Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Un carrusel vacío

Las trampas y las letras

Federico García Lorca, en una imagen de época.

Federico García Lorca, en una imagen de época. / ARCHIVO

En 2027, se cumplirán cien años de la generación del 27: el grupo de poetas en el que se incluye a Federico García Lorca, Rafael Alberti, Luis Cernuda, Vicente Aleixandre, Concha Méndez… El nombre se debe a que, en 1927, varios de ellos se reunieron en Sevilla para homenajear a Góngora. Se trata de autores que comenzaron a publicar sus obras antes de la proclamación de la II República Española y que, posteriormente, fueron víctimas de la Guerra Civil: la mayoría tuvieron que exiliarse; otros vivieron el llamado «exilio interior»m. Lorca fue asesinado por los franquistas. Todos ellos, junto a otros tantos intelectuales –pintores, escultores, músicos…–, formaron lo que se conoce como la Edad de Plata de la cultura española, tal fue el florecimiento artístico, solo equiparable al del Siglo de Oro.

Pero siempre existen voces discordantes que buscan dar la nota. El otro día, leí un fragmento de una entrevista reciente en la que el entrevistado, un escritor, afirmaba categóricamente que «El 27, en general, me parece un grupo de poetas sin demasiado recorrido». Seguí leyendo. Decía que Manuel Altolaguirre, uno de los poetas de dicha generación, era «una tortura». Que, a él, de ese conjunto, le gustaban «los difíciles», los «solitarios que apenas se llevaban con los otros» . Mencionaba, entre estos, a Bergamín y a Cernuda, ignorando la gran amistad que existía, por ejemplo, entre Bergamín y Alberti, o entre Cernuda y Lorca.

Desde luego, Lorca, como ser humano, tuvo muy poco recorrido, fusilado a los treinta y ocho años por sus ideas, en su mejor momento creativo. Por suerte, su obra trascendió y ahora podemos hablar de él como uno de los poetas más importantes de toda la historia de la literatura española, por mucho que a este señor le pese. En cuanto al resto, seguramente le habrían gustado más si no se hubieran declarado abiertamente de izquierdas, dada la trayectoria del señor Andrés Trapiello, que así se llama el ideólogo. Trapiello es una de esas personas empeñadas en equiparar moralmente los dos bandos de la Guerra Civil y en criticar la Ley de Memoria Histórica y a Zapatero, de paso, a quien califica de «necio» en la misma entrevista, recurriendo a la ramplonería del insulto y la falta de respeto, en lugar de argumentar.

Hace ya tiempo, me compré un libro suyo del que había oído hablar muy bien y que trataba, precisamente, de la España de la Guerra Civil y de los autores más sobresalientes del momento. En las sinopsis que pueden hallarse por Internet, se define como «un libro de culto» y «una obra imparcial, rigurosamente documentada». Lo segundo no puede ser menos cierto, ya que el propio autor se jacta en el prólogo de no incluir referencias ni bibliografía porque no intenta «formar alumnos ni codearse con catedráticos». El resultado es una suerte de anecdotario de fuentes imprecisas envuelto en el empeño subyacente e inquietante de tratar de justificar la sublevación del 18 de julio.

No llegué a terminar el libro: me pareció una barbaridad. Desde el comienzo, arremete contra Rafael Alberti, y no solo por su poética. Lo más grave es cuando menciona un episodio ocurrido en 1992, cuando «alguien» lo acusó de firmar sentencias de muerte durante la Guerra Civil, siendo militante del Partido Comunista. Como no ofrece más datos, ni siquiera la identidad del denunciante, descubrí por mis propios medios que se trataba de Torcuato Luca de Tena Brunet, quien había participado activamente en el gobierno franquista, ocupando un puesto asignado por el propio Franco. En su ensayo Franco sí, pero… Confesiones profanas (1993) señala a Alberti como responsable de numerosas muertes, sin aportar la más mínima prueba. La publicación del libro causó gran revuelo en la época, y numerosos intelectuales se levantaron para defender a Alberti, quien aún vivía, de tales calumnias. Entre ellos, Francisco Umbral, que llegó a publicar un manifiesto.

Escribe Trapiello: «Para unos, Alberti fue testigo de muchas de aquellas muertes. Otros [..] aseguran que llegó a estampar su firma en algunas sentencias, y otros, en fin, que ‘sólo’ fue cómplice. […] En cierto modo todos tienen razón». ¿Unos y otros? ¿Dónde está el rigor de las fuentes ante acusaciones tan graves? ¿Y las famosas firmas? La defensa de la inocencia de Alberti ya se había producido cuando Trapiello sacó a la luz la primera versión de su libro, y ni siquiera la menciona. Qué casual.

Teniendo en cuenta todo esto, que tal señor infravalore a los autores del 27, a estas alturas de la historia, no debería sorprendernos. Pero sí a la reflexión sobre la gente a la que se da voz en los medios.

Tracking Pixel Contents