Opinión
Dime, quién soy

El presunto agresor, menor de edad, obliga a la víctima a fumar durante la agresión en el sur de Gran Canaria / LP/DLP
El pasado jueves la Cadena Ser compartió en sus redes un vídeo en el que se veía una clara situación de violencia hacia un adolescente. No lo voy a denominar acoso escolar porque habrá quienes me digan que ese suceso se dio en la calle, fuera del horario lectivo. Bueno, entiendo que en algún lugar tuvo que empezar la cosa y, probablemente, fue en el instituto. Por eso la Consejería de educación ya ha iniciado una investigación para ver si lo que se aprecia en el reel se ha dado también en el centro escolar. ¡Punto para la consejería!
En el vídeo se ve a M. G., no voy a poner el nombre, ya que es menor y tengo sentido común, aunque no se lo merece dado que él mismo se encargó de que todos nos enterásemos de cómo se llamaba, hacerle repetir a la víctima, a voz en grito: «¿Quién soy yo? El jefe y el puto amo». «Más alto, que no te escucho». También podemos observar en el vídeo cómo hace amago de quemarle con un cigarro que coge del suelo, cómo le obliga a fumar acercándole la colilla a la boca bajo la orden «fuma» mientras le abofetea.
Pero M. G. no estaba solo con la víctima en la grabación. Estaba rodeado de chicos y de chicas que apoyaron el abuso, lo consintieron y lo grabaron. ¿Y ahora qué? ¿Qué pasará con esto? ¿Por qué insistió tanto el acosador en que se supiera su identidad? Quizá estamos llegando a un extremo en el que los malvados se sienten con total impunidad para mostrar sus fechorías porque saben que no les va a pasar nada.
Me sentí profundamente triste cuando visualicé las imágenes porque empaticé con el dolor que podía estar sintiendo la víctima: sumisión, parálisis, bloqueo y humillación. Y luego nos extrañamos si ese niño llega a su casa y ve como única solución lanzarse al vacío desde una ventana.
Justo cuando estoy escribiendo este artículo me vibra el móvil. No sé por qué pero flaqueó ante la notificación, dejo de escribir y miro la pantalla. Es una alerta de Instagram. Una antigua alumna me envía un nuevo vídeo de M. G.; en esta ocasión está él solo hablándole a la cámara. Intenta, muy mal, todo sea dicho, disculparse con la víctima. Entre las muchas cosas que dice resalto las siguientes: «[…] después del vídeo yo te pedí perdón […] pero por si acaso no lo escuchaste bien te pido perdón por lo que hice, porque yo sé que eso estuvo mal y tú tranquilo que no se repetirá. Porque, flaco, a mí se me fue la olla, tú sabes que yo tengo un montón de problemas con la cabeza, que me estoy tomando pastillas y todo».
Vuelvo y me pregunto, ¿y ahora qué? ¿Se justifica todo con esos argumentos? ¿Dónde están los padres de ese niño dándole la atención que necesita si tantos problemas tiene y que repercuten conductual, comportamental y socialmente sobre los demás? ¿Sabía que lo que estaba haciendo estaba mal? Entonces, ¿es un patrón? ¿Y el resto de los espectadores? ¿Qué argumentos tienen?
Me van a perdonar, pero me da la sensación de que esto no es un hecho aislado y que ya venía dándose desde hacía tiempo y, quizá, el niño del vídeo no sea la única víctima de M. G.
La cosa no acaba aquí. Tras saltar a la luz el reel del abuso, a la hora se filtró otro vídeo de jóvenes que habían ido a vengar la causa, a defender a la víctima y a irrumpir contra el agresor y los espectadores. Por un momento creí estar viendo escenas de la película La Purga. La violencia nunca puede ni debe ser la solución para la violencia. La violencia solo trae consigo más dolor.
¿Qué nos está pasando? ¿En qué clase de sociedad nos estamos convirtiendo? ¿Estamos orgullosos? Creo que es hora de hacer equipo más que nunca: familias, centros educativos, colectivos sociales, la comunidad y la sociedad en general. Educar no debe ser tarea únicamente de las familias. Claro que todo se mama en casa, luego, si vemos que no es suficiente, nos toca arrimar el hombro a todos y educar, educar y educar.
No podemos rendirnos los unos con los otros, pues las consecuencias serían lamentables. Los niños se están suicidando, matando, por culpa de la violencia de otros niños. ¿Siguen pensando que no estamos ante un problema grave, muy grave?
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