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Opinión | Observatorio

Miguel A. Betancor León

La eudaimonia deportiva de Alcaraz

Alcaraz celebra el pase a la final en Turín

Alcaraz celebra el pase a la final en Turín / AP

En la filosofía aristotélica la Eudaimonia (μ) significa vivir de forma virtuosa, plena en búsqueda de una felicidad o bienestar que suponga la excelencia personal.

Carlos Alcaraz representa una versión actual de uno de los grandes principios de esta filosofía aristotélica. Un nuevo ideal eudaimónico deportivo donde hace poco leí una frase suya en una entrevista, «la felicidad es el éxito».

Él invierte la creencia tradicional del deporte de que el éxito trae la felicidad, ganar títulos, trofeos, pero él antepone el placer por jugar y el proceso para llegar a ser el mejor porque jamás renunciará a ser uno de los mejores.

En ese proceso no sólo cuida su vida personal, el disfrute de ella sin olvidar que para tener éxito también necesita disciplina y esfuerzo. Ese camino hacia el éxito es placer y no sólo en el momento que ganas un gran campeonato.

Cada día de entrenamiento, de esfuerzo bien enfocado, de competir y vivir fuera de la pista es un disfrute deportivo y personal. Disfruta fuera y dentro de la pista.

La eudaimonia valora las acciones humanas que proporcionan significado y que permiten el desarrollo de la excelencia personal, que en la antigua Grecia denominaban areté. Alcaraz es un virtuoso del deporte porque une los triunfos en un equilibrio con lo más importante de un deportista, su persona.

El tenis no es solo un medio para ganar fama o dinero, sino un terrero deportivo para la excelencia humana más allá de la presión neurótica del deporte de élite o del deporte de jóvenes que antepone la victoria a la libertad de disfrutar como niño o niña.

La eudaimonia de Alcaraz es un nuevo paradigma donde el triunfo no se mide por trofeos ganados, sino por la calidad interna de la experiencia deportiva vivida al esforzarse con alegría y propósito sin dejar de ser persona. En este sentido la filósofa Victoria Camps refiriéndose a Pico della Mirandola argumenta que «la dignidad humana radica en la capacidad de elegir cómo vivir y en este sentido podemos escoger mejor o peor».

Su ejemplo nos adentra en los principios de la Ética a Nicómaco, de Aristóteles, donde nos demuestra que el pasado histórico sigue siendo una fuente de riqueza personal y cultural. El atleta griego antiguo al competir expresaba que la verdadera medida del éxito radica en la calidad de la vida que se lleva y en el proceso de realización de nuestro máximo potencial humano.

Corrían por los dioses y por dignificar su comunidad, pero sin olvidar que son humanos con sus defectos y virtudes. No representa un estado emocional hedonista del deporte, sino una forma de hacer deporte, consciente y humana.

Este tenista eudaimónico reúne no sólo habilidades técnicas como tenista sino habilidades humanas que cada día siente que no es una máquina de ganar títulos y dinero.

Templanza y la perseverancia que no olvida su vida fuera de la pista. Coraje, la valentía para enfrentar la derrota y la presión. Excelencia técnica, transforma los gestos técnicos del tenis en arte anticipando, situaciones que otros no ven. Capacidad para tomar la decisión correcta en el momento justo durante el juego. Saber fluir con las derrotas y victorias. Respetar a los ganadores porque cuando pierde ve en los otros ganas para seguir mejorando y no como un enemigo.

Siempre, junto al éxito, está su familia como ejemplo de vida. El tenista es un deportista individual, un solitario en la pista y por ello no soporta la soledad fuera del campo, necesita de los demás.

Disfruta hasta en la derrota, aunque le duela perder. Como humano siente y se emociona, pero su sonrisa en cada momento le hace más humano. Busca la excelencia física y personal disfrutando del proceso hacia la victoria.

La fama y el dinero son recibidos con gratitud y humildad aun sabiendo que es joven y el camino deportivo es largo. Focaliza el éxito deportivo, quiere ganar, pero no se olvida del placer del proceso para llegar a ser el mejor. Cree en él con sus virtudes y defectos.

Es un deportista positivo, que valora todo lo vivido en cada partido para seguir aprendiendo. Quiere ser «el mejor tenista, pero no a costa de la felicidad de los demás».

Y cuando dicen que le gusta la fiesta, no podemos olvidar que la fiesta es parte de la existencia humana y el deporte es una actividad humana más. La fiesta la integra con naturalidad y no como el objetivo diario de su vida deportiva.

Como describe el filósofo Byung-Chul Han, vivimos en la sociedad del cansancio y del rendimiento y hay que encontrar esas pausas más allá del rendimiento sin límites.

Cuando une espacios tenísticos y personales, cada día se hace un mejor deportista.

Por todo ello también le diría a padres, entrenadores y educadores que fomenten el disfrute jugando y no sólo la suma de victorias y derrotas. Que dejen de anteponer el éxito a la belleza de disfrutar como niño o niña.

Desde mi perspectiva, él sabe equilibrar su tiempo deportivo, familiar, su ocio y su tiempo libre. Es un deportista con inteligencia natural no artificial que sabe gestionar esos momentos humanos y no de superhombre deportivo.

En la Grecia antigua había muchos dioses por adorar, pero en el deporte no hay dioses sino personas que disfrutan por lo que hacen.

El éxito deportivo solo es posible a través de la excelencia personal. Las medallas se ganan, pero el disfrute a través del tenis es ser feliz.

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