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Opinión | Isla martinica

La caída del niño estrella

Ángel Víctor Torres (d) saluda al nacionalista José Miguel Barragán el pasado mes de junio en el Parlamento.

Ángel Víctor Torres (d) saluda al nacionalista José Miguel Barragán el pasado mes de junio en el Parlamento. / María Pisaca

Al comienzo del otoño, suelo hacer una recomendación de lecturas con las que distraer el frío invierno. Y este año no iba a ser diferente. Por ello, dirijo su atención hacia los cuentos de Oscar Wilde, que son amenos, amén de breves. Resulta gratificante volver la mirada hacia el gigante irlandés, recuperar su voz y la elegancia de una escritura que se echa de menos en unos tiempos en los que proliferan los libros de autoayuda. Una cosa puedo asegurar y es que no se sentirán defraudados por las narraciones de Wilde.

Entre esos cuentos, hay material para la emoción, el pensamiento y aun la profunda reflexión. Es difícil señalar uno en concreto, puesto que todos son atractivos y esconden una pequeña lección si se es capaz de descubrirla. Incluso existen relatos que, en la distancia, adquieren un valor premonitorio, como es el caso de «El niño estrella», particular homenaje a la humildad y la honestidad. En estos duros tiempos, donde la corrupción es sinónimo de poder, el provecho de la lectura de Wilde se antoja imperativo, ya que ese «niño estrella» podría ser el futuro ángel caído de la política canaria, un antiguo alcalde de la comarca norte de la Isla Redonda, luego Presidente de la Comunidad Autónoma y, posteriormente, ministro de las Administraciones Públicas del gobierno de Sánchez. Una carrera fulgurante, como fulgurante fue el descenso del niño de oro del autor gaélico. La narración de Wilde presenta una extraña relación con el Rodolfo de Víctor de Aldama, el comisionista del «caso Koldo», quien, cada vez que abre la boca, la UCO confirma sus palabras una a una. Por ejemplo, el «niño estrella» aparta de sí los ideales de humildad, honestidad y compasión para entregarse a la cruel soberbia, abandonando lo que en su día fueron los principios que juró defender. Así lo desarrolla Wilde con un gracejo y una belleza que superan la medianía decadente del presente histórico.

Al «niño estrella» de Canarias, el socialista Ángel Víctor Torres, según se llegó a comentar desde las instancias judiciales, la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil le estaba haciendo un traje a medida, como el de Santos Cerdán, aunque quizás menos vistoso. No envidio la travesía que le aguarda al aruquense, que, de político cortejado por los oropeles del destino, pasará a unas dependencias más frías y lúgubres, como las del que fuera el «niño de luz» de Wilde, reducido a la simple condición de esclavo de la corrupción. A lo mejor, como en el relato original del irlandés, el protagonista de la historia sanchista tiene un rapto de generosidad extrema, un momento de reconciliación con aquellos ideales de juventud y recobra el sentido de la dignidad política interiorizando las sabias palabras del cuento: «Yo mismo no soy más que un esclavo, pero, sin embargo, puedo darte a ti la libertad». Qué grandeza si fuera así. Qué bello gesto que un ministro de Sánchez ofreciera la libertad al pueblo español de mandarle a paseo a él y a todos los de su banda. Desde luego, no habría mejor final para una historia que ya está durando demasiado, siete años de pesadilla y agonía.

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