Opinión | A punto de vista
Juanjo Pérez Estévez
Perdón

Claudia Sheinbaum, presidenta de México. / Europa Press/Contacto/Luis Barron
Las disculpas, o más bien el reconocimiento de las barrabasadas ejercidas durante la conquista de América por parte del imperio español, han reavivado la polémica y el debate acerca de la pertinencia o significado de estos gestos entre diferentes naciones. Esto sucede especialmente entre antiguos imperios y colonias, países viejos y nuevos con un pasado común de relación asimétrica. Lo normal es encontrar el conflicto en las relaciones norte-sur, es decir, entre el llamado primer mundo y el tercero. El debate es por un lado político o ideológico en esta lo prioritario es estigmatizar cualquier posible consenso), y a la vez científico entre historiadores. Puede ser tan obvio asumir que uno no tiene la culpa por las barbaridades que cometieron sus supuestos antepasados, cómo ser capaz de reconocer como injusticia, delito o bestialidad el daño real que se produjo durante las conquistas y colonizaciones sobre los pueblos indígenas de cualquiera parte.
El ejercicio que varios dirigentes europeos han emprendido estos últimos años para el reconocimiento del daño causado, es una forma de normalizar la humildad y la empatía como algo compatible con el orgullo. Sentirlo como una humillación propia desde ese pseudo patriotismo basado en entender que uno siempre hace todo bien, es tan infantil como poco productivo en las relaciones internacionales. Mayoritariamente son las ideologías más conservadoras de las antiguas latitudes quienes realzan el orgullo nacional a través de elegir ver a sus antiguos imperios como algo de lo que enorgullecerse sin reservas, pero en el fondo es algo más complejo y que nos atraviesa. Seguro que en toda esa gigantesca historia pueden encontrarse ventajas, aspectos loables o simplemente claves que nos ayudan a entender el mundo en el que vivimos hoy día. Pero negar el daño obvio que historiográficamente está tan documentado como consensuado tiene sobre todo un peligro desde la irresponsabilidad: si negamos lo que hemos hecho mal como pueblo, nación o cultura, ¿qué impide que lo volvamos a hacer?, ¿cómo podemos condenar que alguien haga algo similar a un tercero o a nosotros mismos?. La historia es la herramienta con la cual podemos aprender a ser mejores todos y todas, o al menos a caer en menos errores. No se trata de buenos y malos, sino de discernir lo que no es justo ni digno lo haga quien lo haga.
El reconocimiento del daño es una forma de perdón, limitada o parcial, pero que ayuda a generar empatía entre pueblos y personas. A la vez es una forma clara de combatir el racismo, porque también es más que obvio que nos cuesta más aún pedir perdón al “otro”, al extraño o al diferente. Confrontar esos nacionalismos que equiparan el perdón a la humillación o la debilidad, es también una verdadera forma de patriotismo, desde luego bastante más responsable y valiente. Casi todas las grandes religiones dan un lugar central al perdón en sus corolarios. Cuestión diferente es su praxis en la medida en que esas mismas religiones están atravesadas por intereses políticos y sobre todo económicos. Si, dado el tiempo transcurrido ya en España, aún no somos capaces de naturalizar que nuestro pasado puede contener por igual hazañas y atrocidades, miremos al menos como otros países (desde ideologías diversas) han avanzado en construir su futuro a partir del consenso en el perdón. Por ejemplo, Bélgica reconoció el genocidio pepetrado por Leopoldo II en el ‘Estado Libre’ del Congo. Algo similar hizo Países Bajos hace pocos años respecto a sus antiguas colonias. Aunque se llegue tarde, aunque no se pida explícitamente perdón por miedo a que los tuyos te den la espalda, y aunque no nos toque porque no ejercimos nosotros ese daño, entendamos al menos la valía que tiene como instrumento preventivo reconocer o condenar aquello que no debe repetirse.
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