Opinión | Mirando despacio
Aguacates descafeinados

Aguacates. / LP/DLP
Compro cinco aguacates, me sale humo por las orejas al pagar semejante lujo nutritivo. Pasados unos días el oro verde no reluce como esperaba; maduros por fuera, verdes por dentro. Se me hace bola el refrán que tanto repetía mi abuela y compruebo una vez más el dicho que reza que las apariencias engañan…Alguno de los aguacates insalvables acaban en la basura sin remedio. Absorta y mirando al fondo del cubo mi mente intenta encontrar un nuevo aforismo…dado que sólo se me ocurren pequeños improperios, decido quedarme con el refrán original. Al dejar la bolsa en el contenedor, procuro dejar allí también mi ánimo áspero y salgo a la calle en busca de experiencias que contradigan el eco de mi querida abuela.
Desayuno en la cafetería que frecuento los sábados. Vuelan los descafeinados, los productos lights y la leche sin lactosa. Me encanta que la gente se cuide pero siento que la moda de comer ligero está más relacionada con la báscula que con la salud. Las redes sociales son enemigas de las calorías y las conversaciones lights son las preferidas por sus millones de usuarios. Se solapan los comentarios en mis oídos mientras intento disimular mi tostada con mantequilla entre las páginas del periódico. Mastico a regañadientes comentarios sin cafeína, conversaciones sin sal y alguna crítica con bastante bastante pimienta…
Salgo a la calle y el sol brilla con fuerza, el viento zarandea las ramas de los árboles del parque y algunos pájaros cantan a pulmón lleno. Todo es auténtico afuera, la naturaleza no modera su esplendor. En las plazas abarrotadas, parece que la gente se contagia de la potencia del ambiente; empiezan a circular los vermús…cargaditos, sí señor. Hora del brunch, que promete un desayuno tardío que te mantiene con energía casi hasta la noche, eso sí… has de ser un campeón y lograr zamparte toda la bandejita. Rula el alcohol en las mesas y el sábado se pinta de color de rosa y buen humor…
Continúo mi paseo un tanto mareada, no por el alcohol que no he bebido, más bien se debe a la sobredosis de postureo que inunda las calles. La abundancia de comida y bebida ha mutado el carácter de muchos, ahora se muestran felices y ya nadie cuenta calorías. Cierto es, que las relaciones sociales mejoran el bienestar físico, la autoestima y reducen el estrés, pero…¿no creen que el alcohol tiene mucho que ver?
Quedo con una amiga para comer en un lugar un tanto alejado de la zona de moda. Ambas estamos de acuerdo en que las raritas somos nosotras. Me comenta que su chico la califica como intensa. María es amable, empática, se acuesta temprano y escucha más que habla. Me cuesta digerir que María sea “intensa” simplemente porque sueñe con sus proyectos, hable de sentimientos y profundice en las conversaciones. Me voy a la RAE, me llevo a María conmigo. Según la academia una persona intensa es una persona vehemente, muy apasionada y con mucha fuerza…la RAE no especifica si esta condición debe darse antes o después de haber bebido. Felicito a María por su intensidad y pasamos la sobremesa con un ligero empacho emocional.
De camino a casa cruzamos la zona cero que hierve en pleno tardeo…el vermú ya se ha convertido en gin-tonic, las sonrisas en carcajadas e incluso las personas «descafeinadas» consiguen parlotear con cierto entusiasmo. Parece ser que la «intensidad» ha alcanzado su clímax. Pongo de nuevo el oído, las conversaciones se las lleva el aire, todos interrumpen, a nadie le importa acabar su discurso. Conversaciones de bicarbonato para paliar los efectos de una comida demasiado copiosa.
Se me atraganta este tipo de intensidad que se traduce en ruido, gentío y mesas a reventar. Me quedo con la intensidad de todas las personas que, como María, valoran los silencios y son capaces también de hablar con libertad. Aquellas que miran a los ojos y pueden escuchar el sentir del otro. Aquellas que vibran con sus propios sueños y brillan sin necesidad de aditivos o edulcorantes; simplemente no moderan su dulzor.
Llego a casa acompañada por la calma del atardecer…pienso en los aguacates. Lleno mi copa con una sonrisa, brindo por la luz de la luna y por todas aquellas personas intensas que han logrado madurar desde dentro hacia fuera y ya no les apetece rodearse de aguacates descafeinados.
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