Opinión | Isla martinica
Bienvenido Sarkozy

Nicolas Sarkozy
Con la gente arremolinada frente al cadalso, el espectáculo estaba asegurado desde el principio, porque la muchedumbre iba a ser testigo de la muerte de una grande de Francia, una reina que representaba el declive y posterior caída del Antiguo Régimen. El ajusticiamiento de María Antonieta, entre otras cosas, significaba que la revolución de los pobres y desatendidos de la historia había triunfado. En el caso del expresidente de la República Francesa, Nicolás Sarkozy, se ha producido un nuevo hito histórico, consumándose una segunda revolución entre los galos, quizás ésta incluso de mayor alcance que la anterior, algo que todavía está por ver. Al entrar en prisión, fue recibido como la escuálida sombra del Napoleón que tanto echa en falta la nación de las libertades ciudadanas, y los reclusos, por su parte, llegaron a regalarle el oído dando albricias por la noticia de la llegada del hombre que juró salvar a Francia del desastre, ahora un habitante más de La Santé, la conocida cárcel de los próceres de la patria.
La expresión que abre esta columna fue la escuchada en el interior de la morada, donde retumbó como si fuera el eco del gran teatro del mundo, “ese teatro de orgullo y de error, lleno de infortunados que hablan de la felicidad”, en las sabias palabras de Voltaire, ¡quién iba a ser si no! Había ironía, un tanto de crueldad, pero lo cierto es que la población reclusa, al decir de los cronistas, bullía en sensaciones encontradas. Una parte de la masa creía entender, por fin, que la justicia se había hecho realidad y, en este sentido, revolucionaria porque alcanzaba a los ricos, a los bendecidos desde la cuna. Otra parte contemplaba, entre absorta e indiferente, la circunstancia personal del nuevo presidiario, como si el mismísimo “prisionero de Zenda”, el personaje principal de la novela homónima de Anthony Hope, tornara a la vida. En la distancia, asistimos expectantes a la gesta histórica protagonizada por la justicia republicana, en la que un grande de Francia resulta humillado por las leyes que había jurado defender y cumplir en el acto de su proclamación como presidente de la república. En cierto modo, recuerda a la postrera reflexión de un Sócrates a punto de recibir la cicuta, en recta obediencia de la sentencia que le condenaba a muerte, glosando el valor supremo de las Leyes, así con mayúsculas, conforme al tenor de la obra de Platón, Critón o el deber del ciudadano, como única vía para garantizar la convivencia entre los hombres.
Aquí, el primer ministro de un ejecutivo sumido en el fango de la corrupción mira con indisimulada preocupación lo que ocurre tras los Pirineos y teme el día, señalado en el calendario con el rojo y gualda de la enseña nacional, en el que el grito de “Bienvenido a casa” se escuche en alguna de las cárceles de España. Por el momento, son los allegados, y tan próximos como que fueron el pasaje compartido con los que recorrió la piel de toro en un pequeño turismo de marca francesa, precisamente, justo antes de las famosas Primarias del Partido Socialista, en las que fue elegido nuevo Secretario General de la formación. El navarro Santos Cerdán ya ha completado la travesía y le aguarda idéntico destino a su sucesor al frente de la Secretaría de Organización, el valenciano José Luis Ábalos, sin olvidar al siempre dispuesto Koldo García, el cortador de troncos que hizo de la intriga palaciega un modo de vida.
Mucho se ha escrito sobre el paso del Antiguo al Nuevo Régimen, de la época feudal al constitucionalismo liberal, y se han llenado miles de páginas sobre este fenómeno en España, pero sigue siendo verdad que este país sólo cambiará cuando uno de sus presidentes, y por ahora Pedro Sánchez es el candidato mejor situado, entre en prisión por los desmanes cometidos en el ejercicio de sus funciones. Uno no es que lo busque con vehemencia, ya que no le desea el mal a nadie, pero sí reconoce que una nación como la nuestra, avezada en el trampeo y el desmedido culto a la corrupción, incluso desde las mismas instituciones del Estado, ansía una catarsis colectiva como la que ahora se vive en la Francia doblemente revolucionaria. Tiempo al tiempo.
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