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Opinión | El lápiz de la luna

Los seres inhumanos que somos

Varias víctimas de pederastia, en el Congreso ante el debate sobre la imprescriptibilidad

Varias víctimas de pederastia, en el Congreso ante el debate sobre la imprescriptibilidad / Eduardo Parra / Europa Press

No me gusta el mundo en el que vivo. No me gusta la mayoría de la gente que habita en él y cada vez fantaseo más con irme a vivir a la montaña donde no me encuentren ni los lagartos. Han pasado cinco años desde que nos confinaron. Un lustro de los aplausos en los balcones (ahora se los daría a más de uno en la cara), del Resistiré que cantamos hasta el aburrimiento y de lo más gracioso de todo «De esta saldremos mejores». Sí, mejormente peor. Lo sé, sintácticamente me acabo de marcar un Rajoy, pero creo que vamos camino de mejorar la maldad, si no lo hemos hecho ya. Hace una semana saltó a la luz la operación Íncubo en la que rescataron a treinta y cuatro menores tuteladas de una red de explotación sexual infantil. No es la primera vez que esto ocurre, quizá el Cabildo o el Gobierno, quien quiera que gestione esos centros de menores, deberían dejar de mirarse los bolsillos y velar por los niños y las niñas que tienen que proteger. Lo dicho. El líder de la manada era nuestro conocido Yino, el que también estuvo detrás del caso 18 Lovas en el que también se abusaba de niñas tuteladas. ¡Vaya por Dios!, ni el tal Yino ni las Administraciones aprendieron la lección. Yino, que ahora mismo no sé si será Yino o Yina, ya que inició los trámites para cambiar de sexo y así, si era detenido, que lo enviaran al módulo de mujeres y poder agredirlas sexualmente (todo esto dicho por él), era el encargado de captar a las niñas (además de violarlas) para otros peces más gordos que deben permanecer en la sombra y que, si por casualidad salen a la luz, con decir que creían que eran mayores de edad se salvan de cualquier condena. Ya ven ustedes, se puede ser muy listo para edificar media isla, pero luego eres ignorante para calcular la edad de esa niña que se mete contigo en el jacuzzi y no precisamente porque seas su tipo. Seguimos. En este nuevo caso de pederastia, llamemos a las cosas por su nombre, se habla de prácticas como el sado con menores, la zoofilia, la coprofilia, las orgías y el uso de drogas. No voy a dejar por escrito lo que le haría a esta gente, que ya van trece investigados, doce hombres y una mujer, pero son libres de dejar volar su imaginación. Esa misma semana nos hicimos eco de que Shein vendía muñecas sexuales con aspecto infantil catalogadas como producto pornográfico. Las muñecas eran niñas de apenas tres años abrazadas a su osito de peluche. Yo por más que lo intento no consigo entender por qué coño vendían esas muñecas. ¿De verdad nadie de la empresa pensó por un momento que ofrecer una muñeca sexual con aspecto de niña, muy niña, era tan perverso como sentir la mínima atracción sexual hacia un menor? Y si el problema está en la oferta y la demanda, vale más que venga Dios y me lleve porque no tengo energía, ni fuerza, ni ganas de continuar formando parte de esta infección llamada sociedad. Me enfada mucho cuando la gente dice «es que son enfermos». Son malos. No confundamos la enfermedad con la maldad. No todos los pedófilos (la pedofilia sí es una parafilia recogida dentro del DMS-V) llevan a cabo sus inclinaciones o deseos sexuales hacia los niños. Los pederastas sí y están entre nosotros y pasan desapercibidos y la mayoría de las veces tienen poder social y económico. Hace una semana que se publicó todo esto que les cuento y ya no se ha vuelto a hablar del tema. Por favor, relean este artículo cuando la inercia de la vida les arrastre y no nos olvidemos de lo que le han hecho a esas niñas y a muchos otros niños del mundo, pero que no llegamos nunca a enterarnos. Cada vez que un adulto mira para otro lado, la infancia se corrompe y nosotros somos los culpables.

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