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Opinión | En el vagón de cola

José Luis Correa

Historia de dos edades

Franco, con uniforme de gala en 1966.JPG

Franco, con uniforme de gala en 1966.JPG / El Periódico

Últimamente me paso la vida entre el Pinto de los amigos jubilados de la peña del dominó y el Valdemoro de mis estudiantes de la universidad. Los primeros no entienden nada de lo que pasa, pero tienen solución para arreglarlo todo. Los segundos creen entenderlo todo, pero no se deciden por una solución. Envidio de los viejos la certeza y, más que nada, el sentido del humor: como ya están en la prórroga, aunque ya me gustaría a mí llegar a los penaltis como ellos, parece que se echen aceite Johnson en la ducha mañanera y les resbale todísimo. Envidio de mis estudiantes las dudas. Van a la huelga y preguntan si me parece bien, si voy a castigarles la inasistencia, si avanzaré sin ellos con el temario. Tres preguntas, sí, porque en lo que va de curso ya llevan tres huelgas, a solidarios no les gana nadie. Temo que a los mineros asturianos, si aún queda minería en Asturias, les dé por un motín porque mis alumnos se tirarían al monte, como que hay viernes, con ellos. El otro día se armó un Cafarnaúm cuando se hizo viral (los viejos me preguntan qué es eso de hacerse viral) una nota del vicedecano de una universidad andaluza, creo, en la que prohibía la entrada a su despacho a los padres. Yo no creo que mis pibes pertenezcan a una generación de cristal (mis octogenarios piensan que una buena mili no hace daño a nadie), pero tal vez los hemos protegido demasiado. Se me ocurre que porque muchos son unigénitos. Soy el menor de seis hermanos y, si se me hubiera ocurrido pedir una cucharada más de lo que me tocaba, me habrían bajado el labio a capones. Los hijos únicos, en cambio, no tienen camada que les enseñe. Tal vez por eso, según las encuestas, más de un tercio de ellos consideran que con Franco no se vivía tan mal, mira por dónde, carajo, lo único que comparten con los viejos. No obstante, si estoy pergeñando estas líneas es porque les tengo cariño a tirios y a troyanos. No sé de quién de ellos aprendo más. Unos me enseñan a perseguir con ahínco doble seis y doble cinco, otros a desatascar el ordenador de clase cuando se me atasca. El caso es que me divierto con todos como un crío (en mi clase de universidad, a veces pienso que el único que se lo pasa pipa soy yo), y los quiero mucho. De veras. Mucho. Por eso sigo perdiendo (y pagando las copas) al dominó. Y por eso no me he jubilado todavía.

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