Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | En el vagón de cola

José Luis Correa

Hood Robin

Imagen de archivo del alcalde electo de la ciudad de Nueva York, Zohran Mamdani

Imagen de archivo del alcalde electo de la ciudad de Nueva York, Zohran Mamdani / Europa Press/Contacto/Liri Agami

Cuando ya consideraba una quimera que algo pudiera sorprenderme (uno lleva algún tiempo curado de espanto), me he sorprendido a mí mismo alegrándome de la victoria de Zohran Mamdani en las elecciones a la alcaldía de Nueva York. Y me sorprende porque vivo en una ciudad que ya arrastra sus propios problemas: a la falta de limpieza y de civismo (le he afeado a la alcaldesa la notoria suciedad de Las Palmas, pero no es ella la que se deja atrás la mierda de sus perros, ni atiborra de latas de cerveza las papeleras, ni olvida los condones usados en la playa) se le unen el exceso de miseria, los ruidos, las palomas, el tráfico. Y, sin embargo, yo vengo a emocionarme por lo sucedido en una ciudad a la que solo me une, aunque de un modo entusiasta, un viaje de cuatro días hace veinte años, una canción de Sinatra y el cine que me ha hecho feliz desde que tengo memoria. Y soy dichoso por el éxito de un tipo, el tal Mamdani, al que ni siquiera soy capaz de ponerle cara. Pero me he alegrado porque me encanta, como solía decir el coronel Hannibal Smith en El equipo A, que los planes salgan bien, lo que equivale a decir que no siempre, carajo, ganen los mismos. Si en la ficción me pongo del lado del perdedor, ¿cómo no iba a actuar igual en la vida? ¿No imita, acaso, la ficción a la vida? La cosa es que me he alegrado sin saber por qué, lo que me ocurre últimamente con frecuencia. Tal vez porque el nuevo alcalde le ganó a alguien (también ignoro a quién y vaya si me importa) de la banda de Trump, un presidente que ha empobrecido a la clase media trabajadora de su país mientras él, dicen los que de esto saben, ha duplicado su fortuna. En España, dicen los que saben de esto, más de la mitad de la riqueza está en manos de menos de treinta octogenarios. Como Trump. Y aún hay quien se extraña de que la gente esté cabreada como un macho con la política y los gobiernos. Vivimos en un Bosque de Sherwood patas arriba. Lo sigue gobernando el malvado sheriff de Nottingham, pero el protagonista no es Robin Hood sino Hood Robin, un tipo que le roba a los pobres para engordar las arcas de los ricos. Ya. Lo sé. Se me escurrió la demagogia entre los dedos mientras tecleaba. Quizá. Pero no olviden que «demagogia», dice la RAE, que es también la que sabe de esto, es una «degeneración de la democracia, consistente en que los políticos, mediante concesiones y halagos a los sentimientos elementales de los ciudadanos, tratan de conseguir o mantener el poder». ¿Les suena? Pues eso.

Tracking Pixel Contents