Opinión | La Calle Nueva
Don Julio, Paladín, don Domingo, Salcedo, Guillermo

Guillermo García-Alcalde / La Provincia
Mi padre decía, en casa, cuando mi madre andaba despistada en la azotea: «Juanillo, no te hagas periodista, que los periodistas andan siempre con los pantalones rotos por el culo».
Ya era periodista cuando me advertía mi padre de los peligros, o de las realidades, del oficio. A veces lo volvía a decir porque no se daba cuenta mi padre de que, en efecto, tenía un hijo irremediablemente periodista.
La primera crónica de mi vida la mandé por el correo ordinario de entonces cuando nadie en casa sabía que yo había enviado al semanario Aire Libre la primera crónica de mi vida. Yo tenía trece años y escuchaba la radio de día y de noche, siempre. Con la radio aprendí a escribir y a leer, y aprendí también a distinguir lo que era noticia y lo que era comentario.
Aquella primera crónica, que versaba sobre un partido de fútbol juvenil en el Puerto de la Cruz, mi pueblo, fue leída en la calle por los chicos que, hasta ese mismo día, un lunes, cuando aparecía aquel semanario, consideraban que yo era un inútil asmático que los llamaba para aliviar el aburrimiento de los días en los que no podía ir ni a la escuela ni a la calle.
El asma marcó esos años, hasta muy tarde, pero esos tiempos de la infancia y la adolescencia los pasé generalmente en la cama o dentro de la casa.
Cuando salió esa crónica y la leyeron cerca de mi casa los chicos del barrio adquirí cierto respeto en el barrio, porque ver la firma de un compañero en un periódico les pareció a los muchachos como algo a tener en cuenta. Mi padre no se enteró, porque siempre estaba entre las sorribas y las deudas. Pero mi madre sí lo tuvo en cuenta.
En aquellos tiempos en que mi padre me advertía de que los periodistas terminaban siempre siendo pordioseros que tenían los calzos rotos por el culo, ella se las arregló para hacerse con aquel periódico y con los que yo empecé a traer a casa (El Día, La Tarde, más tarde Pueblo…). Una de aquellas tardes en que en el barrio no pasaba sino el silencio, ella me dio permiso para levantarme de la cama, donde purgaba el asma. Caminé por la casa hasta llegar al patio, que era (lo es, mis hermanas, mis sobrinos ahora así lo mantienen) una bella estancia de la parte más airada de la casa.
Allí, en el patio, a esa hora de la tarde, cuando daba sus crónicas deportivas, en Radio Club, Avelino Montesinos, mi madre se sentaba a… leer el periódico. Muchos años después he pensado que lo hacía para señalarle a mi padre, con hechos, sin palabras, que ser periodista no era un oficio desdeñable.
En aquel entonces, cuando le envié a don Julio Fernández, el director de Aire Libre, aquella primera reseña de mi vida, yo era, como decía mi madre, un fiscochico. Pero lo que don Julio escribió sobre mí, y sobre la sintaxis, marcó mi porvenir hasta hoy. Gracias a él, y a Salvador Pérez, que se firmaba (y se firma hasta hoy) Paladín, conseguí a partir de entonces que se aligeraran mis envíos.
Paladín iba a trabajar al Aire Libre los domingos por la tarde. Salía de su pueblo, La Guancha, y hacía un alto en mi casa en las estribaciones del Puerto de la Cruz para recoger mi crónica semanal de lo que fuera. A veces era fútbol, muchas veces era literatura, que entonces empezó a ser parte de Aire Libre y también de mis pasiones.
Salvador Pérez Paladín fue un inolvidable benefactor de aquel muchacho que yo fui, como lo fue don Julio, como lo sería después don Domingo Pérez Minik, como lo fue también don Ernesto Salcedo (el director de El Día en los años en que estuve en la plantilla de este diario), y como lo fueron Alfonso García-Ramos en La Tarde (y en la vida), Elfidio Alonso o Guillermo García-Alcalde…
García-Alcalde, inolvidable músico, amigo entrañable de medio mundo, de la música, del periodismo, alto cargo casi toda su vida de los periódicos de Prensa Ibérica, resultó ser, además, un compañero periodístico sin tacha, alguien que te ayudaba a no romper el equilibro al que nos convoca el oficio. Enseñaba a saber antes de saltar a la yugular de lo que ocurre, y como escritor de periódicos nos enseñó a los que estuviéramos aprendiendo que solo la comprobación de las noticias hacía válidas las informaciones.
Fue un enorme maestro, el último maestro quizá entre todos los que tuve, en Canarias y en Madrid, las dos capitales de mi pasión por un oficio que muchas veces me ha hecho caminar con los calzones rotos por el culo pero que siempre he cuidado que fuera consecuencia de las enseñanzas de este grupo de personas que acabo de citar.
En el caso de Guillermo García-Alcalde, la suya fue una enseñanza universal, desde la primera vez que lo vi, siendo él un muchacho, en la redacción de LA PROVINCIA… Lo recuerdo nítidamente allí, escuchando y explicando, cuando fui a cobrar allí el primer sueldo de mi vida, y en Tenerife, escuchando y riendo, en medio de un grupo de periodistas, o literatos, que sabían menos que él pero que fungían como si fueran sabios.
Siempre me ha sorprendido, en los últimos tiempos, que un hombre como Guillermo, con su bagaje cultural, con su impar ciudadanía, con su capacidad para juntar y para mejorar la esencia de la tierra en la que se afincó, no tuviera, no tenga todavía, la relevancia pública que mereció y que merece.
Generó en quienes lo conocimos, y mucho más allá, respeto al oficio, y respeto también al mundo al que los periodistas servimos, y tras él ha venido un vacío que sólo se podría rellenar rindiendo tributo a lo que él supuso en el pasado pero que hoy, un tiempo tan falto de maestros, sería una lección civil que mejor el más importante de los oficios volátiles, pero imprescindibles, que hay en la vida y en el mundo.
Mi madre y mi padre tenían ideas distintas de lo que era el oficio. Es curioso: ella terminó conociendo a casi todos mis maestros, y mi padre empezó a sentir que algo bueno tenía el periodismo como para tenerla a ella tan entretenida. El hijo, este que les habla, tiene el corazón de periodista lleno de gratitud, entre otros, a estos benefactores de mi vida que aquí he ido subrayando. De todos ellos viven Elfidio y Paladín. Los dos saben que el periodismo que se hace hora es volátil y peligroso. Pero ya esto, como decía la peluquera de mi barrio, es otro cantar.
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