Opinión | Primera plana
Rafael Álvarez Gil
50 años

Francisco Franco acompañado por su esposa, Carmen Polo y la princesa de España doña Sofía, en un momento de la XIII Demostración Sindical celebrada en el Estadio Santiago Bernabéu con motivo de la festividad de San José Obrero / EL PERIÓDICO
Se cumplen 50 años de la muerte del dictador. Y, al margen del repaso histórico, conviene detenernos en cómo se ve aquello a la luz de hoy. Esto es, al transcurso desde entonces pues, a fin de cuentas, son 50 años de (casi) democracia. Digo casi porque las primeras elecciones generales se celebraron en 1977 y la Constitución se aprobó en 1978.
Hace 50 años el rey no podía seguir sosteniendo España al modo de una monarquía absolutista, valiéndose de la herencia de Francisco Franco que lo había nombrado su sucesor previamente. Si entonces Juan Carlos I hubiera optado por el continuismo, hubiese fracasado más temprano que tarde y se habría alejado acercarnos al modelo europeo. Por tanto, el monarca tenía que girar (y así lo hizo), pero cabe reseñar que hubo una voluntad suya por la democratización que meció entre la necesidad de mantenerse en el poder y el convencimiento.
Juan Carlos I no continuó la senda de Franco. Y las cortes franquistas se hicieron el harakiri, Adolfo Suárez mediante, para promulgar la reforma política que desembocaría en los comicios generales de 1977; los primeros desde los últimos de la Segunda República en febrero de 1936.
Con Franco, España fue un cuartel. Una despiadada dictadura que, encima, no ofreció piedad en 1939 tras la finalización de la Guerra Civil. Hubo represalias, torturas y fusilamientos con mayor o menor intensidad desde 1936/1939 hasta 1975. Y eso toca de plano recordarlo ahora que se cumplen los 50 años del fallecimiento de Franco.
La velocidad histórica que adquirió España entre 1975 y 1978 fue vertiginosa. Y resultó finalmente exitosa porque la voluntad coral fue precisamente democratizadora, desde los aperturistas del régimen a la oposición general pasando por los medios de comunicación que otrora eran de masas. Gracias a ese esfuerzo colectivo, donde también hubo élites que lo propiciaron pero igualmente luchas sociales en la calle y movimiento obrero haciéndose notar, se logró una democracia que pervive.
En 2025 los riesgos son, desde luego, otros. O no son tan diferentes ya que el peligro de involución democrática concurre. Y ese es el gran factor inimaginable hasta hace no mucho: las generaciones que vivieron la Transición y las posteriores nunca pensaron que la democracia se podía desmontar a favor de autoritarismos de toda laya. Y este es el viento amenazador presente que azota a ambos lados del Atlántico. El franquismo sin Franco no fue posible porque hubo movilización: sin la oposición política y sindical no estaríamos donde hoy estamos. El relato de las élites, ni por asomo, lo explica todo.
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