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Opinión | Tropezones

¿Niño o niña?

¿Niño o niña?

¿Niño o niña? / La Provincia

Aventuré el jueves pasado una comparativa sobre fortalezas y debilidades de dos de los idiomas universales, el inglés y el español. Y me atreví a poner en el debe del español cierto matiz machista al incluir como genérico el término “niño”. O sea que cuando decimos “los niños” el masculino ha de entenderse como genérico, incluyendo a niños y niñas.

A mí me parece obvio que estamos ante un agravio que invisibiliza a las niñas y las coloca en un plano de inferioridad. Existen estudios sobre las secuelas psicológicas de esta norma en la mujer. Y eso por mucho que la costumbre y el uso continuado acabe convirtiendo en natural el uso del genérico inclusivo, obligando a las mujeres a adoptar esos “ojos masculinos” que aprenden a descontar la carga sexual de ciertas palabras masculinas, emasculadas a fuer de ser utilizadas como genéricas.

Pero más de un lector se ha sentido ofendido por el adjetivo “machista” que entiende como un desdoro y un ataque injusto al idioma español. E incluso alguno ha llegado a acusarme, medio en serio medio en broma, de falta de objetividad rozando la prevaricación debido a mi situación personal, ser padre de tres hijas.

Pues bien. Sin que sirva de precedente voy a entonar un mea culpa, pero no por advertir del daño colateral de este genérico inclusivo, sino por el calificativo machista propuesto. Porque podría dar a entender una voluntad premeditada del lenguaje de ningunear a la mujer. Vamos, que lo que procedía era posiblemente un término menos ofensivo, tal vez una denominación más académica, ¿“androcéntrico” verbigracia ?

Porque como bien apuntaba mi lingüista amiga Ascensión Cuesta, traductora en el Banco Europeo de Inversiones y premio Stendhal de traducción, no hay en el uso del genérico voluntad de ofender. De hecho ya los romanos en el latín, antepasado del español, hacían extensivo al término “pueri”, niños, el sentido de “niños y niñas” o al de “homines”, hombres, el de “humanos”, sin distinción de sexo. Y ello en aras de unos principios de economía lingüística comunes a muchas lenguas.

Y en lo que también coincidíamos plenamente era el error, como está ocurriendo en más de un país, de intentar adaptar la estructura del idioma a una determinada situación social. Si en España sufrimos las exageraciones del lenguaje inclusivo, a merced de los vaivenes ideológicos del momento, me imagino lo quemada que ha llegado a estar mi traductora tras varios años batallando con la traducción en las instituciones europeas.

Y como se lamentaba mi amiga, más les valdría a aquellos que proponen desdoblamientos del tipo “trabajadores y trabajadoras” dedicar su energía a defender la igualdad real entre hombres y mujeres.

Y como apuntaba certeramente también, muchas veces la lengua y la tradición no tienen por que casar con la realidad social. No se puede decir por ejemplo que en la España de los años 50 y 60 fuéramos menos machistas que en Inglaterra por el hecho de no perder las mujeres su apellido al casarse.

Porque la cruda realidad era que en nuestro país las mujeres no podían ni trabajar, ni tener una cuenta en el banco ni disponer de una casa heredada….sin la firma de su marido.

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