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Opinión | Retiro lo escrito

El éxito de los ultra

Vito Quiles

Vito Quiles / Redes sociales Vito Quiles

Vito Quiles –según leo en algunos compañeros peninsulares duchos en el neofacherío– está ahora financiado por gente próxima a Alvise Pérez y a la agrupación de electores Se acabó la fiesta. Es un payaso tonto al servicio de un payado listo o tal vez sea el revés. Las ardillitas del tal Alvise le financian los vuelos, los traslados, las comidas y cenas y los guardaespaldas hormonados que lo acompañan siempre y que se dedican tanto a protegerlo como a amedrentar al público. Ayer estuvo por los alrededores de la Universidad de La Laguna que, como la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, casi lo había declarado persona non grata. Y tuvo el éxito más o menos habitual gracias a los pibitos que creen que llamando hijoputa a este mamarracho están luchando heroicamente contra el fascismo. Cuando vean un fascista de verdad no sé lo que harán estos chicos. Quiles no es una figura política ni –como dice con su maligna pedantería Pablo Iglesias– un escuadrista. Es un alborotador a sueldo y como tal necesita a los jóvenes que en Las Palmas y en La Laguna le gritan fascista y anhelan escupirle o incluso romperle el cráneo. Si no detectan tantos detractores como simpatizantes al llegar al punto de encuentro, Vito Quiles y su séquito consideran que han fracasado rotundamente.

Tal y como expliqué en una columneja hace un par de semanas sobre la gira del mamarracho ultra quedan dos estrategias: la que se sigue habitualmente –condena simbólica, denuncia de los discursos de odio, gritos insultantes e imprecaciones de grupitos de izquierda–, o la otra: confrontar con la palabra, con el humor, con la burla a un pendejo perfectamente insignificante. Estos que repiten como papagayos que a los fascistas no se les discute, sino se les destruye, deberían explicar en qué consiste una frase tan revolucionariamente glamurosa en un caso como este. Porque claro que al fascismo se le discute. Si no es así, ¿qué te diferencia del fascista? ¿Él se viste por la cabeza y tú por los pies? Cualquier izquierda respetable que recuerde entiende (entendía) que para transformar una realidad primero hay que comprenderla. Porque la muy puñetera se rebelará ante cualquier intento de ignorarla. Los cien estudiantes de izquierdas están comprometidos a entender qué significan los cien manifestantes ultraderechistas. Cuando se responde críticamente al discurso –o la parrafada– de Vito Quiles y similares no te estás dirigiendo estricta y exclusivamente a él, sino a todos los que comparten esas babas ideológicas o se sientan atraídos por un discursete cargado de miedo y resentimiento que ataca solo a la izquierda, sino a todos los valores de una democracia parlamentaria y (disculpen) liberal. Discutir con el fascismo es también deconstruirlo para todos los que se siente seducidos por su épica de canallas.

La izquierda se equivoca en la actitud que asume ante el fenómeno del auge salutífero de movimientos y facciones ultraderechistas. Y los ultraderechistas –por supuesto– tan contentos por el error. Los ciudadanos que escuchan a Vito Quiles o votan a Abascal no son idiotas. Responden a través de sus heridas –económicas, laborales, culturales, identitarias–, seleccionan sus gustos y ordenan sus preferencias. Y su asco, su ira o su escepticismo antidemocrático no está alimentado únicamente por los líderes o las estrategias proselitistas o publicitarias de Vox y similares. Lo están por unas izquierdas que repiten sistemáticamente que la prosperidad de España es la envidia de Europa, que practican una cooptación feroz de las instituciones públicas, que afirman que los jueces son una tropa hitleriana, que publicitan un nuevo puritanismo sexual mientras tienen puteros entre sus dirigentes, que pactan su continuidad en el poder con fuerzas independentistas y aun llaman a eso «hacer de la necesidad virtud», que son incapaces de conseguir sueldos decentes o promover el acceso a una vivienda digna, que se mean en la ejemplaridad moral, que niegan sistemáticamente problemas de orden público o que afirman que a la derecha –a la que votan la mitad del país– hay que reventarla. Eso no es un caldo de cultivo para los ultras. Es un cordero lechal.

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