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Arriba, arriba

Arriba, arriba / La Provincia
Tengo conocidos —creo que no soy la única persona que se relaciona con gente así— que viven en una nube muy suave, muy blanca, una nube que huele a velas caras de Diptyque, geles de mano de Aesop y muebles de tienda de diseño comprados a cuarenta plazos. Viajes al sureste asiático para desconectar, adquisiciones de coches eléctricos cuyo precio equivale a la entrada para comprar un piso de 40 metros cuadrados. Bonos anuales de clases de pilates Reformer. No deja de llamarme la atención que mantengan un ritmo de vida tan fuera de lo normal para los demás. En esa nube ahí arriba, creen sinceramente que pertenecen a una clase social superior a la que habitan en el mundo real. El del dinero. En mi fuero interno me refiero a esta condición como el síndrome del millonario imaginario. Es un fenómeno que llevo años presenciando y documentando, me genera cierto pesar y un gran conflicto. No puedo evitarlo. Diría que el problema no es la aspiración, que es muy humana, sino la ficción o la mentira sostenida en el tiempo. Pinterest e Instagram han hecho tantísimo daño que ya no está del todo claro si uno desea un estilo de vida o si simplemente quiere parecerse a alguien con un estilo de vida determinado (en este caso, muy por encima de las posibilidades del individuo). Pura trampa y cartón, el postureo ahora es identidad. Así, prolifera la gente que deambula por la vida dando imagen de una seguridad o un poder económico del que carecen, pero que interpretan como si les fuera toda la personalidad y la vida social en ello.
Desde el que se define como emprendedor, aunque su mayor aventura empresarial fue fichar por la empresa de su padre, pasando por la que presume de ser muy de invertir, pero lo único que ha comprado son las acciones de la multinacional en la que trabaja —animada por un correo corporativo—, pasando por el que habla de sus proyectos, siempre en plural, cuando en realidad se refiere a un curso online de fotografía en Domestika y otro de escritura de guiones que nunca terminó. Todos ellos, con una convicción casi de hierro, creen tener más en común con Jeff Bezos que con un reponedor de supermercado. Bezos, un hombre cuyo patrimonio basta para comprar un archipiélago entero si un domingo por la tarde se aburre y abre Google Maps. Con él es con quien conectan. Por mentalidad de tiburón, supongo, un sentimiento nebuloso de que están destinados a algo muy grande a pesar de que la realidad se empeña en recordarles que, de momento, lo único grande que les ronda es la cantidad que les queda por pagar de la hipoteca. Nada parece aterrorizarlos tanto como la pobreza a pesar de estar a dos o tres nóminas de poder perder esa misma casa. Vivir de alquiler es de perdedores. Lo aspiracional barre con la realidad, y esta disonancia se manifiesta en pequeños gestos como aparecer a tomar el aperitivo vestidos como si los fueran a fotografiar para una campaña de The Row. Cuando llega la cuenta nunca nadie los oirá ofrecerse a pagar nada. De repente no llevan efectivo, la app del banco no funciona porque no hay cobertura, o «la próxima invito yo». La próxima nunca llegará.
Es posible que el síndrome del millonario imaginario también revele algo más universal, la incomodidad con lo ordinario. Ahora que todo parece medirse en marca personal y la gente invierte tantísimo tiempo en pensar en cómo venderse a los demás, admitir que uno es muy normal y muy corriente se ha vuelto casi indecoroso. Será que no persiguen riqueza estos personajes sino un espejo donde verse más brillantes, más decisivos e inolvidables, su mejor yo fantasmal. ¿Quién no ha jugado alguna vez a ser un poco más de lo que es? Quizá por eso nunca señalo lo evidente, hay cierta ternura en no romper la burbuja: no están engañando al mundo, solo se engañan a sí mismos. Ni ellos quieren saberlo ni yo deseo contárselo. Prefieren vivir en su ático imaginario, yo los dejo. Es bonito, supongo. Tener un lugar al que subir aunque solo sea en sus cabezas.
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