás, por supuesto.

Pocos recuerdan ya la carta que envió Sánchez al rey Mohamed VI donde le trasladaba que su propuesta de autonomía constituía la base «más seria, creíble y realista para la resolución de este conflicto». Le emocionada misiva fue filtrada casi inmediatamente a la prensa marroquí y publicada cuatro días después. Por supuesto, se escribió y firmó para ser filtrada y publicada porque así lo exigió el monarca marroquí. Los cambios diplomáticos –especialmente los de naturaleza estratégica-- no se comunican a través de cartas de folio y medio.

El presidente del Gobierno español se alineó obedientemente con Estados Unidos y lo hizo hurtando cualquier debate público y contradiciendo el programa electoral del PSOE. Fue (es) una decisión mucho más trascendente para los intereses geoestratégicos y económicos españoles que vender o no vender armas a Israel. Por cierto: Israel es un sólido aliado de Marruecos. Pero la izquierda, después de algunos bufidos, no ha vuelto a decir una palabra.

La situación de los saharauis es desesperada. Marruecos avanza a toda velocidad (ahora con el amparo del Consejo de Seguridad de la ONU) hacia su objetivo de controlar todo el territorio del Sáhara y absorber a los saharauis y diluir su identidad nacional. El Gobierno de Sánchez incluso torpedea las propuestas de conceder la ciudadanía española a los saharauis nacidos antes de 1976 -- cuando el territorio era provincia española – y a sus hijos. Al pueblo saharaui, ni agua, ni atención, ni un gesto de empatía. Para Sánchez esa solidaridad no alimenta un buen marketing político. Otra cosa es otorgar la nacionalidad a un puñado de abueletes descendientes de los brigadistas internacional que lucharon en la guerra civil: no tiene costo ni económico ni político.

Canarias debe y puede mantener su solidaridad con el pueblo saharaui en los próximos años. Debe y puede mantener y aumentar su cooperación económica y cultural y ser la voz de los más de 400.000 saharauis que viven en Marruecos, en los campamentos del desierto argelino, en el interior de Mauritania. El silencio suele ser malinterpretado por los sinvergüenzas, los bravucones, los despiadados. Al déspota marroquí y su régimen agusanado debe quedarle claro que la connivencia con Mohamed VI no es universal y que los saharauis siguen teniendo amigos. Sánchez no está entre ellos.

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