Opinión
Javier Marrero
Campamento de Tamadaba: la memoria abandonada de un espacio que educó en libertad
El pinar se convirtió en un valioso entorno pedagógico, y el campamento, en punto de encuentro para jóvenes de todas la islas.

Fuente del campamento. / JM
Por las laderas del pinar de Tamadaba, en el corazón de Gran Canaria, se levanta o más bien resiste, el esqueleto del antiguo campamento juvenil que durante décadas fue espacio de aprendizaje, convivencia y naturaleza. Hoy, entre muros derruidos y ecos de canciones, el lugar aguarda una recuperación tantas veces prometida y tantas veces aplazada.
El campamento de Tamadaba vivió sus primeros años bajo el control de la Organización Juvenil Española (OJE), heredera directa del Frente de Juventudes. En aquellos tiempos solo acampaban niños, bajo la mirada de instructores que combinaban el deporte y la disciplina con un adoctrinamiento ideológico propio de la dictadura. Con la llegada de la Transición, aquella estructura se maquilló de “democrática”, pero mantuvo durante años el espíritu autoritario que la había fundado.

Viejos edificios en las instalaciones del Campamento de Tamadaba / JM
Viejo mástil
Sin embargo, tras la caída del viejo mástil donde ondeó el águila franquista y otras banderas afines, Tamadaba comenzó a transformarse. El espacio se abrió entonces a nuevas generaciones que encontraron en la naturaleza un aula sin paredes, un lugar para la educación, la convivencia y el respeto ambiental. El pinar se convirtió en un valioso entorno pedagógico, y el campamento, en punto de encuentro para jóvenes de todas las islas.
Poco a poco, las instalaciones se han deteriorado, víctimas del olvido y la desidia institucional
La llegada de la autonomía trajo consigo una serie de transferencias administrativas que acabaron afectando a su gestión. Las instalaciones, que habían pertenecido al Frente de Juventudes, pasaron a depender de los programas de Juventud del Gobierno de Canarias, en lugar de Medio Ambiente, como habría sido lógico dada su ubicación dentro del parque natural. Desde entonces, las competencias y responsabilidades han ido diluyéndose entre administraciones.
Año Internacional
A finales de los años ochenta, tras celebrarse en 1985 el llamado Año Internacional de la Juventud, al que el movimiento punk respondió con ironía en su canción “Estamos de moda, es el año de la juventud, mucha tela y poca cola”, el campamento entró en una larga etapa de abandono. En su última época activa acogió cursos de monitores, actividades de asociaciones juveniles, y campamentos inclusivos donde personas en silla de ruedas podían disfrutar de sus senderos y su famosa piscina de “pinocha flotante”, adelantándose a la accesibilidad que años después sería exigida por ley.
Hoy, Tamadaba sigue cerrado y silencioso, preparándose para otro invierno de abandono
Scouts, asociaciones vecinales, Cruz Roja de la Juventud y numerosos colectivos sociales compartieron experiencias bajo la mirada vigilante de Nicanor, el guardián casi eterno del campamento. Pero poco a poco, las instalaciones se deterioraron, víctimas del olvido y la desidia institucional.

Capilla rodeada de pinos. / JM
Cada nueva legislatura, una nueva promesa: presupuestos para su recuperación, proyectos anunciados con entusiasmo, y visitas oficiales que se desvanecen tras las campañas electorales. En uno de los últimos episodios, el pasado año, un representante del Cabildo se grabó en vídeo prometiendo la rehabilitación del campamento. Hoy, Tamadaba sigue cerrado y silencioso, preparándose para otro invierno de abandono, justo cuando debería estar en plena fase de mantenimiento para acoger las actividades de primavera y verano.
Un recordatorio
Las ruinas del campamento parecen resonar con los ecos de miles de voces jóvenes que un día cantaron al despedirse:
“Tamadaba, Tamadaba, despedirme no quisiera, porque no encuentro manera…”
Quizá esas voces sean ahora un recordatorio de lo que este espacio significó y aún podría significar, para la juventud canaria: un lugar donde aprender de la tierra, convivir sin jerarquías y celebrar la libertad.
Ojalá estas palabras sirvan para que, algún día, renazca el campamento de Tamadaba.
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